Una ficción económica

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Los dos comenzaron a asentir al unísono, pausadamente. Parece mentira, ­dijo,­ a Stiglitz también lo compró el imperio. Acababa de tomarse el primer trago de café cuando sonó el teléfono. Instintivamente, miró el reloj de la cocina: 6:48am. Temió que fuera él. Con el segundo repique ponderó mejor las posibilidades, recordó que a él más bien le gusta llamar a las 3:00 de la madrugada, como si secretamente le produjera un especial placer despertar de golpe a los demás. Repicó nuevamente. Volvió a mirar el reloj y decidió atender. El ministro dijo “aló” antes de que el teléfono sonara por cuarta vez. Compadre, ­la voz del gordo Andrade venía envuelta en un rumor de empanadas de cazón y jugo de parchita­. ¿Ya leyó El Nacional de hoy? ­No. Entonces léalo sentado. Mientras Andrade intentaba adelantarle un resumen de aquella urgencia, el ministro tomó rápidamente los periódicos que estaban sobre la mesa.

No tardó demasiado en estar sentado frente a la entrevista firmada por Telmo Almada. Ahí estaba la figura de Joseph Stiglitz, sobre la página, cruzado de brazos, mirándolo con una tímida sonrisa.

­¿Lo estás viendo? ­preguntó Andrade.

­…

­Ese gringo… ¿No y que estaba con nosotros? ¿Por qué nos sale ahora con esto? Todavía antes de colgar, Andrade agregó algo sobre la economía nacional y la cagada del pato macho. El ministro se hundió en la página del periódico. A medida que iba leyendo, le resultó cada vez más difícil no imaginar cómo, esas mismas palabras, serían leídas en el Palacio, en el Gabinete, en todos lados. No podía evitar sentir, sobre su hombro, la respiración de otro cuerpo; el peso de otras pupilas, recorriendo también cada sílaba, leyendo.

“Creo”, ­decía Joseph Stiglitz­, “que el país en el que los efectos de la crisis global van a ser significativamente importantes es en Venezuela”. El ministró sintió que la garganta se le llenaba de viruta de lápices. Carraspeó ¿Cómo puede decir esto?¿Acaso no sabe que el Presidente le ha dicho a los venezolanos que no hay nada que temer, que la crisis nunca llegará a tocarnos? Bebió dos vasos de agua antes de retomar la lectura. Ahí seguía Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía 2001, uno de los críticos más incisivos del liberalismo, defensor de los proyectos alternativos. Cuestionaba que el Gobierno no hubiera diversificado la economía y advertía que el crecimiento de la economía venezolana estaba basado en el consumo y no en la inversión. El ministro sintió un breve mareo al cerrar la prensa, decidió convocar a todos sus asesores. Estamos en emergencia.

Necesitamos una respuesta.

Después de 6 horas trabajando con análisis financieros, presupuestos, informes administrativos, balances, cálculos… no lograron obtener algún argumento, más o menos sólido, para afrontar las afirmaciones de Stiglitz. Todo lo contrario. “El problema es que cuando el precio del barril de petróleo va de 30 dólares a 140 dólares, se convierte en una fuente de divisas demasiado importante, pero cuando ocurre al revés, como ahora, la participación de los otros sectores debería recuperar importancia”. Cada nuevo movimiento del Gobierno parece ir en contra de este diagnóstico. El Estado petrolero se comporta como si deseara ser el único protagonista de la economía.

­¿Qué voy a decir? ¿Qué Stiglitz tiene razón? Todos los demás lo miraron sin pronunciar una palabra. El silencio se espesó.

Después de media hora, un asesor propuso enviarle una carta a Stiglitz, hablándole de los gallineros verticales y de los balcones hidropónicos. Otro, ofreció la idea de investigar si Joseph Stiglitz era judío. “Quizás eso pueda servirnos de algo”, comentó.

El ministro montó en cólera, como decían los antiguos, golpeó la mesa varias veces, los despidió a todos, también varias veces, y terminó repitiendo algo sobre la economía nacional y la cagada del pato macho.

A las 6:00 de la tarde, llegó al Palacio. Al entrar en el despacho, vio sobre la mesa las páginas del diario, abiertas, tendidas. Ahí estaba de nuevo Stiglitz, viejo aguafiestas, sonriendo.

­¿Qué te parece? ­No me sorprende demasiado… ­se demoró unos segundos, estratégicamente, esperando que él, extrañado, alzara la vista y lo mirara­. Usted sabe que nuestra economía está perfecta. Usted mismo ha diseñado todo, usted…

­Sí, sí, pero entonces…

­Es un golpista.

Él miró al ministro. Los dos comenzaron a asentir al unísono, pausadamente.

­Parece mentira, ­dijo,­ a Stiglitz también lo compró el imperio.

­Así es.

­Bueno… Unos vienen y otros se van, ¿no? ­agregó, con un suspiro casi bolivariano ­. Se fue Stiglitz pero ahora tenemos a Benicio del Toro ¡Menos mal!