Mafia, violencia y Roma

Aquilino José Mata's picture

Bajo el nombre de Suburra se conocía a un barrio de la antigua Roma en donde el crimen y la inmoralidad convivían con el poder. El mismo universo podrido y oscuro es trasladado a la ciudad de hoy en la serie que con este mismo título acaba de estrenar Netflix sobre los entresijos de la mafia, cuyas tácticas criminales lo dominan todo, pero prescindiendo de ese halo de mito y leyenda que rodea a otras historias del género.
En la Roma actual que retrata Suburra hay dos familias enfrentadas que compiten, extorsión y violencia mediante, por gobernar una urbe en la que no parece haber habitante sin mancha. Los que se ven en la pantalla son todos políticos, religiosos, alguna prostituta y mafiosos, envueltos en un sistema corrompido por el ansia de poder y dinero. A un lado, la familia italiana que domina; al otro, los que quieren arrebatarle el poder.
Suburra ofrece lo que se espera de ella. A saber, políticos corruptos, clérigos que dan rienda a sus pasiones más bajas y prohibidas, traficantes de drogas, mafiosos enfrentados entre sí y mucha violencia, sexo y extorsión. En la nueva serie de Netflix, su primera producción italiana, hay todo eso y más. Resalta por su ritmo acelerado a la hora de contar las cosas, la historia de dos familias que pelean por controlar la ciudad, jóvenes delincuentes que quieren su pedazo del pastel y una Roma que luce, como siempre, maravillosamente, en la pantalla, incluso cuando se retratan sus bajos fondos.
Hay un negocio en juego en Ostia, una localidad turística a 30 kilómetros de la capital italiana, y un alcalde con los días contados. Y mientras todo se derrumba desde abajo, tres jóvenes alían sus fuerzas para ascender en la escala, con la única intención de demostrarles a todos que son más de lo que creen los demás. Ellos son Número 8 (Alessandro Borghi), Spadino (Giacomo Ferrara) y Lele (Eduardo Valdarnini), cada uno de una procedencia distinta. El hijo tremendamente violento del que su padre reniega, el joven del clan gitano que no puede ser quién es en su familia y el vástago de un policía que trafica con drogas y organiza fiestas sexuales para curas. Los dos primeros tienen la violencia como razón de ser.
Suburra cuenta con todos los ingredientes que se le pueden exigir a una serie sobre la mafia, así como los estereotipos, conjugados de tal manera que el resultado es una ficción oscura, violenta y sin tregua. Los dos primeros episodios son una auténtica carrera contra el tiempo para contar todo lo que sea posible, como si los diez capítulos que componen la primera temporada no fuesen suficientes. El único respiro son esos planos de una Roma que luce tan atractiva como siempre en la pantalla.
Aquilino José Mata