Hacia la dictadura

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“Amanecemos en dictadura”, expresó el padre José Virtuoso, rector de la Universidad Católica Andrés Bello, tras el “golpe constituyente” del régimen de Nicolás Maduro el domingo pasado (El Tiempo, 31/7/17).

No exagera. El mismo Gobierno se encargó de avalar sus palabras, en desafío a la comunidad internacional o en acto de torpeza y arrogancia. Horas después, agentes de la policía política sacaban de su arresto domiciliario a dos notables dirigentes de la oposición, Leopoldo López y Antonio Ledezma, para conducirlos de nuevo a la prisión militar de Ramo Verde.

Al escribir estas líneas, se anuncia que la recién “elegida” asamblea constituyente se tomará pronto la sede del Legislativo, acto que terminará de consumar el golpe de Estado.

Ante estas y otras graves circunstancias, la discusión sobre los resultados de las elecciones para la constituyente solo sirve de distracción. Sin testigos ni observadores, y bajo el control de unas autoridades electorales subordinadas al régimen, ¿quién puede creer en las cifras emitidas por el Gobierno?

El Gobierno aduce que 8 millones de personas respaldaron el llamado electoral del domingo pasado, una cifra que le permite reclamar mayores votantes que los 7,5 millones que, según la oposición, votaron contra la constituyente dos semanas atrás.

A Maduro lo eligieron con 7,5 millones de votos en abril del 2013. Su partido solo pudo obtener 5,6 millones en las elecciones legislativas de diciembre del 2015. Con la popularidad por el suelo y frente al llamado abstencionista de la oposición, ¿de dónde surgieron tantos votos? Smartmatic, empresa encargada del sistema de votación en Venezuela desde el 2004, estima que hay, por lo menos, un millón de votos inflados.

¿A quiénes creen Maduro y sus aliados que engañan?

Lo ocurrido se asemeja a uno de esos actos de la picaresca electoral del siglo XIX. Excepto que entonces los políticos se cuidaban de añadirle al fraude algunos votos a la oposición, para guardar las apariencias. El régimen venezolano ha perdido cualquier vergüenza.

Importa, sin embargo, no distraerse con lo que parece a todas luces un juego casi infantil, pero trágico.

Cualquiera haya sido la cifra, el régimen busca con la constituyente desmantelar las instituciones democráticas que aún sobreviven en medio de una crisis cada vez más aguda. Les apunta, sobre todo, a la Asamblea Nacional y a la Fiscalía. La seguirá emprendiendo contra la oposición, la prensa y las manifestaciones de la sociedad civil.

Es necesario subrayar el corte corporativista del cuerpo constituyente que se quiere imponer a los venezolanos. Una curiosa mezcla de representación por territorios y sectores reemplazó las premisas básicas de la democracia moderna, en otra señal de salto al pasado. Debe advertirse además cierto carácter nepotista: la esposa y el hijo de Maduro fueron ‘elegidos’ a dicha asamblea.

Confiado en apoyos de Cuba, Nicaragua, Bolivia o la Rusia de Putin, el régimen de Maduro hace caso omiso de las reacciones internacionales, excepto para denunciar supuestos complots imperialistas. Como ha observado Mariano de Alba, entre los 16 principales socios comerciales de Venezuela, 11 países “ya han catalogado la constituyente de ilegítima, han condenado su realización o han pedido reconsiderar su ejecución” (www.prodavinci.com).

Este tipo de presión internacional podría contribuir a lo que De Alba llama “negociación genuina” para que la democracia regrese a Venezuela. Pero acciones como el reenvío de López y Ledezma a la cárcel militar de Ramo Verde, o la proyectada toma del Parlamento por la constituyente, reducen cualquier espacio negociador. Es la dictadura.
Eduardo Posada Carbó

Fuente: http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/eduardo-posada-carbo/hacia-l...