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Víctor Corcoba Herrero

Un caminante sin amor es como un rio sin agua

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Desde que Machado dijese aquello de: “caminante no hay camino, se hace camino al andar”; multitud de seres humanos solemos evocarlo, no así viviéndolo, con la asiduidad que hemos de hacerlo. La situación es bien palpable, a poco que nos miremos y veamos. El hambre de amor es debido, precisamente, a ese espíritu que únicamente lo injerta la lengua del alma. Buceamos por los exteriores, pero sin adentrarnos en las causas y motivos por las que suceden las cosas. Somos gente de palabra fácil, aunque el compromiso fiel lo solemos dejar en el tintero.

Todo lo que vive se complementa

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A poco que reflexionemos cada cual consigo mismo, nos daremos cuenta de que todo lo que vive se complementa. En efecto, esta complementariedad que está en la base de todo, debiéramos aprender a valorarla, cuando menos para adquirir otros lenguajes más armónicos y poder vivir unidos. Por desgracia, las atmósferas no son nada propicias, comenzando por las propias familias que, en ocasiones, son verdaderos focos de tensión.

No cabe diálogo con los que activan el odio incumpliendo la ley

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Hay que regenerar la política. Quizás en todo el mundo. En España, desde luego. Hace tiempo que lo vengo reivindicando. Por el bien de todos se requieren servidores auténticos, con compromiso hacia ese bien colectivo, que cultiven la honradez y el sentido de Estado, ejemplarizando sus actuaciones. Los españoles, precisamente, estamos viviendo ahora momentos muy graves para nuestra vida democrática, en parte porque los poderes del Estado caminan como aletargados. Debiéramos saber que las normas nos obligan a todos y están hechas para cumplirlas y hacerlas cumplir.

Para vivir hay que saber respetar

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Tenemos que respetarnos, hasta el punto de que el primer efecto a considerar, es inspirar un gran aprecio por todo ser humano, lo que nos exige articular nuevos abecedarios de acogida, de protección e integración de todas las culturas, sobre todo de aquellas que cultivan y laborean el intercambio intercultural desde el encuentro, favoreciendo así la centralidad armónica de la persona, siempre haciendo familia con el entorno. Desde luego, esta pedagogía anímica que nos da identidad de relación, aparte de que nos insta a escuchar al análogo, verdaderamente también nos trasciende y hermana.

El momento de la tenebrosidad en escena

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Andamos crecidos de falsedades. Nos desbordan. Hay mucho pregonero sin conciencia. También abundan los gobernantes mundanos, sin sabiduría alguna. Deberíamos aprender de nuestra propia historia y ser más honestos con nosotros mismos. Sólo así podrá reinar la calma dentro de nuestros espacios. En un mundo que desea liberarse del espectro de las inútiles batallas y de las hostilidades, la cohesión de acciones es fundamental, cuando menos para despertar en el espíritu humano esa búsqueda mundializada y constructiva, caracterizada por la ecuanimidad, la unión y la ayuda mutua.

Somos historia y esperanza

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Hoy más que nunca necesitamos hazañas conjuntas para rescatarnos unos a otros de las muchas cruces impuestas en el diario de nuestra vida, puesto que ha de ser todo más armónico, para poder reflexionar y hacer memoria. Si no se camina en armonía, si no se respeta al análogo, difícilmente vamos a poder construir algo. Es evidente que no se comprende nada de lo que somos sin hacer historia. Realmente es lo que nos orienta. En buena lógica, somos lo que día a día tejemos cada cual consigo mismo y junto a los demás.

Promover vías de entendimiento

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No tenemos corazón. Somos como piedras sobre el horizonte de los días. Cuesta creerlo, pero es así, coexistimos en ocasiones siendo el peor enemigo de nosotros mismos. A los hechos me remito: El 77% de los menores migrantes o refugiados que emprenden la ruta del Mediterráneo central fueron víctimas de abuso, explotación o sufrieron prácticas equiparables a la trata de personas, según un informe conjunto del Fondo de la ONU para la Infancia (UNICEF) y la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), divulgado recientemente.

Todo está en nosotros

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Hasta ahora hemos dejado los recursos de la tierra a merced de la especulación de algunos, con el consabido manantial de conflictos, y el poco futuro para una buena parte de la población. En consecuencia, creo que ha llegado el momento de que todo se ponga al servicio de todos, en correspondencia con todos. Es mi sincera esperanza de que el bienestar de nuestras sociedades nos alcance sin exclusiones, a la humanidad en su conjunto y, de este modo, podamos caminar por un mundo de menos tensiones y así poder cohabitar más unidos.

Las lecciones de la vida

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Es una lástima que el ser humano aún no haya aprendido de los errores del pasado y continúe empeñado en sembrar desasosiego, en lugar de propiciar el encuentro, y desterrar las tensiones de todo camino a nuestro alcance. Váyanse de la faz de la tierra, el aluvión de provocaciones vengativas que lo único que nos llevan es a enfrentarnos como salvajes. Abramos canales de comunicación y no acosemos a los defensores de los derechos humanos. Pongamos imaginación y establezcamos puentes de unión y unidad por todo el planeta. Quitemos los muros de la hipocresía.

No neguemos la evidencia, el tiempo se nos acaba

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En nuestra época hace falta otra energía más auténticamente humana. Los males no comenzaron ayer, los hemos dejado pasar, y el tiempo de los tormentos nos empieza a atormentar. Ya no sirven los pregones encaminados a las buenas acciones, hace falta coraje y acción para derribar los muros de la mentira, de la hipocresía permanente sostenida por la desfachatez de algunos dirigentes, más preocupados por el dominio que por servir, por acumular riqueza para sí y los suyos en vez de trabajar por la justicia social.

Hay que parar los discursos de odio

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Vivimos tiempos repelentes, donde nadie escucha al corazón y el corazón es nuestra gnosis. Un verdadero tesoro que aniquilamos. Los efectos de esta frialdad son bien palpables. El mundo se mundializa, pero no se armoniza. La interdependencia de los caminantes se extiende a todos los campos, pero cada día queremos levantar nuevos muros. En lugar de auxiliarnos, nos endiosamos, y los frutos ya están ahí.

La perspectiva del yo junto a los otros

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Somos un mundo de contradicciones. Quizás deberíamos observarnos más y ver nuestras propias incoherencias. A veces quemamos nuestra vida en inutilidades, no en auxiliar o en ser agentes fundamentales del cambio social, tampoco en repensar la manera de estimular otros horizontes más armónicos o en ver el modo de crecer como seres pensantes, dispuestos a cohabitar, ya no solo estableciendo prioridades que nos pacifiquen, también instaurando alianzas que nos encaminen a una vida plena, donde la justicia y la libertad aniden en todos los lenguajes del alma.

Las ruedas del poder nos trituran

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Una de las mayores amenazas de esta época que vivimos es la falta de horizontes, el cúmulo de sensaciones desesperantes que a diario nos tejemos unos contra otros y la ausencia de diálogo verdadero. Ciertamente, una sociedad que vive de las apariencias, sin sentimiento alguno, difícilmente va a salir de este vacío que nos desmorona. No hay manera de avanzar humanamente, sino establecemos otros lenguajes, más del corazón a corazón, que del cuerpo a cuerpo. De ahí, que los referentes políticos han de ejemplarizar sus acciones.

Purificar el pasado

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A veces nos desvela el mañana, y apenas hacemos nada por vivir el presente, o por aprender del pasado. Quizás deberíamos hacer memoria, al menos para entusiasmarnos y rescatar sabiduría, pues son las vivencias las que nos hacen recobrar los referentes y las referencias. En efecto, no se puede caminar sin reconocerse cada día, con los gozos y las cruces, haciendo historia tanto de los buenos momentos como de aquellos más difíciles, con los que hemos crecido interiormente.

Frente a la casta de los aduladores

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Hoy más que nunca se necesitan personas con tesón, nada aduladoras, dispuestas a sucumbir a la incertidumbre que nos atiza, con coraje, valentía y compasión. En consecuencia, es hora de acrecentar el compromiso con la justicia social y la cultura solidaria. Sólo así se puede reforzar el crecimiento mundial y desarrollar economías inclusivas.

Todos a la obra para organizar el mundo

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Hasta ahora no hemos sabido organizar el mundo para toda la especie humana. A lo sumo, lo hemos creado al antojo de los poderosos y lo hemos izado por doquier de frondosas fronteras, a fin de hacer espacios para una determinada cultura, no para la universalidad de todas ellas. Con la globalización, ya no tiene sentido este sistema organizativo. Se ha vuelto arcaico. Desde aquí, por tanto, hago un llamamiento para que todos nos pongamos manos a la obra para conseguir el bienestar de todo el linaje.

La ausencia de una cultura humanizadora

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Hasta ahora somos una sociedad que habla mucho y hacemos poco. La solidaridad no logra instaurarse en el mundo para asegurar a todos, ya no sólo el pan de cada día, sino también servicios tan básicos y esenciales como el derecho a un trabajo decente, a una vivienda, a los servicios sanitarios, o a la misma educación. A mi juicio, son los Estados, con sus gobernantes al frente, los que tienen que tomar las medidas necesarias para proporcionar a las familias todos estos derechos esenciales, que ahí están, pero que no los ponemos en práctica.

Reconducirnos como agentes motivadores

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Tenemos que decir ¡no! a esta mentalidad tan mediocre, sumisa al poder y a las riquezas. Necesitamos tomar un nuevo rumbo y orientarnos hacia una perspectiva más humana, donde impere la ética sobre todo lo demás. De entrada, hemos de concienciarnos que la más importante medida de éxito es la supervivencia de toda la población, lo que nos exige otro raciocinio que nos lleve a una transformación de respeto y bienestar del conjunto ciudadano.

La inclusión

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La humanidad cada día necesita más solidarizarse con los valores de justicia y paz. La inclusión relacional es tan prioritaria en un mundo tan diverso como el aire que respiramos. Con urgencia, deberíamos reeducarnos hacia otras actitudes, buscando la cooperación entre todas las culturas. No es de recibo que sigamos excluyéndonos; de ahí, la necesidad de activar en todos los países políticas sociales como efecto dinamizador. Por otra parte, hay que promover la existencia de igualdad en lo que concierne a la oferta educativa. Todos tenemos que poseer igualdad de oportunidades.

Rehacer la humanidad

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Con la multitud de crueldades sembradas por doquier rincón del mundo, es preciso activar la reconstrucción de existencias desde la esperanza a un proceder digno, el que todos nos merecemos por el hecho de ser personas. No podemos continuar con esta deshumanización, máxime en un momento en que, según cifras de agencias de la ONU, 1 de cada 113 personas es desplazada o refugiada y cada minuto 24 personas lo dejan todo para huir de la guerra, la persecución o el terror. Si importante es trabajar unidos, a mi juicio es vital rehacernos como seres caritativos.

Tenemos que movilizarnos con el alma

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No hay mejor manera de acrecentar los pilares de la vida que con la unidad de todos. En efecto, la unión es una condición indispensable para la fecundidad de toda existencia humana. Si los océanos, que conforman los dos tercios de la superficie terrestre, son los que generan la mayor parte del oxígeno que respiramos, los moradores del planeta han de ser también más cooperadores y colaboradores entre sí. Por desgracia, son muchos los pueblos divididos, con heridas profundas, que aún no han cicatrizado. A lo mejor hay que seguir echando lágrimas para satisfacer el dolor con el llanto.

Conectar y cohesionar para custodiar

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En un mundo globalizado como el actual, hay que transformar muchas cosas. Tal vez necesitemos inspirarnos con la palabra, establecer vínculos de unión a través de ella, ya sea fomentando el deporte, cultivando el arte o la ciencia, propiciando encuentros con la misma naturaleza de la que todos formamos parte. De aquí surge esa estética del intelecto, ese diálogo preciso para conectar y cohesionar ideas y sentimientos, lo que nos permite ser personas de acción permanente, siempre que uno sea dueño de sí mismo y se posea como tal.

Seamos más corazón que cuerpo

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Tratemos de mirar con el corazón y de ver más con el alma. Multitud de niños mueren cada día privados de necesidades básicas. Otro pelotón de chavales son verdaderamente infelices, y eso, en un mundo que presume de avanzado. Los ataques cobardes contra gente suelen tener como objetivo premeditado a jóvenes inocentes. Toda esta atmósfera de crueldades, nos exige que tenemos que amarnos mucho más unos a otros.

Trabajar por la justicia es abrazar la verdad

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El entorno no puede ser más desolador. La circunstancia de que muchos hechos delictivos, contrarios a la propia naturaleza humana, queden impunes, es un síntoma preocupante del grave deterioro moral que padecemos. En ocasiones, la opresión de los buenos ciudadanos es tan cruel, y el nivel de violencia contra los que reclaman verdad y justicia es tan horrendo, que nos quedamos sin palabras. Sea como fuere, no podemos permanecer bajo la indiferencia, hemos de ser solidarios, actuando en común con valentía, sobre todo en entornos peligrosos.

La vida como diversidad de timbres y tonos

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A poco que nos adentremos en la vida, observaremos que toda ella rebosa variedad, y esto es lo que verdaderamente nos entusiasma; el conocer, el explorar otros horizontes. Únicamente, la muerte es quien nos injerta uniformidad. De ahí, lo importante de superar divisiones, de comprender y de dejarnos entender por toda existencia. Globalizado el mundo, sabemos que las tres cuartas partes de los conflictos tienen una dimensión cultural. Está visto que todos tenemos algo que aportar. La exclusión no es de recibo. No me cansaré de vociferarlo, nadie sobra, todos somos necesarios y precisos.

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