Peor que los malos líderes son los malos seguidores

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El mundo tiene un problema de líderes. Hay demasiados que son ladrones, ineptos o irresponsables. Algunos están locos. Pero también tenemos un problema de seguidores. En todas partes, las democracias están siendo sacudidas por los votos de ciudadanos indolentes, desinformados o de una ingenuidad solo superada por su irresponsabilidad.

Son los británicos que al día siguiente de haber votado a favor de romper con Europa buscaron masivamente en Google qué significa eso del ‘brexit’. O los estadounidenses que votaron por Donald Trump y ahora están descubriendo que su presidente les hará perder el seguro de salud. Son los ciudadanos que no pierden el tiempo votando, ya que “todos los políticos son iguales”, o quienes están seguros de que su voto no cambiará nada. Seguramente usted conoce gente así.

Por supuesto, hay que esforzarse en buscar mejores líderes. Pero también hay que mejorar la calidad de los seguidores. Ciudadanos mal informados o políticamente apáticos los ha habido siempre. Al igual que aquellos que no saben por quién están votando, o contra quién. Pero ahora las cosas han cambiado. Internet hace más fácil que los peores demagogos, oscuros intereses y hasta dictaduras de otros países manipulen a los votantes más desinteresados o distraídos. La red no es solo una maravillosa fuente de información, también se ha convertido en un tóxico canal de distribución de mentiras.

En el polo opuesto están los activistas, cuyas posiciones intransigentes hacen más rígida la política. Quienes están muy seguros de lo que creen encuentran en la red refugios digitales donde solo interactúan con quienes comparten sus prejuicios. Esta brevedad favorece el extremismo, ya que cuanto más corto sea el mensaje, más radical debe ser para que circule mucho. En las redes sociales no hay espacio, ni tiempo ni paciencia para los grises, las ambivalencias, los matices o la posibilidad de que visiones encontradas tengan puntos en común. ¿Qué hacer? Para comenzar, cuatro cosas.

Primero: una campaña de educación pública que nos haga a todos menos vulnerables a las manipulaciones vía internet. Es imposible lograr una completa inmunidad contra los ataques cibernéticos, que, usando mentiras y tergiversaciones, tratan de influir en nuestro voto o en nuestras ideas. Pero eso no significa que la indefensión sea total.

Segundo: es inútil ofrecer mejores prácticas a quienes no están interesados en usarlas. Una sostenida campaña que explique las nefastas consecuencias de la indolencia electoral es igualmente indispensable.

Tercero: hay que hacerles la vida más difícil a los manipuladores. Deben ser identificados, denunciados y, en los casos de abusos más flagrantes, demandados y enjuiciados. Estos florecen en la opacidad y se benefician del anonimato. Por lo tanto, hay que hacer más transparentes los orígenes, las fuentes y los intereses que están detrás de la información que consumimos.

Cuarto: impedir que las empresas de tecnología informática y de redes sociales sigan actuando como facilitadoras. La interferencia extranjera en las elecciones de EE. UU. o en otros países no hubiese sido posible sin Google, Facebook, Twitter y otras empresas similares. Hoy sabemos que al menos estas tres compañías se lucraron al vender mensajes de propaganda electoral pagados por clientes asociados a operadores rusos. Hay que obligar a estas empresas a que usen su enorme poder para proteger a sus consumidores. Y hay que hacerles más costoso el que sigan sirviendo de plataformas para el lanzamiento de agresiones antidemocráticas. @moisesnaim
Moisés Naím