Anclas para la crisis

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Resistencia, resiliencia, pie de lucha, no dejar espacios vacíos, por la supervivencia”, y así podemos seguir una larga lista de frases que, como mantras, adaptamos a la supervivencia diaria. Prácticas discursivas que complementan la práctica social diaria de resistir la crisis Venezuela. El nuestro no es el único país latinoamericano con problemas, aunque sí sea el que más problemas tiene hoy, problemas que tienen como base un sistema que busca esparcirse en la región. Y para ello, tal sistema busca ocupar espacios públicos en figura de representantes electos (alcaldías, gobernaciones, presidencias, diputados y así), así como a través de otras prácticas eficientes de acceso y ejercicio de poder.

Será ingenuo considerar que un sistema que ha deconstruido a un estado contemporáneo, junto con su institucionalidad democrática, haya surgido de la nada en su búsqueda de construir una nueva realidad que presentan como “una manera más democrática de hacer democracia”. Tal ingenuidad no favorece los esfuerzos que puedan estarse haciendo dentro y fuera de Venezuela para evaluar y reconcebir al país. Esfuerzos que han de traducirse en trabajo en conjunto con perspectivas que consideren cimentar una nueva etapa de nuestra historia en el reconocimiento de falencias sistémicas de nuestra democracia, para de esta manera poder atender sus causas y prever consecuencias y así poder retomar el testigo en una versión menos endeble de democracia. Cabrá acotar además, que al compartir historia y rasgos culturales, esa lectura crítica de nosotros mismos como país podrá ser útil a los vecinos que hacen el esfuerzo de lidiar con la mayor crisis migratoria de la región, a la par de tener que ocuparse de sus propios problemas, que ya estaban allí antes del alud de migrantes. Una lectura que pueda ayudarles a evitar tener su propia versión de una crisis democrática con visos similares a la nuestra. Algún ecuatoriano, colombiano, peruano que lea esto seguro habrá pensado “imposible, nosotros no somos Venezuela”; cualquier venezolano le responderá “nosotros no éramos Cuba, y ahora estamos donde estamos”, muy a pesar de que la nuestra, imperfecta y todo, fue una de las democracias más longevas en la región durante el siglo XX.

Ese cambio ni se da por generación espontánea, ni es posible sin un nicho donde haya podido instalarse. Sin embargo, al hacer una búsqueda rápida en la red sobre los orígenes de la crisis venezolana (sitios de noticias, de opinión tanto nacionales como internacionales), los resultados solo muestran referencias a los gobiernos del socialismo del s XXI. Ciertamente, las dimensiones actuales de nuestra crisis son únicas y se deben a acontecimientos durante estos 20 años; sin embargo, merece la pena considerar que una capacidad de esa propuesta ha sido la maximización de fallas estructurales que ya estaban presentes en nuestro país, con el fin de mantenerse ejerciendo el poder político y económico. Consideremos dos ejemplos palpables. Por una parte, el caudillismo, herencia del siglo XIX y que la historia oficial nos dice que fue controlado por el Benemérito pero que en la práctica podemos acordar que se adaptó a los formatos políticos del siglo XX, bañándose de la “democracia” del voto cada 4, 5 o 6 años, pero muy eficaz en anular cualquier disidencia puertas adentro en los partidos y demás instituciones políticas, así como en generar militancia. La fidelidad derivada de esta última, al partido y al caudillo, siempre se paga generosamente una vez se accede al poder, lo que dio espacio a otro fenómeno nada exclusivo de nuestra imperfecta democracia: el clientelismo.

Por otra parte, está el paternalismo estatal (una condición casi congénita en Latinoamérica), que busca despojar de responsabilidades a los individuos sobre su toma de decisiones respecto del bienestar general y personal. Esto construye una versión del estado como ente proveedor de bienes y servicios, que en el caso venezolano ha sido impulsado por grandes ingresos petroleros. Visto así, la construcción diaria sobre la responsabilidad individual por procurar un estado de bienestar propio y colectivo se ve desdibujada y reemplazada por la convicción de que, al vivir en un país rico, más que deberes se tiene el derecho inalienable a tener todos sus problemas resueltos por el Estado.

Siguiendo a Fairclough (autor británico especialista en analista crítico del discurso), puede decirse que estas prácticas sociales (el caudillismo moderno y su clientelismo, así como el paternalismo) comunes a lo largo de los 40 años de democracia del s XX, vinieron acompañadas de prácticas discursivas con las que como sociedad las fuimos construyendo y afianzando; prácticas sociales que terminaron por ser naturalizadas por un país que durante los años 60s, 70s y parte de los 80s se había acostumbrado a un estado de bienestar propio de una sociedad de consumo occidental contemporánea. Dadas las malas administraciones de los gobiernos de los 70s y 80s, los recursos económicos que permitieron tal estado de bienestar se agotaron.

Como consecuencia, se genera a finales de los 80s un estallido social en el país que, si bien marca un antes y un después en nuestra historia contemporánea, no posa su atención sobre estas prácticas sociales ni las construye como parte estructural del problema país. Por el contrario, el país busca recuperar ese estado de bienestar perdido en la figura de un “individuo capaz”, con la fuerza y determinación suficiente para sacar el país adelante. El resultado de esto lo vimos a finales de los 90s, las consecuencias las vivimos hoy. Con lo dicho hasta ahora, será difícil cuestionar que el paternalismo estatal no se ha llevado a extremos disfuncionales, así como será difícil cuestionar que la figura del caudillo moderno haya tomado dimensiones e intenciones continentales y globales.

Paternalismo estatal y caudillismo moderno son solo dos nociones que representan fallas estructurales de nuestra versión de democracia, las que han servido de ancla para la propuesta del socialismo del s. XXI. Estas nociones han sido parte de nuestra cotidianidad desde mucho antes, al punto de considerarlas como la versión de lo que es normal en nuestro andar político nacional. Las naturalizamos y al hacerlo, como país no logramos, a finales del XX, prever los derroteros por donde nos llevarían los primeros cuatro lustros del s. XXI. @medina_anderzon

Anderzon Medina Roa