Las tumbas de los quitus dejan al descubierto una cultura brillante de los Andes

La laguna de Iñaquito sucumbió y en ese lugar ahora se levanta el aeropuerto de la capital ecuatoriana, que será reemplazado por otro que se construye en uno de los valles aledaños a la ciudad.
Para Jara, el hecho de que las zonas funerarias y ceremoniales de los quitus no hayan sido conocidas en el pasado es una "buena cosa", porque las pudo preservar de saqueos; sin embargo, también estuvo oculto por mucho tiempo "el origen y la identidad" de los quiteños.
Esta cultura se relacionó con la tribu de los yumbos, asentada en el noroeste de la ciudad, también sorprendente porque fue el nexo comercial entre la sierra andina y la costa, y por su formidable conocimiento astrológico.
Ese vínculo permitió que los quitus contarán con la concha espóndilus, extraída del mar en las costas de las provincias de Manabí y Santa Elena, al oeste, que incluso se exportó a Argentina, Chile, Perú, Colombia y hasta México.
Las conchas fueron labradas por hábiles artesanos quitus para adornar los ponchos funerarios con los que se encontraron los restos de las excavaciones en el barrio de La Florida.
Los indígenas cavaron hoyos de hasta 20 metros de profundidad, de unos tres metros de ancho, que en sus bases presentaban tres niveles para alojar a los muertos.
Los fallecidos eran colocados en cuclillas, envueltos en telas y adornados con ponchos y joyas.
En el nivel más bajo se colocaban cuatro cadáveres y seis en los otros dos niveles, junto con vasijas de barro con "chicha", una bebida elaborada con la fermentación del maíz, y adornos de orfebrería.
Y es que los quitus, como muchas otras culturas, creían que después de la muerte existía otra realidad y que sus muertos necesitarían objetos para entrar en ella.
"Estamos ante una de las evidencias más importantes vinculadas con el gran interrogante de la humanidad: ¿A dónde vamos después de la vida?", apuntó Jara, quien incluso cree que la posición de los muertos tenía como objetivo "devolver los cuerpos a la Madre Tierra".
El museo incluye recreaciones de los rostros de un hombre y una mujer. La figura femenina fue elaborada con modernas técnicas forenses a partir de un cráneo encontrado en las excavaciones.
La mujer está adornada con un poncho recubierto de pequeños botones tallados de concha espóndilus y de caracoles, así como objetos de orfebrería como aretes, prendedores, collares, lanzadardos para cacería y "sonajeras", lo que refleja que los quitus eran "un pueblo alegre y festivo", dijo el arqueólogo.
Jara atribuye el interés por la espóndilus a asuntos más religiosos que comerciales, ya que, "más que el oro y la plata, para estos pueblos tenía un valor especial esta concha" en sus ritos.
Los quitus, un pueblo agrícola y próspero, según Jara, fueron durante mucho tiempo olvidados y algunos historiadores dudaron incluso de su existencia, pero ahora, subrayó el arquólogo, son "las raíces más profundas de nuestro pasado, de ese hombre prehispánico" que fulguró en los Andes.
Fernando Arroyo León / EFE

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