Migración Incómoda

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A mediados de junio del año pasado, la periodista Claudia Palacios escribió un artículo en su columna de El Tiempo de Colombia en el que invitaba a las migrantes venezolanas en Colombia a que “pararan de parir”. Aparentemente, buscaba reflexionar respecto al creciente número de nacimientos de niños de madres venezolanas en Colombia y los retos que esto representa para el estado colombiano. Sin embargo, su intento de reflexión se desdibujó por el enfoque escogido, el que generó reacciones variopintas no del todo favorables a la periodista. Entre esas reacciones me encuentro la respuesta de la autora Carolina Jaimes Branger quien, en un artículo de opinión en un reconocido portal de noticias sobre Venezuela, le recomienda a la periodista colombiana que “no se embarace” ella. Es interesante leer uno y otro texto por aquello de que somos a través del otro, es decir, la manera en que comprendemos y nos dibujamos la imagen del que está enfrente no solo muestra al representado, sino que muestra cómo es que nos vemos a nosotros mismos respecto a ese otro en la realidad que nos procuramos. Algo que también podemos abordar desde la lingüística.
La migración venezolana hacia Colombia no es algo nuevo. Hace más de dos décadas, en la dinámica de los mercados regionales y globales, empresarios comenzaron a mover capitales de inversión hacia ese país desde Venezuela, en ánimos de expandirse y cubrir más mercados; ya sabemos cómo va esa dinámica básica del capitalismo: producto, mercado potencial, inversión, riesgo, planificación, ganancias, pérdidas, proyecciones, reinversión, y así. Luego, con los sucesos políticos que afectaron a la estatal petrolera venezolana a principios de este siglo, se dio una segunda ola de migrantes venezolanos hacia Colombia; esta vez, altos ejecutivos y expertos de la industria petrolera que se insertaron en la industria petrolera colombiana. No mucho después, se dio una tercera ola, de profesionales y especialistas en diversas áreas, quienes también se insertaron en el aparato social y económico colombiano. Sin embargo, el flujo de migrantes no se detuvo con esta tercera ola y se la venezolana se ha convertido en la migración más grande de la historia colombiana.
Desde Colombia, expertos hablan de una cuarta ola, un flujo que ha aumentado exponencialmente desde que Nicolás Maduro asumiera la presidencia. Son miles los que a diario cruzan el puente y no regresan, miles se quedan en territorio colombiano, miles siguen su camino hacia el sur (Ecuador, Perú, Chile), pero al ser miles en esta cuarta ola, ya no hablamos de empresarios, inversionistas, expertos petroleros, profesionales y especialistas. A diferencia de las tres primeras, esta cuarta ola hace ruido.
Entonces, lo que Claudia Palacios escuchó es el ruido de la cuarta ola, de composición heterogénea y dentro de la que hay mucha mano de obra no calificada, que, ciertamente, inunda ciudades, aunque no solo colombianas. No escuchó o no le disgustó lo que representaron las tres primeras olas, quizá no se enteró de ellas. Lo relevante es que, en su rol de periodista, en cierto sentido recoge voces y opiniones, las canaliza y también las genera.
El gobierno de Colombia ha insistido en una política de puertas abiertas ante la crisis venezolana, haciendo esfuerzos reales de inversión, coordinación atención en primera instancia a los que huyen del país, lo que refuerza su posición solidaria. Sin embargo, la coordinación y recursos para tomar acciones de segunda generación presentan un reto que aún buscan cómo abordar y superar. Otras noticias similares, que generan discusiones en redes sociales y otros espacios de opinión, se han dado desde mediados de 2019. Por ejemplo, grupos de venezolanos varados en las fronteras con Chile por la exigencia de visa de turista, nuevos requisitos para ingreso de venezolanos a Perú desde 2019, exigencia de visa para venezolanos en Ecuador. Esta es sin duda una encrucijada, en la que entender las partes y sus roles es esencial.
Lo que en Colombia llaman la cuarta ola de migrantes venezolanos es un flujo de desplazados por la situación de “crisis humanitaria compleja” en Venezuela que, al sacarlos de la frontera, se trata más precisamente de flujo de refugiados. En tal sentido, la manera como se concibe a un refugiado es distinta a cómo se entiende a un migrante, por lo que las acciones a tomar por los países receptores para un flujo de refugiados han de ser distintas que las preestablecidas para los migrantes. Pararse frente a un refugiado en alguna ciudad latinoamericana y entenderlo como tal, quizá implique que las voces que puedan estar canalizando la periodista colombiana o las fuerzas políticas en Perú, Ecuador o Chile construyan la dimensión de la realidad que transformó al que está enfrente de ciudadano a refugiado.
Comprender tantas dimensiones de la realidad del que está enfrente como podamos permite entender mejor el contexto del que viene. Esto es algo que hacemos en la complejidad cotidiana del día a día, donde llamar las cosas por su nombre nos da la oportunidad de comprenderlas mejor y actuar con algo de coherencia. Entender al que está enfrente no implica justificar sus acciones ni mucho menos, pero sí da la oportunidad de comprender la complejidad de sus circunstancias y en tal sentido hacernos una mejor idea de ese otro, lo que nos permita a su vez comprendernos mejor a nosotros mismos y nuestras posibilidades, perspectivas al respecto y así, al menos, tener mejores herramientas para decidir qué decir y cómo decirlo, sea la sanción de leyes o una columna en un periódico que afectará a miles. @medina_anderzon
Anderzon Medina Roa