Construir venezolanidad

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Hace 70 años, Venezuela y los venezolanos éramos una gente amable en un país de oportunidades para españoles, portugueses e italianos que venían huyendo de los horrores en sus tierras; hace 50 años, éramos los ricos del barrio, ruidosos, receptivos, alegres y algo engreídos en un país que recibía perseguidos políticos, desplazados por la violencia, mano de obra, calificada y no, necesaria para el país con la economía en auge; hace 30 años, ya la economía no estaba en auge, pero aun así éramos alegres, engreídos y aún receptivos, sin que ya mucha más gente se interesara mucho en venir; hace unos 10 años, éramos un alud de gente gastando dólares financiados por el gobierno y se nos recibía con candidez y buena atención a donde sea que fuéramos a raspar tarjetas. Desde hace unos 5 años, bueno, la historia es otra y vamos cambiando la morfología de nuestros vecinos quienes ya no saben qué hacer con ese alud de gente que ya no llegó con petrodólares sino con necesidades, las puertas abiertas son muchas menos y la receptividad tiene una mezcla de solidaridad, xenofobia y mucha aporofobia.

Este giro de la situación en los últimos años, me aventuro a decir, ha despertado una conciencia de sí mismo del venezolano que ha llevado a campañas que buscan resaltar aspectos positivos propios a través de esfuerzos conscientes de resaltar las virtudes del venezolano y su venezolanidad. Una incipiente consecuencia es la reconfiguración de la imagen de sí mismo que tiene el venezolano a través del rescate de valores como solidaridad, trabajo, temple, honestidad, buena formación.

Hablar es un acto dinámico, existe un “otro” que escucha lo que tenemos por decir y luego toma la palabra y es nuestro turno de escuchar. En ese intercambio nos “construimos” una imagen de nosotros mismos que es parte del conversar y “construimos” una imagen del otro que nos escucha, quien, a su vez, hace lo propio. Más aún, reconocer que somos individuos en un constructo social, es reconocer que formamos parte de varias comunidades (la familia, el barrio, el trabajo, la ciudad, la región, el país) y que cotidianamente somos “representamos” esas comunidades cuando comunicamos algo respecto a ellas frente a un interlocutor foráneo.

Esta construcción de nosotros mismos y del otro la hacemos como parte de esa comunidad imaginada que Benedict Anderson explica es la “nación”. Así, el ser venezolanos, por ejemplo, hace que nos representemos dentro de nuestra diversidad cultural cada vez que conversamos con alguien de otro país a quien representamos en nuestro imaginario y quien a su vez se representa a sí mismo como nacional de su país y nos representa según lo que tenga en su imaginario respecto a nosotros.

Resaltar virtudes y contrarrestar imágenes negativas y prejuicios con los que nos construyen en ese “otro” que llega como inmigrante con actitudes y maneras distintas que generan rechazo no busca para nada negar la existencia de algunos connacionales que estén dando pie a los prejuicios e imágenes negativas, sino más bien enfatizar que los venezolanos “de bien” somos más. Este esfuerzo por resaltar valores positivos, que no solo se da en voz de los venezolanos emigrados, sino que también en aquellos que están en el país es lo que quiero resaltar como crucial para nuestra constante construcción de ciudadanía. No nos es extraño describir nuestra cultura de forma negativa y en este sentido describirnos como solidarios, honestos, trabajadores, capaces, al tiempo que nos desmarcamos del “yo me merezco”, la viveza criolla, el inmediatismo y la violencia como modo de vida, es una forma de reconstruirnos a nosotros mismos, desde nosotros mismos con mejores herramientas para poder conformar una mejor “comunidad imaginada”. @medina_anderzon

Anderzon Medina Roa