Se cumplen 303 años de la aparición de la Virgen de Chiquinquirá


Nunca antes, tampoco después de aquel martes 18 de noviembre de 1709, hubo un momento más emocionante, trascendental e importante en la vida de algún zuliano, que el vivido por quienes tuvieron la maravillosa oportunidad de escuchar los gritos de la humilde lavandera, anunciando públicamente que un milagro había ocurrido en su casa, la número 5 de El Saladillo.

Así lo narra la tradición oral, esa misma que destaca que el repetido eco de la palabra ¡milagro!, exclamada por la anciana como expresión de fe, atrajo a los vecinos hasta su casa donde, asombrados, pudieron contemplar el producto de aquel inesperado evento que, a partir de ese momento, se convertiría en el más grande símbolo de fe dela Iglesiacatólica zuliana.

Del marrón oscuro de un retablo de caoba, que días antes había sacado la viejita de las aguas del Coquivacoa, emergió para siempre la imagen de la santísima Virgen, bajo la advocación de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá.

Señales previas

Particulares eventos habían marcado la pauta del celestial designio. Bamboleado por las olas, ese fino retablo había tropezado insistentemente con la sencilla mujer, mientras lavaba ropa aquella mañana en el cristalino Lago. “Pero lo empujaba de vuelta a las aguas”, según relato del historiador Don Juan de Besson, recogido por el antropólogo Rafael Strauss en su Diccionario de Cultura Popular.

Sin embargo, los marullos hacían que la tablita retornara con insistencia hacia ella, lo cual despertó su atención. La vio bonita y le pareció apropiada para tapar la tinaja donde almacenaba el agua. Por eso se la llevó, y días después -mientras colaba café- el silencio que acompañaba el despuntar de la aurora fue interrumpido por tres golpecitos procedentes de la tinaja.

Curiosa, por los particulares ruidos -narra el presbítero Eleuterio Cuevas, párroco dela Basílica-se acercó al rincón para saber de qué se trataba y se encontró con un gran resplandor que brotaba de la tablita. Entonces, cuando la levantó de la tinaja se mostró fascinada, al observar que del retablo había emergido la imagen de la santísima Virgen.

Decisión celestial

La devoción hacia la virgen comenzó a extenderse por toda la región zuliana y cada día era mayor la cantidad de hombres, mujeres y niños que llegaban a la morada de la ancianita -a quien la usanza verbal le atribuyó el nombre de María Cárdenas, sin que esto haya sido comprobado- para admirar, extasiados, la presencia de lo sagrado en el retablo que, para el momento, había sido colgado de la pared.

Entonces, según precisa la tradición, esa vivienda, ubicada en la calle que pasó a llamarse El Milagro, situada entre las calles Derecha y Venezuela, se convirtió en un lugar de veneración ala Virgeny los representantes dela Iglesiacatólica resolvieron reubicar el retablo en el templo parroquial. Inmediatamente la muchedumbre lo cargó en procesión, para llevarlo a la templo parroquial (actualmentela Santa IglesiaCatedral de Maracaibo) pero no pudieron hacerlo.

Se dice que se puso tan pesado que nadie pudo con él, ni siquiera los caleteros, que eran los hombres más robustos de la barriada. Ante aquel evento, a alguien se le ocurrió decir quela Virgenno deseaba ir a esa capilla pues era la de los ricos, según calificación del pueblo humilde que fundamentaba su comentario en el hecho de que enla Calle Cienciasvivía la gente más adinerada de la ciudad.

En consecuencia, decidieron llevar la tablita a la ermita de San Juan de Dios, construida en 1686 con bahareque y techo de enea. Eso funcionó. El retablo retornó a su peso original y la procesión reanudó la marcha hasta ese lugar donde, desde ese día, se le venera, se le respeta, se le honra y se le rinde culto con un "amor inmenso, glorioso, excelso, sublime y tierno", como canta Ricardo Aguirre en el himno de la gaita zuliana: La Grey zuliana.

III siglos después

Trecientos años después, aún “entre una lluvia de flores se pasea una princesa y San Juan de Dios le reza cánticos de poesía…” entre miles de fieles quienes, cada año, a partir del 18 de noviembre, se aglutinan en su morada para acompañarla en procesión por las mismas calles del lugar donde apareció, y rememorar que “un día se iluminó la choza de la ancianita y era la oscura tablita que a un pueblo maravilló”.

El amor chiquinquireño es un sentimiento capaz de imponerse sobre el tiempo y las distancias que separan actualmente a ese conglomerado que alguna vez perteneció a una sola región, pero que fue dividido geográficamente por los políticos, según menciona este dignatario de la Iglesia Católica.

Fuente: Diario de Caracas

EA

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