Wilmer Ramírez: "El cómico es quien pisa la concha del cambur y de manera graciosa cae, el humorista es el que pone la concha"


Aunque sus inicios fueron en el teatro serio, con el grupo Theja de José Simón Escalona, y posteriormente hizo telenovelas en Venevisión, fue finalmente el humor la veta que tan bien supo explotar Wilmer Ramírez, que hoy día es uno de los actores cómicos y humoristas más populares de la pequeña pantalla. En este ámbito, su descubridor fue Carlos Cerutti, un veterano productor y escritor en estas lides, que hoy es su socio y compadre, con quien ha hecho programas emblemáticos como Noches de comedia, Cheverísimo (que estuvo 10 años en el aire), El show de la comedia, Cásate y verás, Fábrica de comedias y actualmente A que te ríes, que Venevisión transmite los domingos en la noche. Este caraqueño, nacido en la parroquia Altagracia, de Abanico a Canónigo, también posee una vasta actividad teatral, y no sólo como actor en innumerables comedias humorísticas, sino también como presentador de los espectáculos de otros colegas suyos. Ahora ha decidido dar otro paso adelante y presentar su propio unipersonal, titulado Basta de monólogos, el monólogo de Wilmer Ramírez, que todos los miércoles presenta en la sala Teatrex.

¿Cómo un actor serio se transformó en comediante?

- Las circunstancias me llevaron a eso. Empecé a hacer comedias de repente y vi que tenía aptitudes para ello.

¿En qué momento te diste cuenta de eso?

- Cuando empecé a hacer mis primeras cosas en el Teatro Chacaíto, la risa sonaba en la sala durísimo y yo sentía como que me arropaba, era una sensación extraordinaria. Aunque trabajaba en telenovelas en Venevisión, uno tenía sus ambiciones secretas y sus expectativas de encabezar un elenco, pero luego me di cuenta que el éxito puede venir por varias vías, y en el Teatro Chacaíto se me ocurrió que podría ser a través del humor.

¿Qué recuerdas de tu época del Grupo Theja?

- Recuerdo que tenía, a mis 18 años, unas inmensas ganas de estar en los escenarios. Fue mi primer contacto con el oficio en serio, con gente muy comprometida e importante, la encrucijada para tomar conciencia si realmente quería tomar en serio o no mi vocación.

¿Qué hiciste con ellos?

- Para el Festival Internacional de Teatro de 1983, hicimos Marilyn, la última pasión, y estuve como asistente de producción en Calígula, en una temporada en el Teatro Cadafe. Y con el Taller de Nuevos Actores del Grupo Theja, que luego se transformó en Grupo Thalía, hice tres obras de teatro infantil: La fiesta de los colores, Caballito de mar y Amalivaca.

¿Hay diferencias entre lo que es un humorista y un actor cómico?

- La diferencia es que el humorista es el que diseña toda la estructura de lo que tiene que ver con el humor, el que piensa. Dicen que el cómico es el que pisa la concha del cambur, se resbala y de manera muy graciosa se cae, mientras el humorista es el que pone la concha. Sí hay una diferencia, aunque los dos persiguen el mismo objetivo. El cómico se vale de unos recursos quizás más sencillos y a lo mejor, en algunos casos, posiblemente más efectivos, y por ello le llega a una mayor cantidad de gente. El humorista tiene que ser comprendido primero para lograr una sonrisa cómplice en quien lo escucha.

¿Te consideras más actor cómico que humorista?

- A ratos soy humorista, otros actor cómico, y a más ratos soy comediante.

Buena parte de tu trabajo se ha caracterizado por encarnar una cierta tipología de gays, ¿qué te dicen cuando te ven por la calle?

- Creo que perciben que no lo hago con intención de burlarme, sino que trato de rescatar el rasgo simpático, ocurrente y desenfadado que intentan; lo sincero y espontáneos que son. Es lo que yo transmito. Cuando hago la caracterización del gay, o de la loquita, como tú lo quieras llamar, exalto ciertas características, y no siento que lo ridiculizo, sino que le doy un lugar a unas características agradables que tiene, resalto sus cualidades de rapidez mental y desparpajo. Quizás por eso me reciben tan bien. Me tratan con una amabilidad y con una complicidad tan grande, que me cuentan sus cosas. Perciben que yo lo que quiero es divertir, de allí que celebro que no se sientan irrespetados, sino todo lo contrario.

¿Tienes especial cariño por algunos -o algunos- de los personajes que has interpretado?

- Cuando hago comedia, los escritores me identifican con los dos extremos: o yo hago los tipos que son las loquitas, los peluqueros y esas cosas; o los que levantan mujeres y se las gozan, los que se meten a la cama con ellas. Las parodias que me escribieron en el ciclo de Fábrica de comedias, eran siempre las de un tipo que estaba enredado con dos ó tres mujeres, le montaba cachos a la suya y ella mujer lo descubría. Iba de u extremo a otro. Con estos últimos personajes se identifica también mucha gente. Yo voy por la calle y me dicen: “¡Coño, Wilmer, a mí lo que me gusta de tu trabajo es ese poco de mujeres tan ¡bueeenas! que están contigo”. Este tipo de personaje te confieso que me divierte mucho y es tan fantasioso como el otro. Uno para la comedia le sube los grados a la loquita peluquera, sí como lo hace con el tipo este que tiene enredos amorosos, que es también una exacerbación de esa situación. Me divierten esos dos extremos, son los personajes que más me gusta hacer.

¿Por qué tardaste tanto en hacer tu propio monólogo?

- Creo que tiene que ver con un asunto de confort, de comodidad, pues hasta ahora no me tenía más que de hacerle una buena presentación a los compañeros humoristas que te requerían para eso en sus shows y generalmente, tanto los espectáculos como mi desempeño de presentador obtenían buenas críticas. Pero llega un momento en que las expectativas artísticas crecen y te planteas que tienes más cosas que decir, que tienes una estética para hacer las cosas y la única manera de plasmarla es ser responsable por completo del espectáculo. Entonces decidí arriesgarme. ¿Por qué no lo había hecho antes? Porque es el momento perfecto para llevar esta iniciativa adelante.

Además de las loquitas y los hombres mujeriegos, ¿qué otros componentes tiene tu espectáculo?

- Tiene un alto componente biográfico, visto a través del cristal del humor. Fueron años de diferencia entre mi papá y yo, para que él aceptara que yo quería tener un oficio diferente al que él entendía que era la forma como yo me tenía que ganar la vida. Él era policía y me decía: “¿Cómo es esa vaina de que un hombre se maquilla y hace de loquita, y se pone en un escenario para que la gente lo vea?”. Pasó un tiempo largo para yo convencerlo que mi oficio era digno e importante. Eso me trajo roces y amarguras con mi papá. Superar eso y contarlo con humor, fue algo que me tomó tiempo. Afortunadamente, lo hemos superado y ahora puedo contarlo como un chiste del que nos reímos todos.

¿Cómo fueron esos años de tu niñez?

- Bastante buenos. Mi papá fue un hombre muy trabajador toda la vida, era muy responsable y nos pagaba todo lo que uno necesitaba para tener una niñez sin carencias de ningún tipo. Tuve una niñez feliz, normal, con mis hermanos. Estudiaba en un colegio público, que se llamaba José Manuel Núñez Ponte e hice muchos amigos. Tuve una adolescencia marcada por unos despechos tempranos, que me enseñaron que uno se tiene que enamorar con el corazón, pero también con el cerebro.

¿Fuiste muy enamoradizo?

- Mucho. He sido admirador de la mujer siempre. A mí me gusta como la mujer camina, como huele, como se peina y se arregla. Tengo la suerte de haber nacido en Venezuela, donde hay mujeres realmente bonitas. A los 11 años ya estaba enamorándome de las compañeritas de clase.

¿Te ha sido duro levantar siete hijos?

- Así es. Debo decir que fui muy inconsciente, pues no le recomiendo a nadie que tenga hijos tan joven y mucho menos tantos hijos.

¿A qué edad tuviste tu primer hijo?

- A los 19 años, casi recién cumplidos. A Luis Ernesto, mi primer hijo lo crió mi mamá y mi papá. En este sentido, mi papá fue muy generoso conmigo. Él me reprochó más el que yo fuera actor, a que tuviera hijos de esa manera tan insensata en que lo hice. Pero te puedo decir que el ejemplo de responsabilidad y de trabajo de mi papá, hizo que yo fuese también muy responsable y trabajador para ocuparme de mis hijos. Y aunque no estoy casado con las mamás de los seis primeros, pues no fuimos a ningún lado a firmar ningún papel, ellos siempre han contado conmigo.

¿Cuáles han sido los grandes cómicos venezolanos de todos los tiempos?

- En este momento hay bastante grandes cómicos en Venezuela y en el pasado no hay que olvidarse de los pioneros, como Rafael Guinand y gente que está un poco más atrás, que hicieron cosas interesantes con el humor. Yo los conozco de referencia. Y desde que tengo memoria, a mí me parece que Joselo hizo un extraordinario e irrepetible trabajo en televisión, es el más grande cómico que recuerdo.

Como actor y coproductor hiciste “La Reconstituyente” al comienzo del gobierno chavista, ¿no crees que esa obra fue premonitoria en torno a lo que ocurriría después en Venezuela?

- Estoy absolutamente convencido de eso. Creo que los tres que hicimos ese espectáculo, que fuimos Laureano Márquez, Rolando Salazar y yo, además de los escritores, Carlos Cerutti y Francisco Martínez, pensábamos que exagerábamos en lo que hacíamos y decíamos, pero en este momento creo que nos quedamos cortos. Satirizamos como serían las relaciones con Colombia y los Estados Unidos, la megalomanía presidencial, los problemas económicos que sobrevendrían. Cuando salió lo del balcón del pueblo y tu veías a la gente con esa cara de devoción por Chávez, yo decía en la obra que la gente iría a gritar en ese balcón, pero no por adoración, sino porque se había sentido estafada. Es una de las pocas predicciones que hicimos que faltan por cumplirse.

¿Qué no se puede permitir un actor cómico o un humorista?

- Nunca jamás debe faltarle el respeto al público. Hay una línea muy fina entre lo que es divertirse con la gente y faltarle el respeto. Y no tiene que ver con que uno diga una palabra fuerte del lenguaje coloquial, sino utilizar un material agresivo, altisonante, que haga que la audiencia se sienta incómoda. Yo interactúo con la gente, que es muy distinto a ridiculizarla o hacerla sentir mal, sino para que se sienta parte del espectáculo.

Wilmer Ramírez y su monólogo

Aquilino José Mata
Informe 21

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