Un 11 de septiembre para recordar

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El pasado, lo he escrito recientemente en un artículo dedicado a Rómulo Betancourt, se esclarece sólo desde el presente, cuando sus consecuencias y secuelas se han decantado y todo las virtualidades que anidaban en los hechos acaecidos que se pretende esclarecer, terminan por desplegar todas sus potencialidades. Así el anticomunismo betancourtiano, pleno de lucidez, sabiduría y visión histórica de futuro. Que, traicionado hoy por quienes se apartaran de sus enseñanzas vitales, en su propio partido y en todos los que participaran del Pacto de Punto Fijo, ha terminado por destruir los cimientos del edificio de la Venezuela moderna por él cimentados. Pues esta tragedia que hoy vivimos no surgió de la nada como en un pase de prestidigitación ni cayó del cielo como un meteorito inesperado: es el resultado del comunismo latente que anidaba en la entrañas de una sociedad estatólatra, socializante y populista que se apoderara de las entrañas de sus élites intelectuales y políticas. Una sociedad que privilegió, desde sus inicios republicanos, la igualdad por sobre la libertad, el reparto de sus riquezas naturales por sobre el emprendimiento de una nueva riqueza social jamás producida y la limosna de un Estado clientelar por sobre el esfuerzo individual. Pero sobre todo: la concupiscencia por sobre la meritocracia. De allí la insoportable levedad de sus instituciones, la preponderancia del socialismo capitalista y la trágica ausencia del liberalismo. El chavismo no hizo más que potenciar al máximo lo que ya estaba dado. Y aliado a las ya corrompidas fuerzas armadas y entregado al castro comunismo cubano, terminara en esta pesadilla. Nihil novum sub sole.

Ninguna de las variables que culminaran en la devastación de Venezuela estaban dadas a ese mismo nivel y con esas mismas potencialidades devastadoras en el Chile de Salvador Allende, que llegara a su fin de manera quirúrgica y extrema radicalidad un 11 de septiembre de hace 44 años. Para bien o para mal, la igualdad jamás fue el supremo valor de la sociedad chilena, sino la excelencia. Ni el reparto indiscriminado de sus escasas riquezas para cooptar adeptos o granjear respaldo político. Antes lo fueron el esfuerzo individual, el emprendimiento y la creación de riqueza mediante el acopio del trabajo, la inventiva y el ahorro. Debidamente protegidos por un Estado de derecho en gran medida construido por el genial esfuerzo inicial de dos personajes claves en el origen de la nacionalidad: Diego Portales y Andrés Bello. Un empresario y un intelectual. En notable ausencia de caudillos, militares, partidos y políticos profesionales. Y ninguno de los cuales procedió movido por su interés de riqueza, sino por su afán de deber y responsabilidad moral. Ninguno de los cuales empuñara una espada o un fusil para llevar a cabo la inmensa proeza de construir el que llegaría a ser el Estado más poderoso de la América Hispana en la primera mitad del Siglo XIX. Como lo resumiría un siglo y medio después, el gran estadista que fuera Eduardo Frei Montalva, sólo fueron “pensamiento y acción

Tal vez por esos empeños iniciales, Chile se constituiría con sólidas instituciones republicanas, unas fuerzas armadas estrictamente profesionales, nacionalistas y patrióticas, un empresariado auto suficiente, una clase obrera dotada de una acendrada conciencia de clase, un campesinado laborioso y productivo y unas clases medias capaces de sostener el crecimiento educacional, civilizatorio y educacional de sus universidades y establecimientos de enseñanza. No por azar, Andrés Bello, que al irse de Londres en 1828 y establecerse en Chile hasta el día de su muerte se ahorraría las turbulencias sociales, las intrigas palaciegas, los enguerrillamientos, asaltos, revoluciones e ingratitudes de su patria enferma, fundaría la Universidad de Chile y bajo su techo crearía una de las obras científicas, jurídicas y literarias más importantes de la historia de Chile e Hispanoamérica. Nada de todo eso le hubiera sido posible en su patria de nacimiento. Donde sus esfuerzos se hubieran perdido en medio del odio y la infertilidad, la improvisación y el inmediatismo. ¿Qué de grande creció en la Venezuela bolivariana, paecista y guzmanciana que le cerró las puertas? Y es bueno tenerlo presente a la hora de enjuiciar el pasado. Y comprender el presente.

De allí la imposibilidad absoluta de que un militar arribista, inescrupuloso, inculto, farsante y ambicioso se propusiera asaltar el Poder en Chile para construir un remedo del comunismo cubano. Ni unos partidos corruptos le pusieran el hombro para darle sustento institucional. Ni unos medios avariciosos e irresponsables le sirvieran de cornetas transmisoras. Ni muchísimo menos que un empresariado crecido al pie de las ubres del petróleo le sirvieran de correa de transmisión de su sistemático asalto al erario público. Ni que una muchedumbre marginal se abalanzara sedienta sobre la principal industria nacional para saciarse robándose miles de miles, millones de millones de dólares. Por eso mismo, el 11 de septiembre de 1973 no cayó un régimen narcotraficante, ladrón, terrorista y asesino. Una satrapía al servicio de Cuba. Ni fue desalojado a los mil días de gobierno por una cáfila de hampones uniformados. En pocas palabras: ni Allende era Nicolás Maduro o Hugo Chávez, ni Augusto Pinochet era Vladimir Padrino. Tal comparación sólo podría hacerla un analfabeta, un imbécil o un cínico. Chile es Chile. Venezuela es Venezuela. Para sendas fortunas y desgracias de sus habitantes.

El intento por construir el socialismo en Chile, condenado desde un comienzo al fracaso como todo socialismo en todo tiempo y en todo lugar – Cuba es Haití medio alfabetizado – siguió la normativa leninista: proletario, clasista, bolchevique, civilista, marxista, moralmente irreprochable. Aunque históricamente inoportuno y fuera de lugar. Y por ello mismo: un atentado a la integridad e identidad nacional, una negación a las tradiciones republicanas, un alevoso desconocimiento de la esencia de la Patria, un intento mutilador condenado irremediablemente al fracaso. Que abandonado a su suerte hubiera conducido irremediablemente al caos, la desintegración y el asalto al poder del radicalismo castrocomunista extremo. En pocas palabras: a la extinción de la república, a la devastación de la nación, posiblemente a la guerra civil y a una catástrofe humanitaria sin parangón. Sólo comparable a la guerra civil española. Un panorama incluso peor que el que hoy vivimos en Venezuela. En donde se comienza a renegar hasta del pasado.

Antes de que se llegara al extremo señalado, las instituciones del Estado republicano que se mantenían en pie: el Congreso Nacional, la Corte Suprema de Justicia, la Contraloría General de la República y los partidos de la oposición: extrema derecha, derecha y centro derecha hicieron valer un pacto de gobernabilidad firmado por las fuerzas opositoras gobernantes con las fuerzas victoriosas de Salvador Allende para permitirle asumir el poder, condicionado a acuerdos sagrados que al ser flagrantemente violados por las ejecutorias revolucionarias y socialistas del gobierno dieron pie a la declaración de inconstitucionalidad del régimen y a la exigencia de la renuncia inmediata del presidente de la república. Desconocida tal exigencia por las fuerzas gubernamentales, la institucionalidad todavía imperante y vigente procedió a comisionar a las Fuerzas Armadas a proceder derrocando a Salvador Allende. Ya al frente de un gobierno ilegítimo. Fue lo que ellas procedieron a ejecutar un día como hoy. Con la trágica consecuencia del suicidio de Salvador Allende, que en un clásico caso de honor republicano que repetía lo acontecido ochenta años antes con el presidente Balmaceda, decidió quitarse la vida.

Cuarenta y cuatro años es mucho. Como para que las dos o tres generaciones transcurridas puedan caer en el trágico error del olvido. Tal pareciera estar aconteciendo en Chile, en donde una nueva generación emergente alimenta nuevamente el fuego de la beligerancia, el rencor, el odio y la venganza. Sin apreciar el gigantesco progreso alcanzado por el país gracias a un esfuerzo de responsabilidad colectiva de todas las fuerzas involucradas en la pasada tragedia. No es la hora para enaltecer errores trágicos y retaliaciones punitivas. Para nosotros, los venezolanos, es la hora de reconocer la imperiosa necesidad de frenar la farsa e impedir la tragedia. No es otro el fin de los socialismos: la ruindad, el horror, la tragedia y la muerte. Nunca es tarde para evitarla. Es ahora. O nunca. @sangarccs
Antonio Sánchez García