La bola en Miami

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En una comparación fácil que la prensa repite a diario, en el juego cubano la supuesta pelota se coloca hoy en Washington y mañana en La Habana, todo de acuerdo al lugar donde se emita la última declaración. Pero, en realidad, la bola donde está es en Miami.

Una de las consecuencias más importantes --y al mismo tiempo pasada por alto-- del cambio de política hacia Cuba, iniciado por el gobierno de Barack Obama, es que posibilita a los cubanos del exilio el influir con mayor fuerza en la situación de la isla.

No se trata simplemente de mandar más dinero a los familiares y de viajar con mayor frecuencia. La puerta que comienza a abrirse puede incluir desde intercambios académicos y profesionales hasta ayuda para quienes trabajan por cuenta propia y la mayor vinculación personal de aquéllos que practican una misma fe religiosa en ambos lados del estrecho de la Florida.

Hace poco más de un año, parecía que el futuro del gobierno de Raúl Castro dependía de la disminución de la brecha entre la Cuba del ciudadano de a pie y la Cuba que ofrece una imagen de estabilidad a los ojos del mundo. Ahora hay indicaciones de que La Habana ha optado por mantenerse en la indecisión entre la permanencia y el cambio. Como en un lance de muy reducidas alternativas, la Plaza de la Revolución muestra unos dados con apenas dos caras: aceptar el estancamiento o el peligro del caos. Y por supuesto que nadie quiere lo segundo.

Lo nuevo sobre el tapete es la ruptura de esta dualidad, en una apuesta que no se empecina en plantear un cambio de carácter político sino que busca una entrada en el terreno económico y social: contribuir al mejoramiento de las condiciones de vida de los residentes en la isla. Es en Miami donde existen los actores y recursos que pueden participar en esta movida.

Mientras Cuba avanza lentamente en la superación de la etapa en que el líder supremo determinaba tanto la participación en un conflicto bélico, a miles de millas de distancia, como un nuevo sabor de helado, el gobierno se arrastra entre la necesidad de que se multipliquen las fuentes de empleo, los establecimientos comerciales, las viviendas, todo aquello que mejore en alguna medida la difícil situación económica, y el miedo a que ello resulte imposible de obtener sin una sacudida que ponga en peligro a los centros de poder tradicionales, o que reduzca su alcance.

Pero la apariencia de estabilidad que brinda Cuba no debe hacer olvidar lo que ahora resulta determinante, a la hora de definir la supervivencia de un modelo que en su fundación eligió el ideal socialista: la capacidad para lograr que se multipliquen no mil escuelas de pensamiento, sino centenares de supermercados. Al menos, con la excepción de Corea del Norte.

De esta forma, el mantenimiento de un poder férreo y obsoleto --que sobrevive por la capacidad de maniobrar frente a las coyunturas internacionales y se sustenta fundamentalmente en la represión-- tiene en algún momento que emprender el desarrollo económico e impulsar la satisfacción de las principales necesidades materiales de la población.

Puede hacerlo, a la vez, mientras conserva el monopolio político clásico del sistema totalitario.

Esta disyuntiva, que abre un camino paralelo a las esperanzas de adopción de cualquiera de las alternativas democráticas existentes en Occidente, no es ajena a la realidad cubana.

Poco a poco ha surgido en Cuba la necesidad de decidir un camino entre algo similar a Vietnam, China y la Rusia de hoy, países represores pero de cara al futuro, y Corea del Norte, aferrada al pasado.

Por supuesto que ambas vías tiran por la borda cualquier ilusión democrática, pero no por ello son cada vez más reales ante la aceptación --con disimulado júbilo o a regañadientes-- de que la transformación política de la isla es a largo plazo.

Sin embargo, se mantiene la presión económica --agudizada por tres huracanes, una recesión mundial y la caída del precio de uno de sus principales productos de exportación, el níquel-- que obliga a reconocer que el proyecto nacional de un país pequeño, y tan interdependiente del espejismo de una imaginaria ciudad-Estado que simboliza Miami, puede definirse sólo de forma frágil sobre el concepto de excepcionalidad.

Hasta ahora, la política de aislamiento --practicada con éxito en lo político por quienes controlaban el poder en ambas orillas-- había sido el obstáculo principal para no permitir una mayor influencia, de quienes viven en el exilio, en la situación cubana. Influencia no valorada en políticas que han demostrado poca efectividad en el avance democrático de la isla, sino en acciones que demuestren una mejor comprensión de la realidad cubana.

Es decir, estaba determinado por Washington y La Habana que había que lidiar con un exilio que apostaba por el aislamiento, mientras que la posible influencia positiva de otro sector más moderado dentro de la comunidad sólo debía servir de ayuda para la subsistencia de los residentes en la isla. Así como para fomentar la ilusión de la vía de escape, que sustituye por la fuga cualquier esfuerzo en pro de una difícil acción política nacional.

Lo que ahora está por definir es si el exilio es capaz de ir un paso más allá de la confrontación ideológica, que hace unos años alcanzó su definición mayor en la llamada ''batalla de ideas'' y ahora ha quedado reducida a las ''reflexiones'' del antiguo Comandante en Jefe, y muestra una mayor efectividad que ayude a destruir el argumento de plaza sitiada, que tan buenos dividendos le ha dado al gobierno de la isla.

Fuente: http://www.elnuevoherald.com/opinion/v-fullstory/story/442104.html