La hallaca venezolana, por Ramón David León

La hallaca es, indiscutiblemente y por excelencia, nuestro gran plato nacional. Sus orígenes coloniales deben remontarse, en mayor o menor grado de parentesco, a la polenta y al pastel. Como ambos, es una combinación culinaria complicada, heterogénea en los componentes. Más que confección alimenticia, es un lazo espiritual.

Vincula íntimamente a los venezolanos más que cualquier otra tradición nativa. Tiene cierto parecido con el tamal mexicano, pero le gana en superioridad, en gusto y en potencia nutritiva. En todas las regiones del país se le prepara más o menos de idéntica forma, ya que las variantes en el relleno son escasas. La fuerza explosiva es igual.

En Navidad, Año Nuevo o Reyes, casa venezolana donde no se caten las hallacas es casa venida a menos, más moralmente que materialmente. Compatriota que no sea adicto a ellas puede ser considerado prófugo de la nacionalidad. La hallaca es, entre nosotros, un símbolo de unificación. Cuando por cualquier circunstancia, estando en el exterior, se piensa en la patria, la hallaca es lo primero que se viene a la mente. Se la ha utilizado como reto político. La enfática frase “las hallacas nos las comeremos en Caracas en el próximo diciembre” tiene curso histórico en Venezuela desde los azarosos días de la Guerra de Independencia. La usaban por turno patriotas y realistas, según cuál de los bandos estuviese afuera. Sabatinamente, por lo regular, hace presencia en todas las mesas criollas.

La hallaca es, sin duda, el plato genuino nacional, nuestro plato típico. Por eso mismo, por su singular significación en la vida colectiva, por su intrínseco prestigio tradicional, lo lógico sería imprimirle a su prestancia unificadora el poder expansivo de convivencia nacionalista que debería poseer. Se trata tan solo de que en vez de ser gustada por una mayoría en el recinto criollo y suspirada por otros lejos de la patria, para sosiego y prosperidad de esta, la saboreáramos todos los venezolanos en torno a la mesa común de un cordial entendimiento.

Fuente: Cocina y Vino

LR

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