Las mujeres de Chávez


Los movimientos femeninos luchan desde hace décadas en el mundo entero -Venezuela no ha sido la excepción- para que más mujeres sean incorporadas en los cargos públicos y privados que implican toma de decisiones Y para que siempre haya más mujeres en los órganos de representación popular y en la dirección de los partidos políticos.

Nunca antes hubo en Venezuela un presidente que mostrara mayor inclinación a colocar a mujeres en los puestos más importantes de la vida pública. Hugo Chávez, quien se ha caracterizado por privilegiar la presencia de militares en casi todas las áreas de la administración pública (salvo en el Ministerio de la Cultura donde ha designado a un veterinario) ha decidido sin embargo que sean mujeres las que lleven las riendas de las instituciones que en cualquier otro país serían pilares de la democracia constitucional.

El Tribunal Supremo de Justicia es presidido por una magistrada cuya trayectoria y antecedentes no es el caso comentar ahora. La Asamblea Nacional tiene al frente desde hace años a una aguerrida diputada que se siente Doña Bárbara. Las inmensas responsabilidades del Consejo Nacional Electoral en un régimen que convoca cuando mínimo una elección cada año, no podía asumirlas sino una hija de Eva. La Fiscala Generala de la República -no parece necesario aclararlo- es del sexo femenino y la Defensora del Pueblo otro tanto. El único que impide la rendición total de Hugo Chávez ante el dios Himeneo, es un sujeto que lleva por nombre Clodosvaldo Russian (Rufián lo ha apodado la rabia popular) encargado de algo tan anodino como es controlar los gastos del gobierno, es decir de Chávez. Lo que equivale a vacaciones pagadas desde hace diez años sin otro término que el que decida el capo-ral del país.

¿Se habrá paseado alguna de esas damas que antes de declarar a los medios cuidan estar correctamente maquilladas, mejor peinadas y hasta bien vestidas, en razón de qué y por qué ocupan esos cargos? Después de tanto esfuerzo por escapar del feísmo que parece ser ley en las altas esferas revolucionarias ¿se preguntarán alguna vez cómo es que un teniente coronel machista -como se supone que deben ser los tenientes coroneles de por estas calles- ha descargado responsabilidades tan agobiantes en diez delicados hombros femeninos? Lo más probable es que esas señoras crean que Chávez las distingue por sus talentos personales, por sus méritos profesionales, por su lealtad partidista, por su claridad ideológica. En medio del engolosinamiento que provoca el poder (ó como en sus casos, estar al servicio del poder) quizá nunca hayan ni sospechado que son utilizadas precisamente por ser mujeres.

Quizá el propósito haya sido mostrar que si los hombres pueden ser sumisos, cínicos, indignos, indecentes y rastreros, las mujeres también pueden serlo y hasta mucho más si tomamos en cuenta la pasión que caracteriza a nuestro género. Pero el único propósito no puede ser ese de desacreditar a las mujeres, el más importante es colocarlas como carne de cañón el día que esta acumulación de miserias humanas, canalladas, atropellos cobardes, abusos, crímenes, burlas al pueblo, robos descarados y humillaciones colectivas llamada revolución socialista del siglo XXI (jamás la llamaré bolivariana) tenga que rendir cuentas. Pobrecitas ellas si tienen hijos, padres o hermanos, entenderán así lo que hoy padecen los hijos, esposas, padres y hermanos de los venezolanos a los que ellas han condenado a vivir en la exclusión, la persecución y la desgracia.

¿Podía ser otra sino una de esa clase de mujeres la que condenara a 30 años de prisión -la pena máxima reservada para los más irredimibles y sanguinarios criminales- a los comisarios Iván Simonovis, Lázaro Forero y Henry Vivas, y con penas de entre 17 y 30 años a seis policías metropolitanos acusados todos de cometer los homicidios del 11 de abril de 2002? El país entero vio por televisión quienes disparaban contra la marcha opositora de ese día, decenas de testigos declararon que la Policía Metropolitana los protegió de los chavistas que disparaban desde Puente Llaguno. Pero era necesaria una jueza desalmada, de obediencia perruna, sin el más mínimo sentido de lo que es piedad y mucho menos vergüenza, quien se ocupara de ese trabajo sucio ordenado por el capo-ral para ser perpetrado un viernes de Concilio, cuando se inicia el asueto de la Semana Santa. Maryori Calderón es su nombre, jamás lo olvidemos. Ni las mujeres que nos sentimos avergonzadas por el descrédito y la indignidad que ella y las antes nombradas han arrojado sobre nuestro género y por la manera como han embasurado las luchas femeninas. Ni el pueblo venezolano que pasará facturas a los rufianes que hoy nos gobiernan.

VENEZUELA ANALITICA.COM
PAULINA GAMUS
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