Fronteras de laboratorio

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A veces pienso que la que una vez fuera la frontera más activa de América Latina ha sido desde principios de siglo una suerte de laboratorio de lo que va ocurriendo luego en el resto del país. Lo más emblemático será quizá la escasez de gasolina y el submundo que en torno a esto se ha creado. Limitación y mayores controles del combustible que se enviaba a entidades fronterizas, como consecuencia del paro de 2002-2003, lo hizo un bien deseable con el que comerciar a uno y otro lado de la frontera. Por otra parte, la ralentización de la economía local y la falta de ofertas laborales que pudieran competir con las ganancias obtenidas a través de la venta de combustible hizo que en el imaginario cotidiano el contrabando de gasolina se construyera como una forma de trabajo.
Una “labor” que luego incluiría productos subsidiados que terminaban por desviarse hacia la frontera donde se hacía más atractiva su comercialización, lo que abonaba a su escasez a este lado. Es interesante ver cómo ese patrón de naturalización y aceptación de actividades ilícitas como normales que se fue perfeccionando desde el primer lustro de este siglo, se vio esparcido fronteras adentro. Esto me lleva desde hace años a referirme a la situación de nuestro país como la de un quiebre iniciado en la frontera, en gran medida por esta dinámica que implica el quiebre económico que lleva a quiebres sociales que se expanden luego en el país. Lo mismo podrá decirse de la frontera por Zulia, Amazonas, Bolívar e incluso fronteras marítimas.
Más recientemente otro fenómeno fronterizo llama la atención. Desde hace un par de años, la frontera occidental parece otra vez un laboratorio. A falta de bolívares en efectivo (los que por alguna razón también consiguen mejor mercado del otro lado de la frontera) y dada la cercanía con la dinámica económica colombiana, una moneda de curso (no oficial) ha sido el peso colombiano. Dada la cercanía con la economía del vecino país, esa reciente flexibilidad no declarada por parte del gobierno central de los controles de precios de productos, del precio y comercialización del dólar, se ha visto al menos en el Táchira un tímido fluir económico que busca dinámica de mercado, con oferta y demanda, que va dándole oxígeno a un segmento de la economía. Un fluir que se ha venido expandiendo en recientes meses al país y que cuenta con el visto bueno de la presidencia de la república desde donde se le ve como una válvula de escape.
Ese apretar tanto hacia la izquierda con controles sobre absolutamente todo termina dando un giro de 180 grados en el que se pasa de una extrema izquierda a una suerte de extrema derecha, de libre mercado, donde aquellos que tengan acceso a divisas pueden participar. Una muestra de esa válvula de escape la vimos esta semana en torno al Black Friday (fecha que se ha ido convirtiendo a nivel global como el inicio de las compras navideñas) en Venezuela. Reportajes de multitudes en un centro comercial caraqueño como no se veían hace 6 años más o menos, quienes respondieron a una estrategia de ventas para motorizar un pequeño sector de la economía; todo esto en moneda extranjera.
Sin embargo, luego de más de un lustro de depresión económica, cualquier cosa que pueda apuntar hacia una dinámica que permita que cada vez más gente participe será bienvenido. La zona de frontera ya ha pasado de ver al peso compartir el mercado de intercambio en efectivo con el dólar, que las transacciones electrónicas en bolívares se vean mediadas por las tasas de cambio de una y otra moneda extranjera al momento, a conseguir algo de oxígeno y algo de dinamismo en un panorama deprimido. La fórmula ya se va expandiendo al resto del país, donde la vemos adaptándose solapadamente en las ciudades principales en las que esta válvula de escape va funcionando para aquellos que puedan generar un producto o servicio por el que cobrar en moneda “dura”. Sin embargo, no parece apuntar a grandes sectores de la economía (quienes tienen un par de años llevando contabilidad en dólares y en bolívares), sino a una economía familiar, localizada, que busca asegurar necesidades básicas, y esto es quizá parte del experimento. @medina_anderzon
Anderzon Medina Roa