Lincoln y Obama: Un careo

Es el Presidente Obama la reencarnación de Abraham Lincoln? ¿Es el actual mandatario el avatar del ideal igualitario que la Constitución estadounidense proclamó y al que Lincoln, al abolir la esclavitud, empezó a dar vida más plena?
Estas preguntas me superan, pero no son pocos los que responderían afirmativamente sin tartamudear. Sí me atrevo a proponerles un ejercicio más pedestre, comparando ciertos aspectos de la Presidencia de ese ícono del siglo XIX y la ejercida hasta ahora por Barack Obama.
Es una comparación, por cierto, que hacen muchos estadounidenses en este momento gracias a la notable película de Steven Spielberg y al libro “Team of Rivals: The Political Genius of Abraham Lincoln”, de la historiadora Doris Kearns Goodwin, en el que el filme está vagamente inspirado y que ha vuelto a ponerse de moda. La película es un estudio focalizado del abracadabrante proceso político que hizo posible aprobar la enmienda constitucional de la abolición de la esclavitud; el libro es un estudio psicológico de los personajes clave de aquella Presidencia y de la genialidad política que permitió al mandatario usarlos para sus fines.
La nuez de la Presidencia de Lincoln fue la abolición de la esclavitud en 1865. La del primer período de Obama fue la reforma sanitaria para universalizar la cobertura médica, cuya remota promesa venía desde Harry Truman. No necesito acentuar la enorme distancia moral y política entre ambas cosas, ni el hecho de que la segunda admite debates que la primera ya no suscita. Pero, como no sabemos cuál acabará siendo el gran asunto del segundo período de Obama, quedémonos con la sanidad.
Lincoln enfrentaba una desgarradora división interna cuando propuso la aprobación de la Enmienda 13 en la Cámara de Representantes. Su partido, recién fundado, era en realidad tres partidos. Los “radicales”, jefaturados por el brillantísimo Thaddeus Stevens, querían abolir la esclavitud y arrasar con el Sur esclavista. Los “conservadores” eran moderados que se proponían evitar la expansión de la esclavitud a los territorios nuevos que se iban incorporando o se habían incorporado a Estados Unidos en años recientes, y querían negociar el fin de la guerra civil. Una tercera corriente, la de Lincoln, había evolucionado hacia el abolicionismo por obra de la propia guerra, pero no quería aliarse con los “radicales” para no partir a los republicanos del todo.
Obama tuvo una situación parecida cuando se propuso hacer aprobar la reforma sanitaria en la Cámara de Representantes (lo logró en 2010). El equivalente a los “radicales” de la época de Lincoln eran los “liberales” (en el sentido estadounidense), jefaturados por Nancy Pelosi. El espejo de los “conservadores” eran, en el primer período de Obama, los “Blue Dog Democrats”, que no querían una reforma radical y tampoco una guerra, en este caso ideológica, con los republicanos. Una tercera corriente, la del propio Obama, había evolucionado hacia una posición parecida a la de los “liberales”, pues pretendía el mandato universal, o sea, la exigencia de que todos tuvieran un seguro médico en el país, pero aceptaba hacer concesiones para prevenir la ruptura interna.
Al igual que Lincoln, cuyo logro político no fue tanto el de los votos demócratas, sino el respaldo de todas las corrientes de su propio partido, Obama pudo unir a su partido a grandes rasgos aun cuando en su caso sí hubo disidencias en el voto. Los mismos métodos de Lincoln los usó Obama. Donde Lincoln ofreció cargos públicos, Obama ofreció proyectos con dinero fiscal; donde Lincoln amenazó a los disidentes con quitarles el respaldo en elecciones futuras, Obama hizo saber que permitiría desafíos contra los disidentes en las primarias demócratas, y donde Lincoln manipuló los sentimientos de los dubitativos a través de su Secretario de Estado y su jefe de Correos, Obama empleó las técnicas frontales del eficaz Rham Emanuel, su jefe de gabinete, para, como se dice en el argot político americano, “golpear cabezas”. Todo esto volverá a ocurrir si los proyectos del segundo mandato -la reforma migratoria, un gran acuerdo fiscal, la limitación de la tenencia de armas- ven la luz del día.
A ambos les tocó -y a Obama todavía- un país ferozmente polarizado. Aunque en el caso contemporáneo no hay guerra de por medio, se vive un ambiente de confrontación ideológica como no se daba desde la guerra de Vietnam entre “liberales” que combinan la fe en el Estado protector y gastador con la soberanía individual en temas valóricos y “conservadores” que recusan a brazo partido el intervencionismo estatal en la economía pero lo abrazan en los temas morales. El “Tea Party”, hoy parte de la base republicana, es hijo de esa polarización.
En tiempos de Lincoln, la polarización era literalmente mortal. La enemistad en ese caso enemistaba a esclavistas y abolicionistas, pero también a federalistas y antifederalistas, y a proteccionistas y liberales en lo comercial (los esclavistas eran mucho más liberales en lo comercial y los antiesclavistas, como Lincoln, eran proteccionistas). Para complicar las cosas, a Lincoln le tocó lidiar con un grupo de estados -cinco en total- que siendo esclavistas no se rebelaron contra él al estallar la guerra y un ambiente en el que muchos adversarios de la esclavitud sólo pedían que ella no fuera permitida en los nuevos territorios. Maniobrar en ese escenario requería un constante juego de poleas táctico sin perder de vista la estrategia de largo plazo, como había hecho para compaginar a las corrientes de su partido. Por eso Lincoln no respaldó el abolicionismo hasta bien entrado el gobierno y se limitó a la famosa proclamación emancipadora que liberaba a los esclavos en el Sur secesionista pero no alteraba la situación en estados leales. De los cuatro millones de esclavos, más de un millón no estaban en los estados rebeldes.
Obama también hizo muchas concesiones mientras mantenía el objetivo final en mente. Su política exterior, por ejemplo, fue altamente continuadora de la de Bush hijo. Y sacrificó la reforma migratoria que tantas esperanzas había despertado en el electorado que lo llevó a la Casa Blanca. Al igual que Lincoln, Obama quería preservar la división entre los republicanos en lugar de provocar su unidad. Así como Lincoln contaba con la división del adversario entre los demócratas sureños y los llamados “demócratas pro guerra”, partidarios de obligar a los secesionistas a volver a la unión aunque pedían para ellos amplia lenidad, Obama sabía que tanto la cúpula del Partido Republicano como un sector minoritario de los mandos medios veían con temor la radicalización conservadora. Mantener esa grieta abierta en el partido adversario requería sacrificar muchas cosas en el camino. No en aras del consenso, que ni Lincoln ni Obama pretendían, sino de evitar una derrota insuperable.
En ambos casos los acontecimientos provocaron una evolución del pensamiento. Lincoln no fue un partidario de la abolición hasta 1865 (su interesante esposa, Mary Todd, provenía, además, de una familia esclavista de Kentucky). Su campaña en 1860 había sido en contra de la extensión de la esclavitud a los nuevos territorios. Sólo después de reelecto en 1864 se decantó por la abolición. Parte de su razonamiento tenía que ver con el temor de que, una vez que dejara el poder, los tribunales revirtieran la emancipación de los esclavos del sur fijada en su proclamación, que no era una ley. El argumento legal, pensaba, diría que la Constitución consagra la propiedad privada y los esclavos eran legalmente propiedad privada de sus dueños.
En las primarias de 2008, Obama, a diferencia de sus rivales de partido, se opuso a un mandato universal para que todos fueran obligados a adquirir un seguro. Bien entrado su primer gobierno, cambió de opinión y justificó la nueva postura con el argumento de que su principal objetivo -hacer del cuidado de la salud algo menos caro- resultaba incompatible con un seguro voluntario y de que los tribunales podían revertir la reforma.
No hay duda, porque él mismo ha dicho que es uno de sus libros favoritos, de que “Team of Rivals” inspiró a Obama en la selección de algunos de sus adversarios como colaboradores. La decisión más dramática que tomó como Presidente electo fue la de poner a Hillary Clinton, con la que había librado una lucha sin cuartel en las primarias, a cargo de la Secretaría de Estado. Pero hubo otros nombramientos más. Rahm Emanuel, a quien hizo jefe de gabinete, era un político ambicioso de Chicago, su estado, que aspiraba a la jefatura de la Cámara de Representantes cuando Nancy Pelosi acabara su reinado. Y en el caso de Robert Gates, a quien pidió seguir en el cargo de Secretario de Defensa, Obama apeló a un republicano que simbolizaba toda la segunda etapa de Bush.
Lincoln había llamado también a sus rivales al gobierno. Especialmente a tres líderes que habían competido con él en el partido, a quienes nombró Secretario de Estado, Secretario del Tesoro y Fiscal General. En el primer caso, el de William Seward, tomó un riesgo tremendo: era un dirigente con tanta capacidad como ambición que no tenía ningún miedo al jefe. La forma en que Lincoln lo fue domando, algo que requirió no darle pretextos para la renuncia en muchas ocasiones, está muy bien contada en “Team of Rivals” y, más al sesgo, en la película. Lo que importa aquí es la confianza en sí mismo que estos nombramientos de Lincoln delataban y su liderazgo al ir moldeando a esas tempestuosas personalidades para que acabaran trabajando para sus objetivos. Nadie ha acusado, a su vez, a Obama, de tener un concepto tímido de sus propias cualidades y su propia capacidad para domar a las fieras. La foma en que conviritó a Hillary en la más leal y diligente colaboradora suya así lo atestigua.
De Lincoln se dijo siempre que una perenne melancolía fue el saldo de la depresión padecida tras el fallecimiento de una novia en los años 30. La expresión taciturna que proyectaba ante el resto de personas y la soledad que, en medio del tumulto de una guerra, sugerían sus frecuentes actitudes reflexivas eran la manifestación del poder entendido como responsabilidad única e intransferible. Algo de esto hay también en Obama, un hombre que pasó por una infancia complicada con el abandono del padre y la distancia física de una madre aventurera, a quien su condición birracial hizo desde joven consciente de una cierta excepcionalidad en un país todavía racialmente fracturado. Se acusa al Presidente de ser frío con todos, excepto con su esposa y sus hijas, de carecer de la bonhomía de un Reagan, de la vocación gregaria de un Clinton. Y es cierto. Pero esa lincolniana soledad que transmite le ha ido ganando un respeto entre quienes nunca saben bien cómo interpretarlo.
Un último paralelo entre ambos. Lincoln inauguró una hegemonía del Partido Republicano que duró siete décadas, apenas interrumpidas por dos gobiernos demócratas. ¿Pretende Obama algo parecido con su partido, el Demócrata? Su discurso estrenando segundo período, en el que enarboló varias banderas “liberales” que había abandonado en su primer gobierno, parecerían indicar eso. Obama ve al Partido Republicano dividido y radicalizado, a la sociedad norteamericana en un proceso de rápida evolución en temas valóricos y a su gobierno en la estela transformadora de otros “liberales” como Roosevelt y Johnson.
Creo que lo va a intentar. Difícil que lo logre.
Fuente: http://independent.typepad.com/elindependent/2013/01/lincoln-y-obama-un-... / La Tercera



















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