Hieles del populismo

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Desde finales del siglo pasado, generaciones de hombres y mujeres vivimos en una suerte de presente permanente, un fenómeno que Eric Hobsbawm entiende como la “destrucción de los mecanismos sociales que vinculan la experiencia contemporánea del individuo con la de generaciones anteriores”. Es este un argumento que encontramos reflejado varias ocasiones en la pantalla grande y que en este momento se me ocurre recordarlo en The Matrix, donde los humanos no somos más que una batería conectada a una matriz de realidad virtual, en la que vivimos adormecidos por el mundo moderno en una suerte de bucle temporal, en algún punto de finales del s XX, del que solo unos pocos elegidos logran salir. Una realidad que nos abarca y en la que los más andamos sin mucha consciencia hasta que se nos acabe la energía y dejemos de respirar. Una desconexión orgánica con nuestro pasado, como diría Hobsbawm. Sin esa conexión orgánica no somos capaces de evitar repetir errores cometidos como sociedad.
El populismo parece ser uno de esos errores repetidos. Finchelstein argumenta que, como paradigma político, el populismo logra instalarse para gobernar naciones primero en Latinoamérica, luego de 1945. Una suerte de metamorfosis del fascismo, el populismo se convirtió en un camino exitoso para alcanzar el poder sin oponerse a izquierdas ni derechas. Así, vemos ejemplos de gobiernos populistas alrededor del mundo en los últimos setenta años que surgen en contextos sociales, culturales, históricos y políticos diversos, de izquierdas y derechas.
A grandes rasgos, el populismo apunta más a la pasión que a la razón, a una constante búsqueda de igualdad social, comúnmente concebida como una lucha entre el bien y el mal. Tal búsqueda suele darse de la mano de un líder carismático, y mientras ese líder libra batallas y se baña de pueblo, esta forma de gobierno se forja una versión de democracia en la que el voto es el centro neurálgico del sistema, bajo la fórmula de una persona = un voto, empoderando a todos los ciudadanos por igual en la participación para elegir aquellos que deben llevar las riendas del país. Un efecto de esto es la reducción de la atención sobre la necesidad de la independencia de poderes y del imperio de la ley. Esto abre espacio a uno de esos males nuestroamericanos de los preferidos de los sistemas judiciales (la ley termina de facto por no ser igual para todos) y de allí a las múltiples y coloridas formas de corrupción que generan distorsiones e ineficiencias a cada nivel de la institucionalidad democrática y social.
Mis clases de historia de secundaria me enseñaron que a mediados de los ‘70s, la administración CAP 1 tuvo como gran reto poder administrar un exceso de dinero nunca antes visto en las arcas de la nación, lo cual causó una “indigestión económica” que solo un quinquenio después, junto con otros factores de economía nacional y global, desembocó en una fuerte afectación de la economía del país, con consecuencias que aún no superamos. Esa administración 1974-1979 se caracterizó por ser populista en el manejo de los recursos del boom petrolero, lo que tuvo las consecuencias políticas, económicas y sociales que, como acabo de decir, aún sufrimos como país y como sociedad. Sin embargo, el boom y su concepción de época de abundancia quedó impregnado en la memoria colectiva y llevaron a CAP 2 a finales de los 80s, administración que no cumplió con las expectativas de las masas; masas que una vez más esperaron con ansias la aparición de una propuesta populista que llegó a finales de los 90s y se convirtió en un capítulo aún por terminar en la historia venezolana.
Hoy día se escuchan y leen muchas, demasiadas, opiniones respecto a la situación país que padecen esa desconexión orgánica con nuestro pasado. En ellas, se construye la realidad que vivimos como luchas del bien contra el mal, y al concebirla de esa manera tales opiniones y esa realidad que dibujan se mantienen en ruta a repetir errores ya cometidos, perpetuando así nuestro rol de baterías que siguen alimentando el sistema de complicidad electorera en el que derivó nuestra versión de democracia, cuando aún la teníamos. Al identificar sólo a individuos como culpables y causantes de la crisis sostenida en la que vivimos, se desdibuja del panorama la instauración de sistemas de gobierno y social que se vienen gestando desde hace más de veinte años y que deben reconocerse para no seguir sumergidos en nuestro populismo caribeño. @medina_anderzon
Anderzon Medina Roa