10 cosas que los cocineros no soportan de los clientes


Basta de quejas en los restaurantes: que si me han cobrado el pan, que si el filete está muy hecho, que si el maitre es un desagradable... es hora de hacer autocrítica, de mirar la otra cara de la moneda: nosotros, a veces, también somos irritantes.

Los foodies (disfrutones, perdón) estamos muy creciditos últimamente. De un par de años para acá y un poco por culpa de que hoy cada gastrónomo es un medio (o eso dicen los gurús) y cada disfrutón un peligroso crítico gastronómico armado con su libretita, su blog y su iPhone con Instagram hasta las trancas de fotos de platos (y gatitos) con filtro Amaro.

Que somos (nos creemos, vaya) importantes, vaya. Que porque soltamos cuatro bobadas en Twitter vamos por la vida de herederos de José Carlos Capel o Don Carlos Maribona. Y “eso no es así”. Esto -exactamente esto- me comentaba una buena amiga cocinera tras despachar al último cliente a las seis de la tarde, cocido tras tres gin-tonics y un par de broncas telefónicas con la parienta. “Estáis insoportables” me soltó. Sin paños calientes. Y yo, que me debo a la causa (la de comer bien, la única que me interesa) rubriqué aquel “Estáis insoportables” en mi Moleskine y puestos a tirar del hilo hablé con dos profesionales más (otro cocinero y un jefe sala, dos en Madrid y uno en Valencia) de este sector tan dado a la épica fácil y los dramones a media tarde. Ustedes me perdonarán no publicar su nombre, pero sí las respuestas a la pregunta: ¿Qué cosas no soportais de los clientes?

1) Que reserven, no aparezcan y ni siquiera llamen. La queja número uno a años luz del resto. El grado máximo de tocapelotismo al que puede llegar un cliente: dejar plantado al cocinero. En el altar de las dos de la tarde (con el restaurante lleno) así de bien sienta en cocina el portazo: René Redzepi y su equipo lo explican mejor.

2) El puto -sic- móvil. Lo del móvil ha alcanzado dimensiones inexplicables. Y es que hay momentos en los que la sala parece una sinfonía de Marimbas, menciones de Twitter y grupos de WhatsApp tronando sin piedad. Pero lo más triste no es eso: lo más triste es ver como una cena para dos termina siendo la historia de dos fulanos pegados a su smartphone. Sin ni siquiera mirarse a la cara.

3) Hablar para tu mesa y para las mesas de al lado. El nivel de decibelios que puede llegar a alcanzar una mesa de amigotes (subrayando el carácter masculino, yo aquí tengo mis dudas) tras cuatro copas es equiparable al que saldría de una habitación de hotel con Nicolas Cage, Belén Esteban, Torrente y cuatro gramos de farlopa. No hay punto que me avergüence más que éste.

4) Perfume a discreción. O esas chonis (y no tan chonis) que apestan la sala con su perfume impidiendo cualquier mínimo atisbo de disfrute ante los aromas que se plantan en su mesa y en las mesas colindantes. Y un apunte: perfume barato casi siempre se traduce en mesa gritona (punto 3). Así somos de predecibles, amigos.

5) Los impacientes. (Maleducados, añado yo) O ese cliente que empieza a comer a mitad de explicación del plato, ese al que se la pela lo que sea que tengas que decir y cuyo único objetivo es engullir la manduca. Si lo que quieres es un bocata, ve a un bar de bocatas.

6) Propinas. El tema tabú. O dejas propina o no dejas propina, tan fácil como eso. “Lo que no soportamos es al comensal que deja 20 céntimos y deja bien claro eso de que ¡Ya cobran bastante con estos precios!”. El cargo de conciencia se repara en misa de doce -o donde sea que lo hagas- pero no en el restaurante.

7) Los gourmets (los listillos) con la razón en la boca. El “experto” en vino que ha hecho un par de cursos de cata, el cliente “entendido” que tras escuchar el consejo del sumiller le niega la mayor, el gastrónomo estirado que cocina mejor que Quique Dacosta y corrige cada plato (“Le falta un punto de cocción, y quizás con un fumet de bogavante por aquí...”) como si le fuera la vida en ello. El que te perdona la vida por hacer tu trabajo.

8) Las vendettas digitales. Todos tenemos un mal día, me dice Susana (nombre ficticio), días en los que sabemos que el servicio es pésimo; porque hemos dormido mal, porque ayer firmamos los papeles del divorcio o porque nos han crujido con la 303. Así que pocas duelen tanto como llegar a casa y ver que ese horrible día se ve coronado con una crítica demoledora en Tripadvisor (quien dice Tripadvisor dice 11870, Verema, Google+ Local o la red social que se tercie). Especialmente si era la primera vez que pisaba el restaurante.

9) Los Reyes del Mambo. El empresario rotundo con Rolex, clase E y querida con piso en Chamberí. El típico que se recuesta en el sillón y deja clarito desde el primer minuto que está muy por encima de ti. Ese que piensa -que tiene muy claro, además- que con su dinero puede pagarlo todo. Hasta tu dignidad.

10) Los que se cascan una cena de cien pavos con una Coca-Cola. Que no hacen daño alguno, vale, pero habría que guillotinarlos a ellos primero y a su mal gusto después.

Fuente: Traveler

EA

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