El supuesto magnicidio: Si de verdad lo mataron, ¿quién lo mató?


Imagen de Thaelman Urgelles

Si los herederos políticos del presidente Chávez insisten en la tesis de que a su líder le fue inoculada la mortal enfermedad, ¿por qué no abren una investigación inmediata del asunto? ¿Qué es eso de que en el futuro se investigará? Es ahora, con el cuerpo de la supuesta víctima recientemente fallecida cuando se podrían tomar las muestras de tejidos que pudieren dar cuenta de una supuesta intervención externa para producir el mal. Si no lo hacen, como parece ser la realidad, será la confesión de que se trata de otro ardid propagandístico, pura guerra psicológica, con los fines electorales de siempre.

La tesis de que el presidente Chávez fue víctima de un asesinato, mediante la inoculación del mal que a la postre acabó con su vida, está siendo mencionada con insistencia por varios de sus herederos políticos. Poca respuesta seria han merecido estas afirmaciones, quizás porque las mismas resisten poco análisis objetivo. Ningún conocimiento científico ha podido demostrar que una enfermedad como el cáncer puede ser transmitida o introducida al cuerpo de las personas por medios artificiales. Dichas hipótesis siempre han sido manejadas en la esfera del esoterismo, de los ritos paganos afrocaribeños como el Yoruba y el Vudú.

Por otra parte, ha sido práctica reiterada de los regímenes comunistas el andar denunciando presuntos atentados fallidos contra sus líderes, como una manera de arrojar basura sobre sus adversarios y sobre todo para generar una imagen de invencibilidad de esos hombres fuertes, quienes de tal modo son presentados como seres sobrenaturales, inmunes a todo ataque de sus enemigos. El récord de uso de estos ardides lo posee el mismo Fidel Castro, cuya leyenda narra la existencia de más de 500 atentados fallidos, cifra que le granjeó entre los inocentes cubanos el mito de ser un hombre indestructible, protegido por Ifá y su entera corte de deidades yorubas.

Nadie dudaría que algunas de esas intentonas magnicidas fuesen ciertas. Pero atribuirlas en un número tan extravagante al Estado más poderoso de nuestro tiempo no es más que un barato truco de feria. Si algún gobierno norteamericano de estas cinco décadas hubiese tenido la decisión firme de matar a Castro, no existe duda de que hubiese logrado. Lo cierto es que la práctica de denunciar frecuentes intentos de magnicidios fue otra de las artes que enseñó Castro a su aventajado discípulo venezolano. Pero su aplicación en Venezuela alcanzó muy escasa credibilidad, debido a una cierta condición escéptica del venezolano y en particular a la poca seriedad de los alegatos.

Ahora bien, si tuviesen algún atisbo de verdad las hipótesis de asesinato del presidente, habría que proceder a la manera de los investigadores criminales y en primer lugar formularse las típicas preguntas de los detectives policiales. En primer lugar, el llamado “móvil”: ¿quiénes tenían motivos para asesinar a la víctima y quienes serían los principales beneficiarios de su muerte?

En cuanto a los motivos, las señales conducirían a aquellos que odiaban al presidente, por haber sido afectados en sus acciones de gobierno, por ver entorpecidos sus planes por la presencia de la víctima al frente del Estado o por haber entrado en contradicciones irresolubles con él. Pero al pensar en los beneficiarios de la muerte, la lista de sospechosos se ampliaría notablemente, pues habría que añadir, al grupo de perjudicados ya citado, a personas o grupos de su entorno que ganarían mucho al asumir directamente el inmenso poder que poseía la víctima.

La segunda pregunta de los detectives de homicidios es “la oportunidad”: ¿quién o quiénes tuvieron el acceso apropiado a la víctima que les permitiese perpetrar su acción homicida, en este caso la inoculación de una enfermedad terminal?

En este particular, los sospechosos se reducen notablemente, porque el presidente Chávez era una personalidad pública con poderosos anillos de seguridad, integrados según se dice por funcionarios sofisticadamente entrenados y dignos de la mayor confianza de quienes los pusieron a la orden del jefe de Estado, nada menos que el gobierno cubano y específicamente el presidente Raúl Castro. Sus médicos siempre fueron de la estricta confianza de la revolución, tanto los venezolanos como los cubanos y de otras nacionalidades.

No hay noticias de que algún enemigo del presidente o de la revolución hubiese tenido con él un contacto cercano que hubiese permitido “inocularle” tan fatal enfermedad. A menos que se estén refiriendo a supercherías propias del cine de ficción, como la transmisión del cáncer a distancia, mediante rituales de santería vudú o yoruba, en los que se suelen sacrificar animales y hasta personas. Por cierto, una práctica poco tradicional en Venezuela, adonde ha sido traída precisamente por los miles de emisarios enviados por el gobierno cubano en los últimos 14 años. Son Cuba y Haití los principales centros de creencia y práctica de tales ritos.

La tercera pregunta de los detectives intenta cruzar las dos variables analizadas: ¿en cuáles sospechosos coincide “el móvil” (odio por perjuicios causados o beneficio por la muerte) con “la oportunidad”. Así, quienes no puedan ser encuadrados positivamente en ambas preguntas quedan descartados y la lista de sospechosos se reduce a quienes tengan algún motivo y además la oportunidad física de ejecutar el crimen.

No soy en absoluto creyente en la hipótesis del magnicidio contra el presidente Chávez, y así lo he afirmado en estos artículos especiales para El Diario de Caracas. Pero un ejercicio como éste, con los personajes y datos de la realidad, ciertamente arrojaría interesantes revelaciones. @TUrgelles

Fuente: http://www.diariodecaracas.com/politica/el-supuesto-magnicidio-si-verdad...

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