¿Acaso no soy mujer?

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La estupidez contemporánea ha convertido un fracaso personal de Serena Williams, la insigne tenista afroamericana, en un drama de la sociedad y el Estado: la explotación que la mitad testicular de la humanidad inflige a la otra mitad y, de paso, la discriminación racial.

Hace pocos días, durante la final del US Open, interrumpió tres veces el partido que iba perdiendo para criticar al árbitro, que originalmente le hizo una advertencia por recibir instrucciones gestuales de su entrenador desde la tribuna (lo que está prohibido); más tarde le quitó un punto por lanzar su raqueta contra el suelo (lo que está penalizado), y luego, tras recibir una descarga de insultos (lo llamó «ladrón» varias veces), le tuvo que restar un juego. Obligando a las autoridades a bajar a la pista, Serena dedicó enseguida varios minutos a acusar al árbitro y al tenis, entre alaridos, de castigarla por ser mujer.

Las proporciones que tomó este incidente en Estados Unidos –y el mundo– son sintomáticas de los tiempos fraudulentos que corren. Basta decir que activistas, periodistas, deportistas, políticos y demás se volcaron contra el árbitro y contra el US Open, acusando a ambos de machismo y racismo. El ente que gobierna el tenis norteamericano se precipitó a dar la razón a Serena.

El dato clave de la jornada –que la legendaria Serena Williams fue derrotada por Naomi Osaka, una advenediza que jugó mejor que ella– quedó en un segundo plano. El verdadero abuso –la pataleta de Serena provocó que el estadio entero abucheara a la ganadora, hija de un haitiano negro y una japonesa, que acabó pidiendo perdón con lágrimas por ganar– quedó enterrado bajo las groseras afirmaciones victimistas e inversamente discriminatorias. El verdadero maltratado –un árbitro prestigioso de origen portugués que se llama Carlos Ramos y aplica advertencias y castigos a hombres blancos– terminó convertido en culpable de que el voto femenino no hiciera su aparición en Estados Unidos hasta 1920 y de que, hasta 1868, la Constitución norteamericana considerase que un negro era sólo tres quintas partes de una persona.

El episodio ilustra una deshonestidad que aqueja hoy al feminismo: la trampa de confundir lo individual con lo colectivo, desplazando la responsabilidad individual por determinada circunstancia personal hacia el ámbito de la responsabilidad social. Serena y el ejército de histéricos e histéricas que han convertido su pataleta por una derrota en una reivindicación de las oprimidas de la Tierra insultan la memoria de las grandes feministas de la historia, que hacían lo contrario: atacar aquellos factores sociales que llevaban siglos impidiendo la expresión individual, es decir, la libertad de la mujer. A diferencia de tantas feministas contemporáneas, que buscan víctimas donde no las hay en lugar de buscarlas donde siguen existiendo, aquéllas luchaban para abandonar la condición de víctimas cuanto antes.

La más grande feminista negra de la historia moderna, Sojourner Truth, una esclava que logró escapar y dedicó parte del siglo XIX a bregar contra la discriminación sexista y racial, debe estar revolviéndose en la tumba ante lo que pasa hoy, en tantos lugares, por feminismo. Su discurso más famoso, de 1851, fue publicado tiempo después con un título inventado («¿Acaso no soy mujer?») y añadidos apócrifos que ampliaron y perennizaron su leyenda. Pero la privilegiada Serena y las demás plañideras deberían leer el texto original, de fácil acceso, para entender que lo ven todo al revés. No hay en él, a pesar de las mil razones que tenía Truth para quejarse, un solo lamento personal, sólo el deseo de que a ella y las demás les abrieran la jaula para volar en libertad.
Alvaro Vargas Llosa

Fuente: http://independent.typepad.com/elindependent/2018/09/acaso-no-soy-mujer-... / ABC