Riesgo de golpe en Venezuela: hora de decir no


Imagen de Sérgio Fausto

No hay duda de que el estado de salud de Chávez se agravó. Él mismo admitió el hecho, al implorar públicamente a Jesús que no se lo llevase todavía. El dramático llamado fué al inicio de abril, en una misa televisada para todo el país. La hipótesis de que no cuente con las condiciones físicas necesarias para disputar las elecciones de octubre dejó de ser posible para volverse probable. Así, se dibujó en el horizonte el espectro de la alternancia de poder, el mayor temor del chavismo. De hecho, si las encuestas sirven de guía a estas alturas, seis meses antes del encuentro, cualquier candidato del gobierno, excepto el propio Chávez, sería derrotado por Henrique Capriles, el candidato único de la oposición.

Para un movimiento político que se apoderó del Estado, lo agigantó y transformó en un instrumento para el ejercicio arbitrario del poder, solo que bajo la facahada de un régimen constitucional y democrático, esa es una perspectiva aterrorizante. Para algunos inaceptable.

Ya en noviembre de 2010, el general Henry Rangel, jefe del órgano de la cúpula de las Fuerzas Armadas, dijo con todas las letras, en entrevista de prensa, que en caso de victoria de la oposición, el pueblo y los militares se rebelarían. Chávez no sólo no lo condenó, si no que lo promovió a un nivel todavía más alto en el generalato. En enero de 2012, lo nombró ministro de defensa. Semans atrás, el generla Henry Rangel volvió a declarar inaceptable la vistoria de la oposición. Chávez afirmó que aceptaría sí, pero no repredió al subordinado. Al mismo tiempo, el presidente venezolano propaga la idea de que la oposición, con ayuda de los Estados Unidos, planea promover la convulsión social para justificar un golpe de estado. Como parte de ese escenario político, formó un comité civil-militar con el supuesto objetivo de veitar la subversión opositora. Y ordenó al servicio de inteligencia que vigilase a gobernadores y prefectos de la oposición, así como a los comandantes de sus respectivas fuerzas policiales, para prevenir que llevasen a cabo el tal plan de desestabilización política.

Todos esos son hechos ampliamente difundos por la prensa. A ello se unen indicios igualmente preocupantes. En un artículo reciente, el periodista venezolano Nelson Bocaranda afirma que hubo en La Habana una reunión entre oficiles de la alta cúpula de las Fuerzas Armadas de Venezuela y dirigentes del régimen cubano, entre ellos el propio Raúl Castro. Los participantes de la reunión habrían discutido la hipótesis de emplear las Unidades de Protección al presidente, fuerzas especiales directamente ligadas a Chávez, entrenadas y/o formadas por cubanos, para realizar actos de provocación que serían atribuidos a la oposición y justificarían una intervención militar para la mantención del régimen chavista. Cuesta poco recordar que Cuba depende vitalmente de la ayudsa económica de Venezuela y que los cubanos conocen exactamente el real estado de salud de Chávez. O sea, están interesados en la mantención del régimen y saben que éste está en peligro.

Si no podemos afirmar con certeza la veracidad de lo que escribe Bocaranda, por otro lado no cabe duda de que algún tipo de intervención militar en los próximos meses es una hipótesis real en Venezuela. Y si esto llegara a ocurrir, sería a manos del chavismo, con o sin su líder al mando del proceso, por la simple razón de que hoy la oposición, lo mismo que sus sectores menos democráticos, ahora minoritarios, no disponen de apoyo en las Fuerzas Armadas, ni del auxilio de las “milicias populares”. Las armas están con Chávez y los suyos.

Difícil imaginar que una intervención armada diere lugar a un gobierno, por no decir régimen, capaz de perdurar en el tiempo. Probablemente el poder emergente tendría una corta vida, pero seguro que lanzaría a Venezuela a una escalada de inestabilidad y violencia que haría empalidecer, por duración e intensidad, al recuerdo del caos provocado por el “Caracazo”, en 1989. En aquella ocasión, la capital del país quedó patas arriba en medio de la revuelta popular contra la política económica de Carlos Andrés Perez, al final duramente reprimida por la policía y el ejército, dejando muertos y heridos. Esta vez, se enfrentarían dos bloques sociales y políticos completamente antagonizados, fracturando la sociedad y las fuerzas armadas, en un país donde la violencia y la diseminación de armamentos ya alcanzaron niveles alarmantes.

Venezuela tiene 30 millones de habitantes, es un gran exportador de petróleo, tiene una de las mayores reservas probadas de ese combustible fósil en el mundo y es la cuarta mayor economía de América del Sur. Los que pase en ese país tendrá repercusiones en la región. En el gobierno de Dilma, Brasil ha mantenido una actitud de mayor alejamiento en relación a Chávez y lo que él representa, apesar de la proximidad de su asesor especial para asuntos internacionales, Marco Aurelio García, con el gobierno venezolano (son próximas también las relaciones de José Dirceu con personajes del régimen chavista).

Llegó la hora de que Brasil envíe un recado claro a Chávez y a los suyos: el gobierno brasileño no se quedará quieto y pasivo si hubiese, bajo cualquier justificación, un intento de golpe o autogolpe para evitar el transcurso normal del proceso electoral, ya de sí muy comprometido por las arbitrariedades del régimen chavista.

La presidente Dilma sabrá evaluar el modo y los medios para enviar ese recado. Podrá tomar la inciativa en solitario o articularla con otros jefes de estado sudamericanos, en especial con el hábil y capaz presidente Juan Manuel Santos de Colombia, país vecino e importante socio comercial de Venezuela. Puede incluso valerse de los buenos oficios de sus colaboradores y compañeros de partido que gozan de la intimidad del actual gobierno venezolano.

Pero no puede ignorarse la hora grave que vive Venezuela.

Sérgio Fausto es politólogo y se desempeña como director ejecutivo del Instituto Fernando Henrique Cardoso. Es codirector del proyecto Plataforma Democrática y de la Colección El Estado de la Democracia en América Latina. Es miembro del Grupo de Análisis de la Coyuntura Internacional (Gacint) de la Universidade de São Paulo y articulista del diario O Estado de S.Paulo. Fue asesor del Ministerio de Hacienda y del Ministerio de Planificación entre 1995 y 2002, e investigador del Centro Brasileiro de Análisis y Planificación (CEBRAP).

Fuente: http://www.infolatam.com/2012/04/27/riesgo-de-golpe-en-venezuela-hora-de...

Compartir



 
 
 
 
 
 
 
 

Comentarios