Corrupción y convención

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Corrupción, un término que ha impregnado el discurso venezolano a todo nivel y en todo lugar. Se habla de la corrupción como un mal de nuestra sociedad que impide la prosperidad, el buen funcionamiento de las instituciones, promotora de la impunidad y en general como la gran causa de infelicidad y desgracias. Visto así, la corrupción es el quid de los males nacionales, impulsada por y desde las fuerzas del mal. Sin embargo, una visión moralista y mágico religiosa no nos ayuda mucho comprender esta realidad humana y las dimensiones en las que afecta la cotidianidad de las sociedades y no, no es solo la nuestra. Es curioso ver a quienes hablan de la corrupción como una condición natural en estos nuestros países, argumentando desde orígenes genéticos hasta endilgarle culpas a los colonizadores que traían la corrupción codificada en sus prácticas políticas y burocráticas.
Aunque inútil, es tentadora la idea de que la corrupción la heredamos de los colonizadores; nos permitiría endilgarle culpas a alguien más. Y si ese alguien fuera un imperio que llegó y arrasó con todo lo que había de este lado del mundo, más interesante sería, al poder encajar argumentos tan convincentes dentro de todo un aparataje retórico del discurso político.
La corrupción, grosso modo, refiere al uso y abuso de un poder (público o privado) para beneficio propio. Aunque pueda ser cierto que haya factores culturales e históricos que puedan ayudar a entender dimensiones de prácticas sociales corruptas, al pensar en la corrupción política, concebirla como un castigo divino o una realidad inevitable no es particularmente útil. Mantenernos en una retórica del bien contra el mal cumple una función no para entender el fenómeno en sus dimensiones, sino que tal discurso maniqueo es útil a los corruptos de turno que siempre resaltan el error en el otro y, al inundar espacios de opinión pública con sus argumentos, logran desviar la atención de las prácticas corruptas en sí, buscando enfocarse el carácter corrupto de un personaje.
Así, el flagelo de la corrupción se ha mantenido como una constante, lo que quizá haya hecho que naturalicemos el fenómeno al punto de justificar unos u otros políticos y sus gestiones por ser menos corruptos que otros, en una retórica que, he de insistir, solo favorece al sistema. Asumirla como natural e inevitable solo hace que más corruptos sigan sumando sus nombres a los anales de la historia inefable de nuestros países.
Al acordar que ha sido un flagelo constante, sería impreciso decir que solamente la corrupción política de los últimos 20 años ha fomentado parte de ese cambio social generado en Venezuela. Las crisis institucionales, los escandalosos negocios fraudulentos en elaboradas tramas de corrupción han sido sistemáticos y constantes en la historia venezolana. Pensemos en dos momentos de nuestra historia en el siglo XX. Primero, la organización que al país dio el período gomecista durante casi 3 décadas, en el que es difícil no pensar acerca de las condiciones en las que se ofrecían concesiones a industrias petroleras y las consecuencias que esto trajo para el sistema productivo nacional. Segundo, los años que van desde finales de los 50 hasta finales de los 90 constituyeron un período de grandes ingresos económicos, algunos apuntan a unos 260 mil millones de dólares, de los que gran parte fueron desviados a las élites dominantes, lo que podría leerse como el establecimiento de una forma de hacer política que devino en la necesidad de un cambio que inició en 1999 y que ha implicado transformaciones sociales profundas en nuestro país.
Sería igualmente impreciso no reconocer que la penetración de ese uso del poder público para beneficio propio ha sido maximizada, sistematizada y ha redefinido el tejido social venezolano desde el inicio del socialismo del s. XXI, un período en el que expertos apuntan han sido (mal) manejados alrededor de 450.000 millones de dólares. Es aquí donde mucha de la atención en los medios se entretiene en la cotidianidad: los números y quién ha malgastado más, quién ha robado más, tratando de establecer corruptos buenos y corruptos malos. Una vez más, siendo partícipes de una retórica y un discurso que mantiene a las personas equivocadas en puestos de poder (uno tras otro) y a generación tras generación sobrellevando los avatares de ese discurso.
Las consecuencias de esta convención nacional en torno a la corrupción las vivimos todos los venezolanos cada día donde sea que estemos. Un pacto tácito que en la cotidianidad nos ubica en una tropical versión de democracia que poca atención presta a los necesarios pesos y contrapesos de que supone tal institución, lo que afecta nuestro (des)andar como nación. @medina_anderzon
Anderzon Medina Roa