El fantasma de Diógenes Escalante


Imagen de Pedro Elías Hernández

Después de la alocución presidencial del pasado jueves en la noche en la cual Hugo Chávez reconoce lo delicado de su estado de salud y que ha iniciado una batalla médica para combatir los peligros de la propagación de un cáncer en su cuerpo, muchos venezolanos, chavistas, opositores o independientes, tenemos la sensación de que estamos en presencia de una nueva realidad política. Por distintas razones que no vienen al caso explicar ahora, lo cierto es que la política venezolana ha estado signada en los últimos 20 años por la avasallante presencia y figura de Hugo Chávez. Desde que entró como una tromba en la escena nacional aquel 4 de febrero de 1992, dos décadas después, su personalidad continúa siendo el centro de la vida pública venezolana. De allí que su enfermedad genere todo tipo de especulaciones y preocupaciones. Ciertamente ha sido uno de los mandatarios en nuestra historia que ha tenido más respaldo político, mayor poder económico y prolongada permanencia en Miraflores.

La realidad es clara, por un lado, el relevo político oficialista no ha podido cuajar en estos 12 años de gobierno una figura o un equipo de personas que concite la suficiente confianza y posea la capacidad de cohesión que sí tiene el Jefe de Estado, por lo que una eventual ausencia prolongada de Chávez al frente del poder por motivos de salud, o sencillamente su falta absoluta, genera una natural incertidumbre. Los Comandantes de la rebelión del 4 de febrero, que podrían ser un relevo natural, en su mayoría han tenido una relación conflictiva con el Presidente, se han separado temporal o definitivamente de él, además de que se distanciaron entre ellos mismos. Esto impide que, ya sea por la enfermedad que ahora aflige al Presidente o por cualquier otra razón hacía el futuro, el reemplazo político de Chávez salga del mismo núcleo histórico fundacional de la revolución bolivariana. En relación a la familia presidencial, es poco probable que uno de sus miembros logré reemplazarlo. Por otro lado, cuando hablamos del campo opositor, la precariedad del liderazgo alternativo se ha puesto de bulto como consecuencia de lo que es obvio: Una parte significativa de la nación demanda una profunda transformación política, pero los actores de ese cambio aun no son del todo visibles en el horizonte, y quienes lo son, no convocan el consenso necesario.

La enfermedad de Diógenes Escalante en 1945, cambió el rumbo político de Venezuela para siempre. En torno a esta figura política se conformó un vasto consenso político para que asumiera el poder luego del fin del período de gobierno de Isaías Medina Angarita. Como se sabe, esa enfermedad lo inhabilitó para convertirse en Presidente Constitucional de la República. Descartado Escalante por razones de salud,y a partir de este hecho absolutamente aleatorio, el asunto de la sucesión presidencial generó una severa crisis política en el país. El consenso logrado en torno a Escalante, dio abruptamente paso a que se desataran las ambiciones y la tentación de recurrir al atajo para llegar al poder por parte de distintos grupos y sectores, lo cual desembocó en la rebelión cívico militar del 18 de octubre de 1945, provocó tres años después el derrocamiento del Presidente Rómulo Gallegos y una larga década de dictadura militar. Aun hoy, los efectos de aquel imponderable, siguen gravitando con fuerza sobre nuestra realidad contemporánea. Todo lo que parecía perfectamente concebido y calculado, se derrumbaba como consecuencia de una azarosa circunstancia. Ahora, más de 60 años después, los enigmas de la política y las sorpresas de la historia podrían tal vez estar colocándonos en un escenario similar. Esperemos que no sea esta vez así.

Soy de los que pensaba, antes que se revelara la incógnita de la enfermedad presidencial (artículo publicado en Informe 21 el pasado lunes 20 de junio), que los problemas de salud del Jefe de Estado eran reales y ciertamente delicados, aunque no necesariamente mortales. Lo cierto es que este evento impredecible, pero perfectamente posible, ha sido ya confirmado por el propio Chávez en un valiente y conmovedor mensaje al país. Es muy probable que este suceso pueda tener un efecto crucial en el rumbo de la política venezolana en el próximo futuro. Sin embargo, de ser así, por ahora queda claro que los verdaderos agentes de un posible proceso de cambio político en Venezuela aun no tienen manera de ser reconocidos por la población, como tampoco lo fueron en su momento los jóvenes universitarios de la generación de 1928 o los conjurados del Samán del Samán de Güere en 1982. Con frecuencia la marcha de la historia es traviesa y juguetona, por eso nos oculta hasta el último momento las caras del nuevo protagonismo público. Los actores principales en el inmediato futuro suelen ser grandes desconocidos en el inmediato pasado. Por eso los cambios radicales que experimentan algunas veces las sociedades son de lenta y laboriosa preparación, pero de rápida y violenta ejecución.

Deseamos sinceramente, por razones humanitarias y políticas, que el Presidente Chávez se restablezca y quede perfectamente habilitado en lo físico para hacerle frente a sus compromisos de Estado y también a los electorales previstos para el año que viene. Esa es la mejor forma de conjurar el fantasma de Diógenes Escalante. En las actuales circunstancias por las que atraviesa Venezuela, cualquier otra cosa es transitar rumbo a lo desconocido. Antes me gustaban las sorpresas en la política, pero debo reconocer que el tiempo y los hechos me han hecho entender que ellas no siempre son buenas. Esperemos que respecto a este episodio, la historia no nos haga una de sus jugarretas.
Pedro Elías Hernández

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