El Estado comunal para el fin

José Luis Zambrano P.'s picture

Todo cambiará como en un estallido silencioso. Se sacudirá el polvo de aquellos recuerdos espléndidos de las décadas últimas del siglo pasado, para rebosarnos con una nueva realidad concluyente. Todo será decidido en Miraflores. Estrenaremos nuevos sentimientos, atornillados como en una trinchera sórdida; sometidos a una sensación cerrera, siempre a la espera de la próxima calamidad. Sólo quedará el acostumbrarnos a la eventualidad y sin poder expresar nuestro desconcierto. La única alharaca será el obsequiarnos la amargura en un empaque adornado de sonrisas. Nos instalarán los hilos traslúcidos del dominio sin vuelta atrás.
El pueblo trémulo, enroscado y sin ideas, deberá acoplarse a los designios del supremo Estado. Proclamas desabridas, escamoteos y las chifladuras delirantes acostumbradas sobre un imperialismo amenazador, seguirán escuchándose en los discursos presidenciales, culpando de la catástrofe a cualquiera, menos a ellos mismos y a su programación despiadada por arruinar la posibilidad de estar mejor.
Esta constituyente tiene el propósito absoluto de implantar el Estado comunal y asegurar la continuidad del régimen, sin resquicios para las decisiones democráticas. Todo será controlado por el “Estado Padre”, desde la educación de nuestros hijos, los medios de comunicación y los organismos de seguridad, hasta la forma y el momento en que podamos saciar nuestras necesidades más extremas.
Las universidades se trasmutarán en cuarteles de la revolución, con un único lineamiento filosófico y político, predominando la vacilación del ignorante. Quedará en nuestras evocaciones la autonomía de nuestras casas de estudio, desplomándose cualquier indicio de prosperidad.
Nuestra forma de vida tendrá sus desaforadas bases en el poder comunal, por medio de las inverosímiles comunas, desde las cuales se efectuarán cualquier tipo de elección, echando al traste el voto universal y asegurando que sólo sufraguen sus adoctrinados.
Las peripecias antiguas para elegir a nuestros gobernadores y alcaldes quedarán en el olvido, pues estos organismos pasarán a manos de los consejos comunales, cuyas instancias serán regentadas por el gobierno socialista.
Pero la sensación de aniquilamiento llegará al límite de lo impensable, cuando desaparezca la propiedad privada por completo. Algunos personeros han mostrado visillos claros de esta intención, tanto para el sector petrolero como en todos los ámbitos de nuestra mancillada económica. Posiblemente nuestras posesiones tendrán el remoquete de adjudicación, pues todo le pertenecerá al supremo Estado y éste decidirá si continúas teniéndolo o se lo transfiere a quien le venga en gana.
El apremio por la puesta en marcha de esta urdida constituyente tiene la vil intención de tapar todos los orificios de salida. El articulado de la nueva carta magna tendría la insensata extravagancia de la fatalidad. Letra por letra iría dirigida a la sumisión de la población, dándole fundamento a la impertinencia y enraizando lo deplorable.
Nos hallamos a la víspera del aniquilamiento total o del inicio de la recomposición del país. En nuestras manos está el virar las malas intenciones de los destructores. La consulta popular del pasado fin de semana sirvió de acicate emocional para robustecer el empeño y corroborar el sentimiento mayoritario por devolverle la democracia a una Venezuela compungida, golpeada en el orgullo patrio y con ansias de reencontrar su camino. La libertad es el mejor regalo que podremos darle a nuestra madre territorial. @Joseluis5571
José Luis Zambrano Padauy