Crónica de la visita conyugal en Sabaneta


Cada jueves un numeroso grupo de mujeres va a la cárcel para estar con sus maridos. “Todo lo hacemos por amor”, dicen. Aquí, varias historias. El sol sale de frente y parece que produce tabardillo en el cuerpo de Olga (nombre ficticio), mientras hace la cola para entrar a la cárcel de Sabaneta.

A las 8:30 de la mañana, del pasado jueves, el olor del perfume dulce que se aplicó para agradar a su marido ya se había mezclado con el de los surcos de sudor que le corren por el pecho, provocados por el sofocón de hacer la cola. “Cuando entre ya voy a estar podría a zorro. Jaime (nombre ficticio) no me va ni a mirar”, comenta entre risas con las mujeres que la siguen.

Todas están enumeradas con marcador negro en su brazo derecho, para cumplir con el protocolo —que ellas consideran “viacrucis de amor” — ejecutado cada jueves, para dejarlas hacer la visita con-yugal a sus maridos, recluidos en el penal por algún delito.

Aún los guardias no abren el portón de entrada y una a una siguen llegando. Se bajan de taxis y de carros por puesto de la ruta de Sabaneta, cargadas con bolsas llenas de comida, sábanas, ropa y otras cosas para sus parejas.

Unas se enfilan con el ceño fruncido, otras se saludan como si conocieran desde siempre. Hay quienes no van por su marido, sino por un cliente.

“A ésa yo no la había visto. Y por la pinta que tiene viene a vender su mercancía ¿verdad viejo? ”, dice Olga con confianza al señor que vende chucherías en la cola, al ver a una mujer con la cara empolvada y el cabello recién pintado de negro.

Ésa, a juicio de Olga, es una de las tantas prostitutas que habitualmente llega, entra y se “exhibe” al mejor postor.

Mientras se recoge la manta que lleva puesta, para hacer más fácil “la registradera” a la hora de dejarla pasar para estar con Jaime (preso desde hace ocho años por robo agravado), Olga cuenta sin abstenerse: “Él no es mi esposo, es mi amante. Su esposa viene a veces y más de una vez nos hemos conseguido en la cola.

Aquí mismo nos hemos agarrado por las greñas. Ya los guardias están acostumbrados. Es el pan de cada jueves, entre tantas mujeres”, dice la muchacha con una risa pícara, mientras deja ver que es la número 100 al extender su brazo hasta la cerca de estambre.

Olga sigue observando a quien va llegando y mientras tanto conversa con “El Viejo”. Así se identifica el señor del tarantín ambulante, quien, desde hace cuatro años, ofrece a sus clientas chucherías, refrescos, cigarrillos y bolsas, y, de vez en cuando, preservativos.

Además presta el servicio de guardar las cosas con las que las mujeres no pueden entrar al penal. Se acerca Lucía, una joven que se delata por sus nervios y evidencia que es su primera visita. Se incluye en la cola con cierta timidez.

—¿Ya se puso el número mija? — le pregunta “El Viejo”, al seguirla con la mirada y ver que no está cumpliendo el proceso .

—¿Cuál número señor, cuál?, pregunta la muchacha, quedando en evidencia que es su primera vez en Sabaneta.

— Tiene que ponerse un número en la puerta y después viene a hacer la cola. También tiene que comprar un pañito.

— ¿Para qué un pañito, señor? — pregunta, de nuevo, la joven con cara de asombro.

— Es que a usted la van a revisar, mija. Y las custodias se ponen el pañito en la mano para tocarla.

La muchacha, esposa de un recluso que entró hace un mes y fue condenado por homicidio, se queda perpleja y duda si quiere entrar o no al penal.

— ¿Qué tocan?, cómo tocan?, señor? —pregunta asustada.

— ¡No se asuste! Éso es una tocadita por encimita , dice “El Viejo”.

“Tranquila mija, que todo principio es penoso. Ésto es lo que una hace por amor. Y no te asustes, que allá adentro está lo bueno. Sólo hay que seguir las reglas y dejarte llevar por tu hombre”, le recomienda Olga a la muchacha.

Se abre el portón y todas caminan derechitas con el pañito en el hombro o la mano. “Hasta las 3:30 pm. Hay que salir puntual”, advierten los guardias al entrar al patio, para hacer una segunda cola.

“¿Lista? Déjate llevar. Ahora nos van a revisar. Tranquila”, le dice Olga a la joven. Así fue el primer “viacrucis de amor” para Lucía.

DIARIO PANORAMA
Daniela Romero

http://www.panorama.com.ve/

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