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José Luis Zambrano Padauy

Corre, fiscal, corre

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Cada vez que se cuenta un fallecido más, manchando la calle con la sangre valerosa de su atrevimiento, el cielo se torna gris y los ánimos se retuercen de pavor. No sé si es casualidad o problemas de mi visión, pero todo se vuelve plomizo. Tal vez el clima es cómplice de la desazón. Pero los jóvenes están dando la cara, con sus consignas enfebrecidas y su bravura que no ve escamoteos, sólo un camino profundo de posibilidades.

El rumor de la caída

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Mientras el tiempo transcurre con sus campanadas de presagios, los muertos que tapizan la lucha siguen llenándonos de impresiones desagradables y de un dolor descorazonado. Principalmente porque son jóvenes esperanzados, revestido de la valentía de no temerle a nada y hallan la mala hora en el accionar inhumano de los guardias nacionales.

Más de 60 muertos y una canción desesperada

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Cada día nuestro país se parece más a un poema desdichado hecho con borrones, mostrando la cara triste del abuso del tirano. Ya se ha hecho común contabilizar los muertos como flechas desabridas de una inminente dictadura. Son quemados en el asador del la injusticia. Vilipendiados con el abuso extremo e imprudente de quienes tienen las armas. Amedrentados de mal grado, mientras vociferan su indignación ante el atropello, sufriendo la calamidad con sus pormenores de desventura y el hambre a voz en cuello, por una nevera caótica y desamparada de insumos.

El efecto dominó de los rojos

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La cuerda floja carece de trapecios acojinados y de un público encantador que le dé fuelle al acto de mantenerse en equilibrio. La tentativa por emprender la huida y poner los pies en polvorosa resulta tan grande, que asumen de forma apresurada las últimas alternativas que les resta para no perder el poder, aunque sus estratagemas tengan ribetes de descaro e incoherencia.

A mí no me juzga un militar

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Venezuela cuenta con una colección fatídica de muertos desventurados que sobrepasa lo temible. Existe una sed insaciable de desangrar el temple de los ciudadanos decididos, hambrientos de justicia. El militar ahora defiende al empecinado, al saqueador riguroso que con violencia evitará a toda costa, que le arrebaten el botín de un territorio sembrado de desgracias.

Esos guardias no son venezolanos

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La libertad no es un sueño improbable. La primavera deviene siempre de un invierno duro e indiscreto. Me he repetido cientos de veces esas frases con tono esperanzador, frente a los desafueros de cascos y botines verde oliva, atronadores e inhumanos, que no cumplen con su deber elemental de defender al país, sino arremeten con un ahínco irreflexivo hacia sus propios conciudadanos.

Los desvelos de un dictador

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Las estrategias se agotan y sólo se vacían entuertos. El suelo es movedizo, como gelatina de sabor agrio. Las gavetas yacen deshabitadas de ideas. Los pulmones se llenan de pánico. Un grito suena como un aullido en la memoria. Sólo ve sus manos manchadas en sus sueños repetidos. Las excusas no son atendidas por las mayorías. Quieren sacarlo, desatornillarlo con un ímpetu incorregible. No han servido todas las consejas lejanas, ni los bocadillos de distracción social o esos ritos de medianoche con polvillos mágicos.

La muralla de cristal

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Hay una meta mágica que se despereza de su letargo. Combate con lo inconcebible y sabe, con tono entero y preciso, hacerse escuchar en la calleja más sombría. Es todo un país que se despertó de su sueño de plomo, con sus kilómetros de latidos admirables y su orgullo ejemplar, para comenzar a andar la senda turbia y complicada por lograr la libertad merecida.

Los miedos por perder el trono

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Dicen que en Miraflores parecía correr el pavor como una estampida de ansiedades infranqueables. Que un gran contingente militar se atrincheró y luces antiaéreas iluminaron el firmamento, a la espera de sorpresas insolubles y que el vigor popular sobrepasara la cordura. Los gases lacrimógenos asfixiaban varios sectores de Caracas, mientras los estruendos de las detonaciones saturaron el ambiente como si fuesen juegos de artificio de las mejores épocas decembrinas.

El estallido de los gritos de libertad

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Hoy parece florecer un sueño compacto que sobrepasa la almohada. Tiene la diversidad del pensamiento ilustre y el respiro del coraje sin tapujos para romper cadenas; la oración en los labios y la acción entera por recobrar la rectitud empolvada en la conciencia.

Es la hora de empuñar la bandera tricolor y llevar la valentía en la solapa. Encarar a la fiera herida, con un aplomo infranqueable; un arrojo sólido como piedra antigua y sostenido con la fe recién inaugurada.

El pueblo se juega en la calle sus convicciones

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Venezuela sufre de un desvanecimiento repentino que ha durado casi dos décadas. Pero todo desafuero tiene sus límites. Lo deplorable de tanta contrariedad y abusos con la ley deformada en las manos de quienes la rigen, provocó que se desbocaran las emociones. Por ello, la gente decidida salió a la calle. Esta vez parece jugarse el pellejo de su propia supervivencia, cuyos riesgos son enormes para las vidas de tantos valientes, que ansían la paz nacional.

Se les perdió hasta el costurero

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Este es un país de remiendos. Más que eso, llegan a zurcir esquemas para retroceder cuando todo se les cae encima. Así como el granuja que falla su escaramuza y huye despavorido por los callejones sombríos.

Como siempre, se hayan desarmados de propuestas para la buena digestión de la multitud y de planteamientos idóneos para propiciar la producción de ideas e insumos. Sólo saben izar la componenda de la indignación.

No podemos reír de tristeza

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No sé qué barómetro puede calcular la felicidad. Desconozco si toman en cuenta el sentido común o sólo empalman sonrisas callejera, cuantificadas para comprender si nos rebosa la prosperidad y el bienestar. No imagino a un encuestador desdeñoso con su febril bolígrafo, tachando las miradas abismales o plasmando con ganchos certeros, las carcajadas imponentes en su instrumento de medición.

Un parampampán por el pan

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Las palabras de Dios fueron solemnes e infranqueables. El pecado era intolerable y entre sentencias firmes, dispuso una que Adán asumió con resquemor y culpa, ante la mordida compartida de esa molesta manzana: “Ganarás el pan con el sudor de tu frente”.

Tal vez ese dictamen poco le importa a este gobierno, que modifica sílaba por sílaba y sin vacilar el señalamiento del Génesis, para arrogarse uno más sencillo, socialista y antojoso: “Lo ganaremos con expropiaciones”.

Vivir en Venezuela es de valientes

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Hasta el sol parece cambiar de órbitas. Desde hace unos años las calles parecen grandes velatorios, donde el tiempo blandengue se retuerce, detenido en un retroceso obligado. Todo se fue a la quiebra. Los locales comerciales desfallecen, los insumos elevados y escasos, y sólo nos queda defendernos de una economía alocada en su desboque, con unas carteras polvorientas y vacías.

Vivir en Venezuela es de valientes

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Hasta el sol parece cambiar de órbitas. Desde hace unos años las calles parecen grandes velatorios, donde el tiempo blandengue se retuerce, detenido en un retroceso obligado. Todo se fue a la quiebra. Los locales comerciales desfallecen, los insumos elevados y escasos, y sólo nos queda defendernos de una economía alocada en su desboque, con unas carteras polvorientas y vacías.

Un desfigurado paladar internacional

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Mi madre ha sacado el empaque, como el científico que observa con detenimiento el experimento más cauteloso. Ha vaciado olímpicamente el contenido, cayendo los corpúsculos de polvo de la harina en el gran envase para amasar. Mientras se disponía a domar el polvillo mezclado con el agua, leía con detenimiento la lejana procedencia del insumo.

El esquí tiene su propio Carnaval

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En el instante en que subió al tope de la nívea colina para iniciar su participación, su corazón tamborileaba. Lo había logrado después de tantas complicaciones y sería el momento más importante de su vida. Era el primero en lanzarse de entre 156 esquiadores. Pero desde el mismo segundo en que comenzó su recorrido, todo estuvo mal.

El penoso silencio a CNN

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Ningún gobierno puede ufanarse de contar con cimientos democráticos, callando de tajo a los medios de comunicación. Cada vez que bloquean, silencian, tachan o revierten concesiones con su fragor de terror y su escándalo de víctimas acostumbrados, siempre nos deja una sensación de pesadilla y de consumir nuestra dosis de cucharadas de laberinto sin salida.

Cuando el hambre llega al consultorio

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Tenía una mirada dispersa y una palidez aciaga y mortuoria. Llegó al hospital arrastrando los pies, huyendo del delirio de sus propios quebrantos. A pesar de la rigurosidad con la cual llevaba el orden de las citas, el médico le hizo un gesto a la secretaria para que le hiciese pasar de inmediato, mientras los demás pacientes yacían petrificados, desconcertados por el asombro. El hombre llevaba el rostro distorsionado, cuya edad se confundía por la delgadez extrema y las fachas de pánico.

Nos quedamos con la fea

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Recuerdo en plena consternación y entre suspiros dispersos desde mi lecho de enfermo, cómo aquella noche Alicia con su cimbreante movimiento, su sonrisa amplia sin reservas y sus respuestas contundentes en esos interrogatorios perezosos y cursis, comunes en los concursos de belleza, logró aplacarme por un rato las dificultades de un tratamiento complejo, además de generarme la seguridad de estar frente a una nueva reina de belleza.

La mentada de Chávez

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Resulta recurrente y común reprimir en las dictaduras, precisamente lo que se está germinando en los ánimos de la población. Ahora en ese marco de caprichos inevitables de un gobierno que a diario nos entretiene con sus naufragios, ha prohibido el hablar mal del extinto presidente Hugo Chávez en las oficinas gubernamentales.

La cansona guerra ficticia del Tío Sam

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Volvió de nuevo la hipótesis descocida del ataque imperialista hacia nuestro territorio estragado de hambre. De nuevo los ejercicios militares desplumados, las declaraciones refractarias sobre el sempiterno interés yanqui en nuestra inservible economía y todo el espectáculo presidencial para pregonar respecto a nuestro poderoso sistema de defensa, para combatir las sorpresivas pretensiones norteñas, de apoderarse de un país sumido en la desgracia.

La máquina antigolpe de los miserables

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No se me viene a la cabeza otra palabra que hastío. El mambo desentonado de esta dictadura, que nos hace bailar con pasos atónitos, parece la barbaridad extrema del rufián. La última bocanada de aliento de quien yace desahuciado y falleciente. Es el argumento tenebroso para maquinar su prototipo de ingeniería a la inversa, pues en nada combaten con estas acciones su propio derrumbamiento, medido minuto a minuto, en el pantano movedizo en el que han convertido a Venezuela.

Un Darth Vader y una nueva esperanza como en Star Wars

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Hace tiempo, en una galaxia lejana, tal vez más distante de los auxilios internacionales que de las composturas esperanzadoras, los acontecimientos incorregibles se revolvían mayormente en las interestelares ficciones que en una realidad templada, comedida y lógica para la buena digestión nacional.

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