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José Luis Zambrano P.'s blog

Una masacre más en la historia

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Cuando hizo ese video apresurado, se escuchaba el eco de las detonaciones. Oscar Pérez, con su rostro velado por una herida sangrante y su voz entrecortada, sabía que lo iban a matar. Las imágenes fueron explícitas y no había ni forma ni medida para evitar la acción sanguinaria, decretada con los augurios habituales del régimen.

Tragando agua a lo cubano

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Una ráfaga de viento movió la paupérrima embarcación, como un cataclismo desconcertante, ineludible y repentino, entre oleajes de infortunios y un destino indescifrable. Un sol devastador parece chamuscar los rostros de 30 pasajeros turbados por su propio riesgo, quienes tratan de digerir su aventura de sobrevivencia.

El agua salada sobrepasa la lancha, que apenas logra sortear los vericuetos marinos. Cuántas gdudas pesan sobre sus cabezas para tomar la decisión de asumir un viaje de tanta incertidumbre.

Quiero inaugurar una nación valerosa

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Quiero que el mapa nacional se trastoque con los colores diversos del atrevimiento y el coraje. No deseo más rostros sombríos por el desencanto, pálidos por las sorpresas de los malandrines del poder, sino se cuente con una bocanada decidida para resolver esa encrucijada diaria que ya no escatima en malignidad y actuar con un plan sin reservas.

Quiero ver estómagos resueltos, con un presupuesto amplio para los gustos, adquiriendo en la diversidad de los anaqueles de la bonanza, todo lo que pueda caber en los carritos del supermercado.

Se va un año de espanto

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Desearle feliz y próspero año nuevo a un venezolano tiene más atisbo de ironía que de buenas intenciones. Después de tratar de zurcir los meses para no caer en la derrota estrepitosa del desaliento, sólo queda la sensación irreparable de haber emprendido un esfuerzo tan cruel y riguroso, en una nación carente del total sentido de la razón, que un brindis por el futuro se antoja como una bofetada burlesca.

La fe tiene un secreto impostergable

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Cuando llega la Navidad, parece que la vida se cambiara de vestimenta y nos devolviera un poco de aliento para sonreír en la mesa familiar. Es un juego alucinante, alfombrado de nubes de esperanza. Es un distintivo atornillado a la perfección en la costumbre del venezolano, que se hace de la vista gorda frente a los problemas, para celebrar la Nochebuena y cambiarle la hoja a un calendario amarillento de dificultades diarias.

La fe tiene un secreto impostergable

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Cuando llega la Navidad, parece que la vida se cambiara de vestimenta y nos devolviera un poco de aliento para sonreír en la mesa familiar. Es un juego alucinante, alfombrado de nubes de esperanza. Es un distintivo atornillado a la perfección en la costumbre del venezolano, que se hace de la vista gorda frente a los problemas, para celebrar la Nochebuena y cambiarle la hoja a un calendario amarillento de dificultades diarias.

Un plato inmolado en Navidad

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No imagino una realidad más cruel, detestable y patética que un plato navideño deshabitado de lo tradicional y lo congruente con las fechas. Pero tristemente, no quedan ni siquiera filamentos en la memoria de los años de suculentos manjares, sobre una mesa atiborrada de antojos de la cocina venezolana.

Este año va mucho más lejos, que sustraerle algún exceso a los brindis o que se haga en falta algún insumo cotidiano. Simplemente, no existe un bolsillo familiar que sostenga esta rutina festiva, con un presupuesto pulverizado para la época decembrina.

¿Dónde escondieron mi país entrañable?

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Se perdió mi país. Lo busqué debajo de la almohada, entre los sueños entrañables y los recuerdos nostálgicos. Pero sólo había despojos de una reminiscencia. Un suspiro extraviado en una lágrima. Un luto agrio por la pérdida.

Hallé un pedazo de él, agónico en un libro de historia, sucumbiendo por el abandono; derruido, trastornado y comprimido entre las páginas revueltas y marchitas de los malos tiempos. Le habían borrado sus hitos y privilegios. Le habían mancillado sus proezas del pasado. Estaban embalsamadas sus buenas virtudes y desparramadas sus bonanzas.

Sin armas contra el hambre

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Leí otra noticia detestable de la muerte de un niño por desnutrición. Me comprimió una sensación simultánea de culpabilidad, perdiendo el apetito al no compartir de mi mesa lo que muchos de nuestros pequeños carecen y a la vez, no utilizar con la suficiente astucia y perspicacia, los reclamos oportunos a un gobierno que se sienta a diario a disfrutar de sus suntuosos banquetes.

¡No estoy exagerando!

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Nuestra amada Venezuela se pierde en una enrarecida construcción gramatical, en la que impera el nuevo complemento circunstancial de tristeza. Es un ahogo presupuestario sin paréntesis y sin acotaciones delirantes, que ya no cuenta con el relleno de la inagotable controversia para cautivar a través del discurso político, ya agotador, vacío e inconvincente en los medios.

Una perturbadora ley que odia la libertad

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Será una suerte de silenciador o un trabalenguas desdeñable. No existirá ni un ápice de piedad para señalar al que se considere más taimado, con más dotes de líder; también para terminar de amordazar a los medios o sacar del rumbo a la fracción más popular. Una ley contra el odio, impulsada con odio para acallar a quien critique el odio sembrado por el régimen.

La cacería de los adversarios

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No podemos engañarnos. Acaba de comenzar la temporada de cacería política. Y como toda acción metida como calzador, fue notificada a voz en cuello y con la parafernalia aburrida de una declaración controvertida, como tantas de estos funcionarios desventurados, que sólo esgrimen su cansona reyerta y el tratar de aparentar el tener la razón en sus argumentos para los excesos.

Un país al revés y sin gobernadores

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Recuerdo casi risueño cómo en esas películas antiguas —de terror deslucido para nuestros tiempos—, andaba una momia arrastrando sus vendajes como un monigote con posturas de sonámbulo, tratando de atrapar al más incauto para atenazarlo con sus brazos extendidos, a sabiendas que semejantes restos humanos apenas podían moverse y no creo que espantase a alguien en las cándidas salas de cine de la época.

En política no hay callejones sin salida

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Una pregunta reiterante y sin tregua con la cual me atosigan los más pesimistas de mi entorno es, ¿cuándo finaliza el régimen? ¿Cuándo sus retorcidos argumentos para envilecer a una nación tenderán a enflaquecer? Acaso no existe un deseo imperativo nacional por restablecer los buenos modos a una ciudadanía que está a punto de la histeria colectiva. Será tal vez que el valor, el aplomo para lo encomiable y la sensatez para la precisión de las acciones, permanece sólo como un bosquejo antiguo en los libros de nuestra historia libertaria.

¿Y ahora qué?

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Esta ha sido la batalla de los mil pleitos, contra el imperio del infortunio. Lluvias eternas de amenazas, contradicciones electorales y argumentos indecorosos siempre se sirvieron en un plato agrio de asombros trasnochados, que por lo general lograba avasallar nuestra memoria reciente y hasta llegó, en un momento, a consumir el aliento de esta esperanza de libertad que no nos cabe en el pecho.

El voto irremediable

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De niño soñaba con unas ansias perturbadoras, el entintarme el dedo, para poder respirar ese aire indescriptible y glorioso de ser ciudadano ejemplar. Ese sería el paso reconfortante entre la infancia y la adultez. El poder depositar en un buzón, mi parecer sobre quién podría ser el más pertinente para dirigir destinos nacionales. Lo consideraba un logro tan prodigioso y severo, que dejar de lado la oportunidad era como no comer en las horas precisas o no saber leer ante tantos acontecimientos desmesurados en los periódicos.

Una vida sin octanaje

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No imagino a una Holanda sin sus campos solemnes de tulipanes alegres. Mucho menos a una Colombia saboreando algo distinto al humeante café o a los chilenos rechazando el poder degustar sus mejores vinos de sobremesa. De la misma manera, sería una idea trastornada que los ingeniosos chinos le dieran la espalda a su tropel de arroz diario, tan delirante como recurrente, pues lo llevan en la epidermis como una costumbre milenaria.

¿Alguien ha visto un rico conejo?

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Recuerdo de buen grado a aquel conejito travieso, de orejas esbeltas y dientes irredimibles, con posturas poco comunes para un animalito salvaje. Se convirtió en una mascota apacible en los años remotos de mis primeras experiencias profesionales. Se confeccionaba su propia sabiduría de supervivencia. Esperaba con una paciencia memorable para que saliera del baño, para él entrar a hacer sus necesidades en un sumidero con una pulcritud tan sorprendente, que a veces pensaba si era un ser humano camuflado de roedor.

¡Oh, salve, dictador!

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El acto de entendimiento se realizó hace tiempo, lleno de los escombros del pasado. No se requiere el saldar viejas cuentas ni efectos asombrosos de hechicero para crear el escenario perfecto y lograr el convencimiento. A pesar que lo reconozca ahora a voz en cuello y con los estragos evidentes de una sociedad molida a palos por las decisiones trastornadas, ya todos están más que esclarecidos de que estamos inmersos en una irremediable dictadura.

De qué tamaño es la cerca de las barras y las estrellas

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Muchos se preguntarán con irresistible ironía, si de algo servirán estas nuevas sanciones norteamericanas, sino ha podido observarse con ojos propios algún requiebre ante las anteriores.
Las dictaduras que tratan de ser democracia, ataviándose con delirio de las trampas repetidas de una supuesta lucha por un pueblo al que deterioran, no tienen la buena virtud de ser inmunes y mucho menos logran al final del camino, el poder evadir los buenos oficios de los argumentos.

Los viajes del segundo gran musiú

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El periplo es cuidadosamente bien estudiado, así como el evitar emitir declaraciones dispersas. Las evasivas de antaño se dejaron de lado y ahora hay una misión determinante e ineludible, de cuyo resultado no sólo depende la libertad de una nación secuestrada por un sistema abominable, sino ya parte de la comprensión oportuna del peligro hemisférico si no se detiene de una vez, esta juerga política de malhechores y las atrocidades a la moral ocurridas en Venezuela.

La desgarradora llamada negada

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El teléfono repica con un eco perturbador. La insistente llamada sólo recibía un rechazo tan inconmovible y tan drástico, que sólo servía para avivar la insistencia. “Hasta que se restablezca la democracia”, alude su negativa a contestar el portavoz de la Casa Blanca, mientras al mandatario venezolano se le distorsionaba el rostro, pues no podía escurrírsele la oportunidad de aclarar entuertos o propiciar algún tipo de salvoconducto.

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