Pastores por la Paz: propaganda política disfrazada de humanitarismo

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De nuevo “Pastores por la Paz” ha viajado a Cuba. Lo ha hecho en 30 ocasiones, desde 1992. Más que de esfuerzo humanitario, se debe catalogar la organización de grupo propagandístico con un objetivo muy concreto: buscar adeptos y propagar una visión idílica del régimen.

Sus integrantes llegan a La Habana tras un recorrido por diversas ciudades estadounidenses —en esta ocasión fueron 46—, donde solicitan ayuda humanitaria y medicinas para los cubanos.

Desde el inicio, sus miembros han transitado una vía que en otras partes, otras épocas podría resultar peligrosa, pero que hasta ahora se ha reducido a un simple paseo.

Nunca han solicitado a las autoridades estadounidenses permiso para viajar a Cuba, y aunque el nombre del grupo busca dejar bien clara su vocación por la concordia y armonía, siempre están atentos a resaltar los riesgos de multas y las posibles detenciones que no han ocurrido. Aunque el Servicio de Rentas Internas (IRS) los ha sancionado por violar la ley de comercio con el enemigo.

Así que, entre el ejercicio de la desobediencia civil y la solidaridad con los humildes, Pastores por la Paz es un grupo que intenta que al menos se le reconozca su actitud fraternal y su rechazo al embargo.

Todo estaría muy bien si dicha vocación no viniera unida a otra: una sospechosa actitud reverente más allá del respeto, un notorio gusto por codearse con quienes mandan en Cuba y una lamentable afición a servir para los fines propagandísticos del sistema.

Tras los donativos y una labor de propaganda por ciudades de Estados Unidos y Canadá que disminuye cada año —en 2014 fueron 65 mientras en 2011 ascendió a 120 ciudades—, hay una maniobra que si bien ha perdido alcance y resonancia, se mantiene como una muestra de permanencia.

Desde la época del fundador del grupo —el fallecido reverendo Lucius Walker—, nada ha sido gratuito en una organización que se presenta como caritativa y humanitaria. Ni siquiera el mes de la visita, que ha servido en ocasiones para su participación en la celebración de la fecha del 26 de julio.

Pero hay más.

El reverendo Walker fue un buen ejemplo de una figura que bajo el cariz religioso se convirtió en cómplice del totalitarismo.

En 2011 se conoció un cable del Departamento de Estado, donde se daba cuenta que Walker amenazó con eliminar la beca de todo estudiante estadounidense de Medicina en La Habana que se pusiera en contacto con la misión diplomática de EEUU en la isla.

El cable —uno de cientos de miles obtenidos por Wikileaks— aseguraba que el pastor lanzó la amenaza el día antes de que uno de los estudiantes asistiera a una reunión de ciudadanos estadounidenses, que en todo el mundo actúan como activistas voluntarios, para contactar a otros en emergencias tales como huracanes. Esto ocurrió en 2007 y no era nada nuevo ni había fin conspirativo ni actividad contraria al gobierno de La Habana entre los objetivos del encuentro. Las embajadas de EEUU en el mundo entero organizan redes similares.

Es decir, que para el pastor Walker había acciones y gestos humanitarios buenos y otros malos. Él no solo se consideraba un actor de los “gestos buenos”, sino un guardián contra los “gestos malos”. Aunque su actuación también podría considerarse como una conducta propia de un esbirro de Castro.

Los Pastores por la Paz siempre han hecho todo lo posible para convertir una supuesta misión de ayuda humanitaria en actividad política. Hoy su labor carece de repercusión, pero el hábito se mantiene aunque no hace al monje.

La verdadera ayuda humanitaria la realizan actualmente —de forma cotidiana, callada y con millones de dólares— los exiliados que envían divisas y todo tipo de artículos a la isla. Pero a estos no debe interesarles tener una carta firmada por Fidel Castro, como la que poseía Walker, ni que los reciba Miguel Díaz-Canel, como acaba de ocurrir con estos propagandistas con disfraz de “misioneros”.

Alejandro Armengol

Fuente: elnuevoherald.com