El mayor problema es moral

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La Venezuela de 2017 es tan sólo una mueca macabra de la que fue en décadas anteriores. Está sumida en toda clase de problemas: económico, social, político, cultural y moral. Todo lo cual envuelve hambre, deudas impagables, hiperinflación, dinero que no le alcanza a nadie, escasez de bienes y servicios , inseguridad, etc.

En fin -y en dura expresión concluyente- todo está mal. Lo increíble es que los voceros gubernamentales y sus partidarios continúan hablándole al viento. Para todos ellos, “vamos bien”. Tanto que “seremos potencia”. ¿De qué y en qué?. Nadie lo sabe. Pero, mientras tanto, en nombre, y en respuesta a dicha supuesta posibilidad, se anuncian y se describen promesas acerca de eventuales futuros logros, que, por supuesto, nunca se alcanzan.

El discurso de hoy no ha cambiado. Es el mismo con el que han permanecido en el cargo hace ya casi largos y destructivos 20 años. “Vamos a hacer”. “Haremos” “Tenemos previsto hacer”. “Ya creamos una Comisión que se encargará de presentar un Plan o un Programa”. Es lo que “hacemos por la Patria”. “Así reafirmamos nuestra vocación por la soberanía y seremos felices”. Y bla,bla,bla.

Mientras tanto, al ciudadano común, al mismo que estudiosos llaman de a pie y que ya alcanza al 90 % de la población, se insiste en mantenérsele sumido y sumido alrededor de una sola motivación: una bolsa o caja de comida. Mejor dicho, un grupo de casi una veintena de productos que no se regalan. Porque, dicho sea de paso, se adquieren al precio que fijan los afortunados importadores que flotan sobre el fácil uso del privilegiadísimo cambio de 10 bolívares por dólar. Y, según sea la decisión de los administradores locales y regionales, además, sólo se les venden a aquellos “hermanos revolucionarios” que cumplieron con el correspondiente “deber de sacar su respectivo Carnet de la Patria”.

A ese ciudadano, por lo demás, es al mismo que han convertido en un instrumento de fácil y comprometido uso en los más recientes procesos electorales. Sabe que la bolsa o caja de alimentos, dependiendo del número de miembros de la familia, si acaso, le permite medio alimentarse -que no nutrirse- durante once días. ¿Y el resto de los días hasta que se repite el reencuentro con los productos?. La respuesta la ofrece su inevitable comportamiento: mal comiendo una o dos veces al día, en una especie de recurrencia sistemática al malabarismo con el que “estira” la disponibilidad, hasta que llega a lo también inevitable. Que no es otra cosa que entrar a hurgar en la basura, y lo cual, en muchos casos, se produce en abierta competencia con los animales que se disputan el entonces atractivo manjar para todos.

Desde luego, para millones de venezolanos el panorama no puede ser más tenebroso. De hecho, en el fondo, ese es el punto de partida al que, directa o indirectamente, más de 2 millones de valiosos hijos del país -jóvenes en su mayoría- han optado para tomar la dura decisión de abandonar la nave, al igual que trabajadores de diversas especialidades. Muchos han dicho que su partida se apoya espiritualmente en la convicción de que Dios aprieta, pero no ahoga. Aunque otros, en un tono más ajustado a esa especie de aceptación y de resignación ante un “obvio” castigo histórico, a la vez que se resisten a migrar, consideran que, tal vez, era necesario vivir esta pesadilla. ¿Para qué?: para aprender y construir correctivos.

Creen estos últimos, y que son los que abundan en las largas colas para cualquier cosa, incluso, para participar en procesos comiciales, que este terruño sí dispone de valiosos recursos naturales. Pero que de nada sirven si no se aplican correctivos, se promueven inversiones y se concluye en el necesario entendimiento o reencuentro entre los venezolanos.

De igual manera, y sin que eso pueda ser interpretado como una cómoda actitud y conducta cómplice con despilfarros, robos, desmanes y saqueos concebidos bajo la sombra de inexistentes instituciones encargadas de controlar y sancionar a delincuentes, se debe valorar el hecho de que apenas se han rasguñado las potencialidades del país. Es decir, que todo este desastre económico se puede arreglar y corregir, aplicando la racionalidad, el tecnicismo, la honradez y el conocimiento en un tiempo relativamente corto.

Lo grave, y más complicado de recomponer, porque está asociado a esfuerzos familiares, educativos y hasta legales, sin embargo, es el problema del deterioro moral. Innegablemente, será la tarea más difícil de acometer. La pillería, el falso “vivismo criollo” como norma de comportamiento, el abuso y la falta de moral en todos los sentidos, conforman una herida moral tan profunda, arraigada en el ADN de una gran parte de la ciudadanía. Se sienten allí. Y es por eso por lo que es el más preocupante de los daños causados y más difíciles de corregir.

¿Cómo evitar no asociarlo a vivencias particulares, al citar esa verdadera tragedia social de esta naturaleza?. Y viene la mención, después de pasar por la experiencia impactante que produjo un hecho atribuible a eso, a la descomposición moral .

Y se le narra como un episodio común, después de comentarlo con más venezolanos.

“Mi consuegra, quien tiene unos kilitos de más, subía en las escaleras mecánicas de un Centro Comercial, llevando de la mano a su nietecita, que es nuestra ahijada. Repentinamente, la escalera se detuvo, como consecuencia de uno de esos apagones que ya son rutinarios en el país, hasta terminar provocando la caída de la señora y de la niña que estaba bajo su cuidado. La consecuencia de lo sucedido se tradujo en daños dolorosos y varios moretones. Un hombre que venía en la misma escalera detrás de ellas, se apresuró a ayudar a la adulta y a la niña a levantarse. Acto seguido, mi consuegra y la madre de la niña, quien iba más adelante, como era lo normal, se apresuraron a agradecerle el gesto al caballero. Pero éste, fríamente, se dirigió a ambas diciéndoles: ¿cómo que gracias, señoras?. Eso les cuesta Bs.20.000 por ayudarlas. Asombradas ante tan inhumano gesto y acción, a las dos damas no les quedó otra alternativa que expresarles su sorpresa e incomodidad por aquel gesto que bien respondía a una conducta inmoral e inhumana”.

Otros visitantes al Centro Comercial se sumaron al hecho y, respetuosamente, lograron persuadir de su propósito al citado aspirante a un premio por servicio de ¿ayuda?, ¿atención?, ¿conducta civilizada?. ¿cortesía?. ¿O qué?.

Vaya la narración de ese hecho como expresión de un ciudadano sorprendido por la dureza de lo apreciado y vivido. Es un suceso preocupante y que es tan válido para la reflexión, como para proyectarlo hacia la multiplicidad de sucesos que se dan en Venezuela rutinariamente. Porque se aprecian en la calle, los hogares, en los cargos públicos, en la relación del Estado con la ciudadanía. En todas las partes. En cualquier parte. Suficiente para ratificar lo antes dicho: el más grave problema que registra la sociedad venezolana, no es material; es su gran fractura moral.
Egildo Luján Nava
Coordinador Nacional de Independientes Por el Progreso (IPP)

"Moral y Luces son nuestras primeras necesidades"... (Simón Bolívar)