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José Luis Zambrano P.'s blog

¿Alguien ha visto un rico conejo?

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Recuerdo de buen grado a aquel conejito travieso, de orejas esbeltas y dientes irredimibles, con posturas poco comunes para un animalito salvaje. Se convirtió en una mascota apacible en los años remotos de mis primeras experiencias profesionales. Se confeccionaba su propia sabiduría de supervivencia. Esperaba con una paciencia memorable para que saliera del baño, para él entrar a hacer sus necesidades en un sumidero con una pulcritud tan sorprendente, que a veces pensaba si era un ser humano camuflado de roedor.

¡Oh, salve, dictador!

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El acto de entendimiento se realizó hace tiempo, lleno de los escombros del pasado. No se requiere el saldar viejas cuentas ni efectos asombrosos de hechicero para crear el escenario perfecto y lograr el convencimiento. A pesar que lo reconozca ahora a voz en cuello y con los estragos evidentes de una sociedad molida a palos por las decisiones trastornadas, ya todos están más que esclarecidos de que estamos inmersos en una irremediable dictadura.

De qué tamaño es la cerca de las barras y las estrellas

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Muchos se preguntarán con irresistible ironía, si de algo servirán estas nuevas sanciones norteamericanas, sino ha podido observarse con ojos propios algún requiebre ante las anteriores.
Las dictaduras que tratan de ser democracia, ataviándose con delirio de las trampas repetidas de una supuesta lucha por un pueblo al que deterioran, no tienen la buena virtud de ser inmunes y mucho menos logran al final del camino, el poder evadir los buenos oficios de los argumentos.

Los viajes del segundo gran musiú

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El periplo es cuidadosamente bien estudiado, así como el evitar emitir declaraciones dispersas. Las evasivas de antaño se dejaron de lado y ahora hay una misión determinante e ineludible, de cuyo resultado no sólo depende la libertad de una nación secuestrada por un sistema abominable, sino ya parte de la comprensión oportuna del peligro hemisférico si no se detiene de una vez, esta juerga política de malhechores y las atrocidades a la moral ocurridas en Venezuela.

La desgarradora llamada negada

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El teléfono repica con un eco perturbador. La insistente llamada sólo recibía un rechazo tan inconmovible y tan drástico, que sólo servía para avivar la insistencia. “Hasta que se restablezca la democracia”, alude su negativa a contestar el portavoz de la Casa Blanca, mientras al mandatario venezolano se le distorsionaba el rostro, pues no podía escurrírsele la oportunidad de aclarar entuertos o propiciar algún tipo de salvoconducto.

Crónica de abusos, entuertos y fantasías

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Se ha perdido en mi memoria el último domingo apacible. Ya parece rutinario que el país se caiga a pedazo, se destituya a quien le dé la gana al régimen y se contabilice otro muerto a la larga lista de la resistencia.
Esta vez resultó ser el fin de semana más enrevesado de los últimos tiempos. En la víspera de esa insondable, sorpresiva, confusas y supuesta insurrección militar en Paramacay, que hizo pasto fácil de la expectación nacional, se instaló el sábado el nuevo centro de abusos y decisiones dictatoriales, llamado ahora Asamblea Nacional Constituyente.

El valor de agregarle un cero al reloj

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Las abrumadoras murallas improvisadas han sido un severo impacto del cual no saben cómo recobrarse. Se ven consternados, con las mejillas fruncidas y gruñendo palabrotas torpes y acaloradas. Los insultos son desproporcionados hacia los motivadores de estas terribles trincheras, para apagar la normalidad y darle vida a la consternación nacional.

El Estado comunal para el fin

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Todo cambiará como en un estallido silencioso. Se sacudirá el polvo de aquellos recuerdos espléndidos de las décadas últimas del siglo pasado, para rebosarnos con una nueva realidad concluyente. Todo será decidido en Miraflores. Estrenaremos nuevos sentimientos, atornillados como en una trinchera sórdida; sometidos a una sensación cerrera, siempre a la espera de la próxima calamidad. Sólo quedará el acostumbrarnos a la eventualidad y sin poder expresar nuestro desconcierto. La única alharaca será el obsequiarnos la amargura en un empaque adornado de sonrisas.

Calles sangran por el sueño de la juventud

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Nuestra juventud husmea en el peligro, con las nociones confusas y los vapores de la intolerancia sirviendo de arrebato para sus determinaciones. Las calles detienen su tránsito de exhalaciones normales, mientras las barricadas son apostadas para contener lo habitual de la ciudad, que hoy se ha convertido en muerte por la fuerza represora de un gobierno sin apoyo popular.

Todas las pruebas matemáticas dan 350

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Hoy la palabra cautela se halla debajo de la alfombra. Se ha perdido el miedo y el sopor, quizá en el mismo tapete donde se había escondido clandestinamente, la llave para abrir la puerta del cambio, pero que ahora la exasperación popular prefiere abrirla a su manera y con un valor inaudito e histórico.
Pese a ello, la agenda diaria de la MUD es esperada con gran disposición por los ciudadanos, quienes con un entusiasmo desparramado y enérgico, la siguen casi al dedillo, agregándole mayores elementos para hacer contundentes las acciones.

Corre, fiscal, corre

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Cada vez que se cuenta un fallecido más, manchando la calle con la sangre valerosa de su atrevimiento, el cielo se torna gris y los ánimos se retuercen de pavor. No sé si es casualidad o problemas de mi visión, pero todo se vuelve plomizo. Tal vez el clima es cómplice de la desazón. Pero los jóvenes están dando la cara, con sus consignas enfebrecidas y su bravura que no ve escamoteos, sólo un camino profundo de posibilidades.

El rumor de la caída

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Mientras el tiempo transcurre con sus campanadas de presagios, los muertos que tapizan la lucha siguen llenándonos de impresiones desagradables y de un dolor descorazonado. Principalmente porque son jóvenes esperanzados, revestido de la valentía de no temerle a nada y hallan la mala hora en el accionar inhumano de los guardias nacionales.

Más de 60 muertos y una canción desesperada

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Cada día nuestro país se parece más a un poema desdichado hecho con borrones, mostrando la cara triste del abuso del tirano. Ya se ha hecho común contabilizar los muertos como flechas desabridas de una inminente dictadura. Son quemados en el asador del la injusticia. Vilipendiados con el abuso extremo e imprudente de quienes tienen las armas. Amedrentados de mal grado, mientras vociferan su indignación ante el atropello, sufriendo la calamidad con sus pormenores de desventura y el hambre a voz en cuello, por una nevera caótica y desamparada de insumos.

El efecto dominó de los rojos

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La cuerda floja carece de trapecios acojinados y de un público encantador que le dé fuelle al acto de mantenerse en equilibrio. La tentativa por emprender la huida y poner los pies en polvorosa resulta tan grande, que asumen de forma apresurada las últimas alternativas que les resta para no perder el poder, aunque sus estratagemas tengan ribetes de descaro e incoherencia.

A mí no me juzga un militar

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Venezuela cuenta con una colección fatídica de muertos desventurados que sobrepasa lo temible. Existe una sed insaciable de desangrar el temple de los ciudadanos decididos, hambrientos de justicia. El militar ahora defiende al empecinado, al saqueador riguroso que con violencia evitará a toda costa, que le arrebaten el botín de un territorio sembrado de desgracias.

Esos guardias no son venezolanos

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La libertad no es un sueño improbable. La primavera deviene siempre de un invierno duro e indiscreto. Me he repetido cientos de veces esas frases con tono esperanzador, frente a los desafueros de cascos y botines verde oliva, atronadores e inhumanos, que no cumplen con su deber elemental de defender al país, sino arremeten con un ahínco irreflexivo hacia sus propios conciudadanos.

Los desvelos de un dictador

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Las estrategias se agotan y sólo se vacían entuertos. El suelo es movedizo, como gelatina de sabor agrio. Las gavetas yacen deshabitadas de ideas. Los pulmones se llenan de pánico. Un grito suena como un aullido en la memoria. Sólo ve sus manos manchadas en sus sueños repetidos. Las excusas no son atendidas por las mayorías. Quieren sacarlo, desatornillarlo con un ímpetu incorregible. No han servido todas las consejas lejanas, ni los bocadillos de distracción social o esos ritos de medianoche con polvillos mágicos.

La muralla de cristal

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Hay una meta mágica que se despereza de su letargo. Combate con lo inconcebible y sabe, con tono entero y preciso, hacerse escuchar en la calleja más sombría. Es todo un país que se despertó de su sueño de plomo, con sus kilómetros de latidos admirables y su orgullo ejemplar, para comenzar a andar la senda turbia y complicada por lograr la libertad merecida.

Los miedos por perder el trono

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Dicen que en Miraflores parecía correr el pavor como una estampida de ansiedades infranqueables. Que un gran contingente militar se atrincheró y luces antiaéreas iluminaron el firmamento, a la espera de sorpresas insolubles y que el vigor popular sobrepasara la cordura. Los gases lacrimógenos asfixiaban varios sectores de Caracas, mientras los estruendos de las detonaciones saturaron el ambiente como si fuesen juegos de artificio de las mejores épocas decembrinas.

El estallido de los gritos de libertad

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Hoy parece florecer un sueño compacto que sobrepasa la almohada. Tiene la diversidad del pensamiento ilustre y el respiro del coraje sin tapujos para romper cadenas; la oración en los labios y la acción entera por recobrar la rectitud empolvada en la conciencia.

Es la hora de empuñar la bandera tricolor y llevar la valentía en la solapa. Encarar a la fiera herida, con un aplomo infranqueable; un arrojo sólido como piedra antigua y sostenido con la fe recién inaugurada.

El pueblo se juega en la calle sus convicciones

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Venezuela sufre de un desvanecimiento repentino que ha durado casi dos décadas. Pero todo desafuero tiene sus límites. Lo deplorable de tanta contrariedad y abusos con la ley deformada en las manos de quienes la rigen, provocó que se desbocaran las emociones. Por ello, la gente decidida salió a la calle. Esta vez parece jugarse el pellejo de su propia supervivencia, cuyos riesgos son enormes para las vidas de tantos valientes, que ansían la paz nacional.

Se les perdió hasta el costurero

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Este es un país de remiendos. Más que eso, llegan a zurcir esquemas para retroceder cuando todo se les cae encima. Así como el granuja que falla su escaramuza y huye despavorido por los callejones sombríos.

Como siempre, se hayan desarmados de propuestas para la buena digestión de la multitud y de planteamientos idóneos para propiciar la producción de ideas e insumos. Sólo saben izar la componenda de la indignación.

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