Fiestas silenciosas: con auriculares, cada uno elige la música que quiere escuchar

Algunos lo hacen sin consuelo, en trance, dejándose arrastrar por los oscuros pasillos de la locura. Otros se abrazan, arman un trencito. Al lado de uno de los djs, un chico de negro libera un grito informe, un balbuceo. Hay otro que se le suma, hay una mirada cómplice: se arma un coro de sonidos sofocados. Cantan lo mismo –cuando lo hacen la imperfección vocal queda al desnudo– pero no se escucha la música. Son las fiestas silenciosas. Ya están entre nosotros.

Surgidas en Nueva York a comienzos de los años 90, encontraron su cenit de la mano de la música electrónica. Se sabe: ese sonido trepidante y lisérgico –el electrónico– es ideal para los “viajes” solitarios, para perderse en las aguas de la percepción. Con la explosión de los festivales al aire libre, la modalidad cobró auge, se volvió masiva.

“Vimos que era un producto que faltaba, que podía adaptarse a la noche de acá. Y que tiene una enorme cantidad de potencial”, dice Andrés Schnayman, responsable de Silent Sounds, empresa que se encarga de organizar fiestas y eventos con esta novedad. “Podés escuchar en la misma pista a dos DJs en simultáneo, con una calidad excepcional y al volumen que elijas. En vez de usar sistemas de sonido con parlantes, la música es transmitida inalámbricamente a cada invitado”, cuenta Schnayman. En las fiestas, los participantes tienen acceso cada uno a un auricular, que tiene un dispositivo para regular volumen y tipo de música. Pero no es un sonido cualquiera, sino uno envolvente, una presencia tan real que convierte ese episodio auditivo en una experiencia deslumbrante: un estallido de voces y colores, de capas de sonido que se anudan y acarician el oído.

“Es divertido y es lindo observar a la gente. En las fiestas, con mis amigas cantamos y nos escuchamos las voces”, cuenta Carolina Faerman, quien atravesó la experiencia.

Signo de los tiempos, las fiestas silenciosas tienen un pliegue bienpensante: son ecológicas, por su nula contaminación sonora. “Hacemos muchas fiestas en barrios privados, por ejemplo, que son lugares en los que después de las 3 de la mañana tienen prohibido pasar música a todo volumen”, agrega Schnayman. “Esto también es una solución a las prohibiciones municipales, o la falta de habilitación que hay en Capital, por distintos motivos, entre ellos por el ruido”, completa. Schnayman piensa en grande: imagina conciertos con auriculares, u obras de teatro en el que el espectador pueda elegir lo que oye.

La movida de las “silent parties” es universal: desde Melbourne a Boston, desde Montreal a Auckland. Hay empresas que se encargan de armarlas en todo el mundo. El mes pasado, por caso, se celebró un festival de música al aire libre en las orillas de los lagos de Montreux en Suiza. “La experiencia al aire libre es todavía más rica”, cuenta Schnayman, quien ya probó la modalidad en el verano pasado en la Costa. “Había gente bailando y al lado una familia tomaba sol sin sentirse intimidada”.

Fuente: http://www.clarin.com/sociedad/Fiestas-silenciosas-nueva-divertirse-ruid...

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