Corrupción y democracia

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Democracia, un término con que se definen sistemas políticos en los que el pueblo ejerce la soberanía de elegir y controlar a sus gobernantes. Ahora bien, otra cosa es cómo se organiza y cómo se ejerce la participación en ese sistema de gobierno, y entonces, aunque hablamos de la democracia y sus virtudes, se puede hablar de democracia representativa, participativa, directa, y hasta de democracia participativa y protagónica.
Por otra parte, pensando en nuestra democracia, es pertinente reconocer aspectos locales de un modelo pensado en latitudes y tiempos muy distantes y reeditado para la era moderna también hace mucho y con las distancias culturales que puedan existir entre el mundo latinoamericano y el mundo angloamericano.
No pensemos en la noción clásica del gobierno del pueblo para el pueblo, pues en muchos casos (como el nuestro), se convierte en un argumento falaz por el establecimiento de élites que se desconectan de la realidad de ese pueblo que luego no puede ejercer efectivamente su control sobre los gobernantes. Estos últimos, en su perfeccionado arte de la distracción, redefinen su ejercicio de la institucionalidad democrática en elecciones, reduciendo así todos mecanismos de control del sistema a un aislado ejercicio del voto, con lo que, grosso modo, hacen uso del poder para beneficio propio, el beneficio de mantenerse como parte de esa élite que utiliza ese poder. Las clases políticas nuestras han vivido en ese ritornello nada artístico desde que nuestra democracia se estabilizara a mediados del siglo pasado.
Es de ese uso y abuso de un poder otorgado (público o privado) para beneficio propio, con lo que me refiero a grandes rasgos a la corrupción. Al encontrarnos con la corrupción en el hecho político, quien queda en una situación muy comprometida es precisamente la democracia. Pensemos por un momento en el sistema de pesos y contrapesos como principio de control democrático, uno muy sencillo de entender, por cierto. La idea central de este principio apunta a que en un sistema democrático han de existir instituciones independientes que constituyen las distintas ramas del poder a las que tienen acceso los gobiernos dentro de la institucionalidad del estado, y que cada rama ejerce control sobre las demás. Estos controles y equilibrios tienen como base la separación de poderes, cada uno con habilidades y responsabilidades específicas, con lo que se busca asegurar que ninguna rama del gobierno pueda acceder al poder sin los controles necesarios.
En su versión clásica, estas ramas de gobierno serán los poderes ejecutivo, legislativo y judicial, los que se encargan de prever y reducir errores dentro del sistema, prevenir comportamientos impropios de los poderes en la ejecución de sus funciones y en general asegurar que el sistema funcione equilibradamente bajo un control permanente. Esta relación de control y equilibrio entre las ramas del poder es una bastante dinámica y su óptimo funcionamiento se constituye más en un ideal que en una práctica cotidiana. Es decir, no hay democracia perfecta, aunque sí podamos hablar de democracias que funcionan mejor que otras; en gran medida esto dependerá en qué tanto sea capaz una cultura de adaptar y adaptarse a este sistema de gobierno de la forma que le sea adecuada para trabajar en pro de un bien común, pese a la diversidad de opiniones y posturas propias en cualquier sociedad. Se trata de una relación que depende de la institucionalidad, sí, pero las instituciones las conforman individuos, cuya interacción es dinámica.
En tanto que lingüista, mi interés por estas instituciones y estructuras apunta hacia las diversas maneras en las que podemos concebirlas y construirlas en nuestra cotidianidad y en el proceso mirar cómo es que esas construcciones se contrastan con los ideales de los que derivan. Es decir, democracia es el gobierno del pueblo por y para el pueblo; corrupción es el abuso del poder para beneficio propio. La primera cuenta con los mecanismos y estructuras para evitar a toda costa la segunda y aun así, conocemos la historia contemporánea venezolana, la historia que va desde la caída de la dictadura de Pérez Jiménez a finales de los 50s hasta la transformación hacia una nominal democracia participativa y protagónica a principios del s. XXI en la dictadura que sistemáticamente se deshace de millones, ya sea empujándolos más allá de las fronteras o más allá de la vida.
Podemos ir más atrás en la historia y explorar cómo es que el abuso de poder para beneficio propio ha sido una constante sin importar la forma de gobierno en Venezuela. Podemos además ir más allá de las fronteras y ver cómo la corrupción a cualquier nivel institucional es parte de la cotidianidad en culturas distintas, las que a su vez tienen formas propias de enfrentarla (e.g. ha habido casos en los que en China ha sido castigada con la pena de muerte), otras han logrado mantenerla en niveles bajos aunque no erradicarla (por ejemplo Alemania, Noruega, Chile, Uruguay) y en otros, hay opinadores que argumentan que está legalizada. La corrupción no es un mal exclusivo latinoamericano, como algunos ingenuamente buscan argumentar, al igual que la democracia o cualquier otra forma de gobierno son construcciones culturales y discursivas, tal como lo son las naciones, si tomamos prestado el argumento de Benedict Anderson en su libro Comunidades Imaginadas. Por ahora, en nuestra comunidad imaginada y nuestro uso de democracia pareciera que hemos naturalizado la corrupción en una retórica que solo beneficia a los corruptos en su sistema y nos mantiene aletargados, distraídos. @medina_anderzon
Anderzon Medina Roa