El diálogo: pretexto para la dilación

Antonio Sánchez García's picture

He hecho referencia en reiteradas ocasiones a uno de los conceptos esenciales de Pablo, el Apóstol, presente en sus epístolas: el que se refiere al ho nyn kairós: el tiempo que resta. Que es el tiempo mesiánico, ese tiempo reconcentrado sobre sí mismo que el propio tiempo nos da para acabar la faena pendiente, aquel en el que se encuentran pasado, presente y futuro para resolver, respaldado en una recapitulación, todos los obstáculos que nos impiden dar el paso trascendente al reino de Dios. Que es el reino de la Libertad. Y el de la parussia, la revelación, que tiene lugar aquí y ahora, en el momento de la resurrección, que no es ni puede ser confundido con el eschaton, el tiempo escatológico, un supuesto final de los tiempos. Vivimos el tiempo del fin. No el fin del tiempo.

No lo he hecho por razones de teología cristiana, de la que soy un lego. Lo he hecho para poner en claro, teórica, filosóficamente, lo que la oposición oficialista, la que se niega a comprender o es incapaz siquiera de entender el nudo gordiano que nos encadena y nos tiene al borde de la muerte o de la resurrección, insiste en desconocer y violentar: que el castrocomunismo venezolano está decidido a apropiarse de nuestra Patria, al precio que sea, para terminar de devastar, destruir y hacer desaparecer a Venezuela. Y con ella, entre otros valores esenciales de nuestra nacionalidad, nuestro universo de creencias, de usos, de costumbres. Nuestra cultura. Exactamente como lo hiciera en Cuba, para eterna tragedia y desgracia de los cubanos.

Es una tarea ardua, tenaz, persistente, fanática y desesperada de destrucción de nuestra nacionalidad que debe realizar en el tiempo, para lo cual la barbarie debe impedir la toma de conciencia del brutal asalto y sus siniestros propósitos, avanzando paso a paso, como un virus cancerígeno invasivo que logre, finalmente, destruir todo nuestro sistema inmunológico y termine por destruirnos. Lo que en el caso cubano fue infinitamente más fácil, pues no hubo rodeos ni evasivas, simulacros, simulaciones ni disfraces: escudados en una supuesta lucha de liberación republicana y democrática y tras haber asesinado a mansalva a miles y miles de cubanos, la mayor parte de ellos inocentes de toda carga política, en tres años el asalto se había consumado, las instituciones republicanas habían desaparecido, la propiedad privada se había hecho añicos, la tiranía había montado su espanto represor y destructivo hasta copar el último rincón y la última célula de Cuba.

Para hacerlo, contó con la inconsciente o consciente complicidad jolgoriosa del mundo entero: en Cuba no se estaba estrangulando a una Nación, sino a una “dictadura” – la de Batista -; no se estaba estrangulando a un pueblo, se lo estaba “liberando”; no se asesinaba a mansalva para implantar el terror, se estaba cumpliendo con la justicia revolucionaria. Si en Venezuela emergió treinta años después, y cuando el Caribe estaba lleno de osamentas de quienes habían pretendido huir del espanto, un millar de “intelectuales” genuflexos, que tuvieron la desfachatez de considerar que Fidel Castro era un ejemplo de dignidad para los latinoamericanos, en esos años del aplastamiento y del terror fueron miles los artistas e intelectuales europeos, orientales, africanos y latinoamericanos que se echaron a sus pies. En 1970 la tarea estaba cumplida: Cuba había muerto. La tiranía había emergido.

No ha sido el caso venezolano. Demasiados testigos y durante cuarenta años de una sociedad libre, independiente, próspera, con elecciones impecables, libres y transparentes, con un sistema representativo y alternante, con plena libertad de expresión como para haberle dado un zarpazo estilo castrista. Fracasado el zarpazo, el 4 de febrero de 1992, hubo que seguir el ejemplo de Hitler: dos años de cárcel por un golpe frustrado y seis años de electoralismo para asaltar el poder por la puerta ancha. Y luego dos décadas de espera para terminar de asfixiar a la sociedad civil y hambrear hasta la inanición al pueblo. Ejecutando en esos veinte años todas las artes maquiavélicas de la dominación, el sojuzgamiento, la sumisión. Paso a paso, sigilosamente, confundiendo al país y a la comunidad internacional con elecciones amañadas y fraudulentas, pero bien pagadas y promocionadas como para convencer a la humanidad que la chavista era una democracia ejemplar. ¿Cuántos cientos, si no miles de millones de dólares se invirtieron para asentar la creencia de que Chávez era un demócrata ejemplar y Nicolás Maduro, su leal discípulo? ¿No han sabido Borges y Ramos Allup, no han sabido todos quienes se plegaron “al diálogo” que estaban siendo enyugados a la mancuerna del Poder? ¿No supieron los socios de Zapatero, no sólo Timoteo Zambrano, que hay otros, que los estaban usando de carnadas para terminar por degollar a la democracia y, con ella a la república venezolana? ¿No sabían que una vez terminado el carnaval petrolero vendría el hambre, la peste, la mortandad?

Ese y nunca otro fue el único y exclusivo sentido del diálogo: neutralizar toda acción defensiva por parte de los demócratas y maniatarlos en el tiempo y en el espacio con tácticas dilatorias. Ir apretando el torniquete del garrote vil hasta terminar por estrangular la yugular y quebrar los columna vertebral de nuestra resistencia. Ha cimentado su obra de devastación y asfixia final durante cuatro largos años sirviéndose de los dos serviles instrumentos de la dilación y el retardo de toda acción emancipadora: Henry Ramos Allup y Julio Borges. Y el auxilio expreso del ex presidente español José Luis Rodríguez Zapatero. Quien apareciera en la escena traído por la desesperación de algunos familiares de presos políticos que le compraron la oferta de mediar para salvar de la cárcel a sus seres más queridos. Siguen presos, así la genuflexión les haya mejorado sus condiciones de encierro.

Hoy, las circunstancias han variado radicalmente. Maduro no es Chávez. La chequera está exangüe. El mundo ha despertado y los Estados Unidos, para nuestra inmensa fortuna, se libraron de la criminal alcahuetería demócrata. El Foro de Sao Paulo se arrastra por los suelos. En el Cono Sur se han verificado y continúan verificándose cambios políticos trascendentales, que dejarán atrás la complicidad con el castrocomunismo tropical de toda suerte. Y en Occidente se ha terminado por conformar un poderoso bloque de naciones democráticas que no aceptarán la devastación de Venezuela por los tiranos caribeños. El régimen está completamente aislado. Si fin es inevitable. Y, al parecer, inminente.

Vivimos tiempos mesiánicos, tiempos de resolución urgente de nuestra grave crisis. Como los que antecedieron al 23 de enero de 1958. Al portazo al diálogo, que sólo una traición podría seguir manteniendo bajo estas circunstancias de rendición, claudicación y entrega, debe seguir un portazo a la farsa electoral. Llegó la hora de la liberación. Sumarse a ella y apoyarla es nuestro imperativo categórico. Hacerse cómplice de las elecciones, un delito de lesa humanidad. @sangarccs
Antonio Sánchez García