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José Luis Zambrano Padauy

Un plato inmolado en Navidad

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No imagino una realidad más cruel, detestable y patética que un plato navideño deshabitado de lo tradicional y lo congruente con las fechas. Pero tristemente, no quedan ni siquiera filamentos en la memoria de los años de suculentos manjares, sobre una mesa atiborrada de antojos de la cocina venezolana.

Este año va mucho más lejos, que sustraerle algún exceso a los brindis o que se haga en falta algún insumo cotidiano. Simplemente, no existe un bolsillo familiar que sostenga esta rutina festiva, con un presupuesto pulverizado para la época decembrina.

¿Dónde escondieron mi país entrañable?

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Se perdió mi país. Lo busqué debajo de la almohada, entre los sueños entrañables y los recuerdos nostálgicos. Pero sólo había despojos de una reminiscencia. Un suspiro extraviado en una lágrima. Un luto agrio por la pérdida.

Hallé un pedazo de él, agónico en un libro de historia, sucumbiendo por el abandono; derruido, trastornado y comprimido entre las páginas revueltas y marchitas de los malos tiempos. Le habían borrado sus hitos y privilegios. Le habían mancillado sus proezas del pasado. Estaban embalsamadas sus buenas virtudes y desparramadas sus bonanzas.

Sin armas contra el hambre

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Leí otra noticia detestable de la muerte de un niño por desnutrición. Me comprimió una sensación simultánea de culpabilidad, perdiendo el apetito al no compartir de mi mesa lo que muchos de nuestros pequeños carecen y a la vez, no utilizar con la suficiente astucia y perspicacia, los reclamos oportunos a un gobierno que se sienta a diario a disfrutar de sus suntuosos banquetes.

¡No estoy exagerando!

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Nuestra amada Venezuela se pierde en una enrarecida construcción gramatical, en la que impera el nuevo complemento circunstancial de tristeza. Es un ahogo presupuestario sin paréntesis y sin acotaciones delirantes, que ya no cuenta con el relleno de la inagotable controversia para cautivar a través del discurso político, ya agotador, vacío e inconvincente en los medios.

Una perturbadora ley que odia la libertad

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Será una suerte de silenciador o un trabalenguas desdeñable. No existirá ni un ápice de piedad para señalar al que se considere más taimado, con más dotes de líder; también para terminar de amordazar a los medios o sacar del rumbo a la fracción más popular. Una ley contra el odio, impulsada con odio para acallar a quien critique el odio sembrado por el régimen.

La cacería de los adversarios

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No podemos engañarnos. Acaba de comenzar la temporada de cacería política. Y como toda acción metida como calzador, fue notificada a voz en cuello y con la parafernalia aburrida de una declaración controvertida, como tantas de estos funcionarios desventurados, que sólo esgrimen su cansona reyerta y el tratar de aparentar el tener la razón en sus argumentos para los excesos.

En política no hay callejones sin salida

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Una pregunta reiterante y sin tregua con la cual me atosigan los más pesimistas de mi entorno es, ¿cuándo finaliza el régimen? ¿Cuándo sus retorcidos argumentos para envilecer a una nación tenderán a enflaquecer? Acaso no existe un deseo imperativo nacional por restablecer los buenos modos a una ciudadanía que está a punto de la histeria colectiva. Será tal vez que el valor, el aplomo para lo encomiable y la sensatez para la precisión de las acciones, permanece sólo como un bosquejo antiguo en los libros de nuestra historia libertaria.

¿Y ahora qué?

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Esta ha sido la batalla de los mil pleitos, contra el imperio del infortunio. Lluvias eternas de amenazas, contradicciones electorales y argumentos indecorosos siempre se sirvieron en un plato agrio de asombros trasnochados, que por lo general lograba avasallar nuestra memoria reciente y hasta llegó, en un momento, a consumir el aliento de esta esperanza de libertad que no nos cabe en el pecho.

El voto irremediable

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De niño soñaba con unas ansias perturbadoras, el entintarme el dedo, para poder respirar ese aire indescriptible y glorioso de ser ciudadano ejemplar. Ese sería el paso reconfortante entre la infancia y la adultez. El poder depositar en un buzón, mi parecer sobre quién podría ser el más pertinente para dirigir destinos nacionales. Lo consideraba un logro tan prodigioso y severo, que dejar de lado la oportunidad era como no comer en las horas precisas o no saber leer ante tantos acontecimientos desmesurados en los periódicos.

¡Oh, salve, dictador!

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El acto de entendimiento se realizó hace tiempo, lleno de los escombros del pasado. No se requiere el saldar viejas cuentas ni efectos asombrosos de hechicero para crear el escenario perfecto y lograr el convencimiento. A pesar que lo reconozca ahora a voz en cuello y con los estragos evidentes de una sociedad molida a palos por las decisiones trastornadas, ya todos están más que esclarecidos de que estamos inmersos en una irremediable dictadura.

De qué tamaño es la cerca de las barras y las estrellas

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Muchos se preguntarán con irresistible ironía, si de algo servirán estas nuevas sanciones norteamericanas, sino ha podido observarse con ojos propios algún requiebre ante las anteriores.
Las dictaduras que tratan de ser democracia, ataviándose con delirio de las trampas repetidas de una supuesta lucha por un pueblo al que deterioran, no tienen la buena virtud de ser inmunes y mucho menos logran al final del camino, el poder evadir los buenos oficios de los argumentos.

Los viajes del segundo gran musiú

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El periplo es cuidadosamente bien estudiado, así como el evitar emitir declaraciones dispersas. Las evasivas de antaño se dejaron de lado y ahora hay una misión determinante e ineludible, de cuyo resultado no sólo depende la libertad de una nación secuestrada por un sistema abominable, sino ya parte de la comprensión oportuna del peligro hemisférico si no se detiene de una vez, esta juerga política de malhechores y las atrocidades a la moral ocurridas en Venezuela.

La desgarradora llamada negada

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El teléfono repica con un eco perturbador. La insistente llamada sólo recibía un rechazo tan inconmovible y tan drástico, que sólo servía para avivar la insistencia. “Hasta que se restablezca la democracia”, alude su negativa a contestar el portavoz de la Casa Blanca, mientras al mandatario venezolano se le distorsionaba el rostro, pues no podía escurrírsele la oportunidad de aclarar entuertos o propiciar algún tipo de salvoconducto.

Crónica de abusos, entuertos y fantasías

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Se ha perdido en mi memoria el último domingo apacible. Ya parece rutinario que el país se caiga a pedazo, se destituya a quien le dé la gana al régimen y se contabilice otro muerto a la larga lista de la resistencia.
Esta vez resultó ser el fin de semana más enrevesado de los últimos tiempos. En la víspera de esa insondable, sorpresiva, confusas y supuesta insurrección militar en Paramacay, que hizo pasto fácil de la expectación nacional, se instaló el sábado el nuevo centro de abusos y decisiones dictatoriales, llamado ahora Asamblea Nacional Constituyente.

El valor de agregarle un cero al reloj

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Las abrumadoras murallas improvisadas han sido un severo impacto del cual no saben cómo recobrarse. Se ven consternados, con las mejillas fruncidas y gruñendo palabrotas torpes y acaloradas. Los insultos son desproporcionados hacia los motivadores de estas terribles trincheras, para apagar la normalidad y darle vida a la consternación nacional.

Todas las pruebas matemáticas dan 350

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Hoy la palabra cautela se halla debajo de la alfombra. Se ha perdido el miedo y el sopor, quizá en el mismo tapete donde se había escondido clandestinamente, la llave para abrir la puerta del cambio, pero que ahora la exasperación popular prefiere abrirla a su manera y con un valor inaudito e histórico.
Pese a ello, la agenda diaria de la MUD es esperada con gran disposición por los ciudadanos, quienes con un entusiasmo desparramado y enérgico, la siguen casi al dedillo, agregándole mayores elementos para hacer contundentes las acciones.

Corre, fiscal, corre

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Cada vez que se cuenta un fallecido más, manchando la calle con la sangre valerosa de su atrevimiento, el cielo se torna gris y los ánimos se retuercen de pavor. No sé si es casualidad o problemas de mi visión, pero todo se vuelve plomizo. Tal vez el clima es cómplice de la desazón. Pero los jóvenes están dando la cara, con sus consignas enfebrecidas y su bravura que no ve escamoteos, sólo un camino profundo de posibilidades.

El rumor de la caída

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Mientras el tiempo transcurre con sus campanadas de presagios, los muertos que tapizan la lucha siguen llenándonos de impresiones desagradables y de un dolor descorazonado. Principalmente porque son jóvenes esperanzados, revestido de la valentía de no temerle a nada y hallan la mala hora en el accionar inhumano de los guardias nacionales.

Más de 60 muertos y una canción desesperada

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Cada día nuestro país se parece más a un poema desdichado hecho con borrones, mostrando la cara triste del abuso del tirano. Ya se ha hecho común contabilizar los muertos como flechas desabridas de una inminente dictadura. Son quemados en el asador del la injusticia. Vilipendiados con el abuso extremo e imprudente de quienes tienen las armas. Amedrentados de mal grado, mientras vociferan su indignación ante el atropello, sufriendo la calamidad con sus pormenores de desventura y el hambre a voz en cuello, por una nevera caótica y desamparada de insumos.

El efecto dominó de los rojos

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La cuerda floja carece de trapecios acojinados y de un público encantador que le dé fuelle al acto de mantenerse en equilibrio. La tentativa por emprender la huida y poner los pies en polvorosa resulta tan grande, que asumen de forma apresurada las últimas alternativas que les resta para no perder el poder, aunque sus estratagemas tengan ribetes de descaro e incoherencia.

A mí no me juzga un militar

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Venezuela cuenta con una colección fatídica de muertos desventurados que sobrepasa lo temible. Existe una sed insaciable de desangrar el temple de los ciudadanos decididos, hambrientos de justicia. El militar ahora defiende al empecinado, al saqueador riguroso que con violencia evitará a toda costa, que le arrebaten el botín de un territorio sembrado de desgracias.

Esos guardias no son venezolanos

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La libertad no es un sueño improbable. La primavera deviene siempre de un invierno duro e indiscreto. Me he repetido cientos de veces esas frases con tono esperanzador, frente a los desafueros de cascos y botines verde oliva, atronadores e inhumanos, que no cumplen con su deber elemental de defender al país, sino arremeten con un ahínco irreflexivo hacia sus propios conciudadanos.

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