Sí, hay un camino el día después

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El 16 de Julio de 2017 se inscribe en la historia política venezolana como un día definitivamente importante. Algunos analistas, desde ya, lo han denominado “día bisagra”.

Los ciudadanos de a pie, sencillamente, lo califican como el día cuando una población desesperada por encontrarse con un futuro de nuevas oportunidades, pudo hacer uso de derechos constitucionales individuales y expresar en tres respuestas, un punto de vista, un sentimiento y una convicción. De igual manera, dar a conocer un aporte participativo acerca de temas trascendentales para la nación.

Desde el 17 de julio, entonces, en Venezuela habrá comenzado a gestarse un cambio, más allá de lo que consideren y estimen los que están al frente del Gobierno, y se creen insustituibles e indispensables. Asimismo, de lo que estimen quienes afirman ser la alternativa sustitutiva, casi en términos de posibilidad salvadora de la situación de crisis económica, social y política. Inclusive, del desmoronamiento estructural de la que, alguna vez, fue la base ética y moral de una nación referencial en el Continente.

Es un cambio que se da porque una población deja de ser simplemente pueblo, para convertirse en ciudadanía comprometida con su mañana. No a partir de lo que es capaz de gestar lo indigno. Sí en obediencia a lo que surge de un sentimiento de rechazo al reconocimiento de que Venezuela, su país, su Patria, no puede ser y depender de sus lastres históricos, como de su miseria cultural, y de la vergüenza que provoca ser visto e identificado ahora en el mundo por ocupar la primera posición en todo lo peor que distingue a una nación en bancarrota.

Definitivamente, sí. El venezolano aprendió y entendió que él no es más burdo "pueblo”. Porque es y se siente "ciudadano". No más súbdito. Tampoco activista de una falsa monarquía y de un absolutismo ramplón, cuya sustentabilidad depende del trato utilitarista de gente útil únicamente para ser abusada y explotada.

Finalmente, se ha dado una circunstancia política que ha hecho posible que el venezolano se considere expresión de un poder originario, del que forma parte, y el cual sólo es posible cuando sus integrantes se sienten dueños de sus derechos. Asimismo, de alternativas que incluyen la posibilidad de disponer cuál es el camino por el que quiere andar y avanzar; el destino y la meta.

que ansía conquistar; la manera de decidir cuál es el líder digno de elegir y de acompañar en la conducción del esfuerzo organizado, en atención a las aspiraciones y propósitos que estructuran la esperanza misma de la sociedad.

Una dura y prolongada experiencia, entonces, termina siendo aprendizaje. Enseñanza de casi dos décadas de violencia, de ruina y más recientemente de hambre. De entendimiento que las sociedades son posibles, única y exclusivamente cuando existe plena conciencia de que la vida en comunidad lleva implícita la aceptación de comportamientos equilibrados en torno a lo que son derechos y a lo son deberes. Y de reconocimiento a que progresar y conquistar bienestar social, no es compatible con el sometimiento sumiso al dulce sonido de los cantos de sirenas, del rebuscamiento conceptual de falsos mesías, perseverantes en el mercadeo sistemático del pan y del circo.

Desde luego, no todo cambio conductual apuntalado por un necesario sentimiento evolutivo, garantiza estabilidad y una prolongada transformación de largo plazo. Y ese es el reto para la dirigencia nacional; llamada a entender la oportunidad, como también a echar las bases confiables del nacimiento y comportamiento de esa novedosa ciudadanía, heterogénea en su conformación y en la interpretación de su forma de vida.

Dar pasos en razón y obediencia a esa expectativa, implica, desde luego, la existencia de una dirigencia diferente y de una forma de dirigir distinta a lo vivido y sufrido. Porque hay que exigir, pero también evitar engaños. La burocracia estructurada tiene que dejar de ser un arreo clientelar, y convertirse en la expresión de una formación académica, capaz de darle sustentabilidad y vigencia al mérito, cuya trascendencia siempre tiene que ser afianzada por la rendición de cuentas.

Después del 16 de Julio y de que millones de ciudadanos se expresen en procura de una reconciliación, la más acertada decisión nacional debería ser admitir la urgente necesidad de convocar a los mejores, cambiar el rumbo y negociar únicamente la más eficiente manera de superar la dramática situación socioeconómica que agobia al país. Y que comienza por poner énfasis en la recuperación inmediata y progresiva de la producción nacional, como de la educación en sus diversas fases académicas.

No más odio. Mucho respeto. Porque si esa no fuera la respuesta y reacción de quienes gobiernan y conducen a la población que ansía cambio, peligrosamente, se pudieran estar abriendo las compuertas para una posible activación de la violencia, en una dimensión y proporción de lamentable pérdida de vidas inocentes.

En el caso de las Fuerzas Armadas, conformadas e integradas por venezolanos, también están llamadas a interpretar objetivamente lo que suceda. No a delegar en manos y sentimientos foráneos, la difícil y exigente responsabilidad de evitar que en Venezuela, se repita lo que, en su momento, terminó convirtiéndose en España en una guerra civil.

A los venezolanos de uniforme, definitivamente, no les corresponde avivar parcialidades; arengar resentimientos; sí arbitrar reconocimientos entre civiles; impedir que las soluciones se tengan que diseñar entre concepciones cuartelarias, y una visión uniformada del entendimiento de lo que traduce ser una isla contra un Continente en lo que hoy priva es la expectativa por una verdadera solución hermanada en Venezuela.

Los soldados, entonces, deben plantearse regresar a sus cuarteles; a su única razón de ser constitucionalmente: la defensa territorial, de las fronteras, de los habitantes, y siempre en obediencia estricta a los mandatos de la Constitución venezolana. Y hacerlo subordinados al poder Civil electo democráticamente por los ciudadanos, por aquellos que configuran el genuino "poder originario".

Respaldar, avalar y consagrar en actitud sumisa la caprichosa Asamblea Constituyente Comunal, a la vez que se desconoce la voluntad ciudadana, no configura el soporte objetivo imprescindible para rescatar y reestructurar el país, indistintamente de que se insista en que sí es indispensable cambiar las reglas del juego.

Por supuesto, en este caso, cambiar implica revisar, ciertamente, parte del articulado de la Constitución que, en el momento de su aprobación, denominaron la mejor del mundo, si bien no pasó de ser otra cosa que un traje hecho a la medida para el difunto Hugo Chávez. No de concebir y de confeccionarle otra Constitución al actual Presidente, a su gusto, a su medida y para sus fines. Debe ser cambiar en favor y beneficio del país, teniéndose en consideración que la de 1999, hecha con base en los postulados y propuestas esgrimidas por una Constituyente, se direccionó para que el soberano respondiera a los llamados del Mesías de entonces, del mismo que luego terminó incumpliendo sus promesas y compromisos, y conduciendo a Venezuela al estado de miseria en el que se sume actualmente.

Es innegable: nuevamente, la historia le brinda otra oportunidad a los venezolanos, para que cambien las reglas de juego con miras a detectar y transitar por el camino correcto, legal y oportuno. Y es por lo que no se entiende la posición gubernamental. Ya que lo que habría que hacer, es acogerse a un procedimiento reglamentario basado en lo que establecen la Constitución y la Ley Electoral. Y que contemple la elección de unos Constituyentistas que piensen por y en el país y sus regiones, sin depender de influencias de falsos líderes; propiciar cambios en favor del regreso al mandato bicameral, reconociéndole equidad e importancia a todos los Estados, a partir de una mayor autonomía, autogestión y descentralización; asignar presupuestos acordes a las características locales y a la recaudación, la producción y el desarrollo programado.

De igual manera, lograr una auténtica independencia de los poderes públicos; instaurar la doble vuelta electoral; reconocer la importante estratégica del derecho de propiedad y la libertad económica; eliminar el concepto de estado empresario y tantas otras necesarias para situar al país en una verdadera senda de justicia y desarrollo. Mejor dicho, todo lo que configura aquello que hoy se requiere: promover condiciones para que el trabajo permita lograr una verdadera calidad de vida a los ciudadanos.

Para llegar hasta allí, en un ambiente de paz y de concordia, es imprescindible asumir que ya existen reglas de juego constitucionales. Son las que hacen posible elegir una autónoma y legal Asamblea Nacional Constituyente, con base en la participación del poder originario en elecciones libres y por votación popular de acuerdo a las mayorías. Dicho de otra manera, es lo que ha venido proponiendo desde hace años un equipo de venezolanos liderado por Enrique Colmenares Finol, junto a un calificada estructuración multidisciplinaria, a partir del previo recorrido y trabajo por todo el territorio nacional, y que se ha ocupado de estudiar a fondo las necesidades y el aprovechamiento eficiente de los recursos naturales y humanos del país.

Dicha propuesta, conocida como "Proyecto País por una Venezuela Reconciliada Vía Constituyente", contempla un ya completo Proyecto, listo para ser puesto en práctica, con propuestas individualizadas por regiones y temas. Lamentablemente, el concepto "Constituyente" fue satanizado por la actual propuesta de propósitos absolutistas y con un fin netamente comunista.

Hoy el Gobierno apuesta a la consagración de su jugada. No basado en el respaldo del poder originario, porque carece de él. Sí en el propósito de afianzar la compactación de poderes alrededor de la figura presidencial, la inexistencia de nuevas posibilidades electorales, y la anulación total del ejercicio de los derechos ciudadanos. Se trata de objetivos que reposan, por otra parte, en la anulación del reclamo de los venezolanos, hoy obligados a obedecer a esa presunta omnímoda voluntad individual, aparada en una supuesta unidad cívico-militar.

Sin embargo, el mundo libre y la mayoría de los venezolanos de innegable convicción democrática y libertaria, perseveran en la convicción de que dicha Asamblea absolutista no conduce a ningún camino, salvo al de la confrontación y el distanciamiento entre los venezolanos Y que no es improbable que en un futuro próximo, el soberano pueda lograr el nombramiento de una legítima Asamblea Nacional Constituyente, fundamentada en elecciones libres y con bases comiciales apropiadas y de equidad territorial justas, acorde al censo poblacional.

Sólo así, entonces, la nueva ciudadanía, la que emergería de lo que sucederá el 16 de julio, hará posible que se evite caer en más de lo mismo: que en un futuro no muy lejano, se regrese a otro populismo exacerbado y a su marea roja rojita. Y sería así, sencillamente, porque habrá una base constitucional estructurada por y para la sociedad venezolana, y no para que le sirva de instrumento antidemocrático a la misma minoría que hoy actúa desconociéndole derechos a millones de venezolanos.
Egildo Luján Nava
Coordinador Nacional de Independientes Por el Progreso (IPP)

“La esperanza es lo último que se pierde” (Frase de aliento popular)