Juro…

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Hace casi once meses que escuchamos muy atentos y con expectativa a quien se convertía en presidente de la ANV enunciar así, y con una pausa en su discurso bien calculada para la ocasión, su compromiso de “asumir formalmente las competencias del Ejecutivo Nacional como presidente encargado de Venezuela”. Lo hizo en un contexto adverso, particularmente en ese momento, dada la orden del TSJ a la Fiscalía para que actuara contra la cúpula del Parlamento como consecuencia a la decisión de este último de nombrar un “representante Especial” de Venezuela ante la OEA. Sin embargo, ni asumió las competencias ni la fiscalía actúo en contra. Y por supuesto que es una opinión personalísima y que seguramente sea injusta y no esté lo suficientemente informada para incluir todo lo necesario para comprender el todo del contexto. Sin embargo, a menos que se muestre algún grado de conexión entre lo que se dice y lo que efectivamente se hace, lo dicho correrá el riesgo de convertirse en formas vacías, en discursos falaces.
El mantra derivado de esa juramentación reza “Cese de la usurpación, gobierno de transición, elecciones libres”. Simple, claro, preciso. No tan osado como la muy elaborada y contextualizada promesa presentada por Ramos Allup en 2016 cuando asumió la presidencia del Parlamento, de ofrecer en 6 meses una salida constitucional del ejecutivo. Sin embargo, aunque las maneras menos o más elaboradas dan cuenta de dos clases de actores políticos en la oposición venezolana, elaborado o simple, ni uno ni otro logró conectar lo dicho con lo hecho. En un lapso reflexivo del discurso de Ramos Allup en 2016, el dirigente admitía el secreto a gritos de la falta de unidad en la oposición venezolana, la que, decía, en ese momento había alcanzado puntos en común que el dirigente pedía no perder. Estas semanas ha sido decepcionante, aunque no sorprendente, ver que la ANV vuelve a ser un espacio de diálogos sordos, mientras el país va ganando una maquiavélica estabilidad en la que asalariados y pensionados sufren los embates de una nación desarticulada y los que tienen acceso a ese nuevo flujo de moneda extranjera en las calles logran vivir en una normalidad fingida.
La estabilidad de los gobiernos autoritarios deriva en gran medida de sus capacidades para establecer los términos y maneras del debate político nacional. Tales capacidades pueden incluir desde la coerción más simple hasta esquemas más elaborados en los que logran generar sus propios actores políticos de oposición y al hacerlo, les imponen la agenda política. Opino que esto ha sido logrado durante las primeras dos décadas de este siglo. La agenda del debate nacional ha tenido solo un actor político a cargo, el resto no ha sido capaz de generar un rol eficientemente protagónico como para poder capitalizar el apoyo acumulado en años, tanto a nivel nacional como a nivel internacional, apoyo que parece haber derivado más de los desaciertos del gobierno que de los aciertos propios de la clase política en oposición.
El 2020 no parece ofrecer muchas esperanzas en aquello del mantra enunciado en enero de 2019, como el 2016 no vio, a seis meses del inicio de la nueva ANV, la salida constitucional ofrecida. A estas alturas, me gusta pensar que el venezolano ha ido desaprendiendo la necesidad de un líder salvador, que ha ido aprendiendo de las limitaciones de nuestra clase política y del error de haberlos dejado sin supervisión ciudadana en su hacer cotidiano. Quizá se esté generando una nueva conciencia social en la que los maniqueísmos se dejen de lado y se permitan ver los fenómenos sociales (y políticos) desde su complejidad, donde las opiniones no se reduzcan en “a favor o en contra”. Sin embargo, hará falta mucho tiempo para ver si efectivamente hemos aprendido las lecciones que nos va dando la Venezuela contemporánea. @medina_anderzon
Anderzon Medina Roa