Realidades dichas

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Cada mañana, como muchos, escucho radio y así me hago de esa visión de país mostrada en programas informativos y de opinión. Con esa pauta de información, empiezo la mayoría de los días, y, al ser analista de discurso por formación, esa costumbre alimenta mi oficio de lingüista que busca seguir comprendiendo cómo es que se construye el día a día con las palabras que decimos y no menos importante con las palabras que nos dicen.
La realidad que vivimos la nombramos, lo que hacemos según la entendemos. Es decir, nombramos la realidad que vemos y con ella entendemos el mundo que vivimos, un mundo en el que nos desenvolvemos y asumimos como natural. En tal sentido, al oír los titulares de la prensa y lo que los opinadores tienen que decir al respecto, día tras día, vemos lo que esas realidades dichas muestran: medicinas (o la falta de ellas), malnutrición, sanciones a personalidades públicas y su efecto en el ciudadano de a pie, el hecho político, ese gobierno instalado y en ejercicio, ese otro gobierno nombrado e incapaz de hacer mucho más que campaña para unas elecciones que aún no se atreve a admitir. Tramas de corrupción y un largo etcétera.
Entre esas noticias que destacan semana a semana, se habla sobre la situación de la criminalidad en Venezuela, que el delito que más nos aqueja es el de la corrupción, la que ha impregnado cada nivel social y hace que haya que pagar más por bienes y servicios que deberían estar garantizados. Entonces, piensa uno en gasolina en dólares, gas doméstico en pesos, cisternas de agua, plantas generadoras de electricidad (que usan gasolina dolarizada) y alimentos a precios exorbitantes. En fin, en Venezuela nombramos la corrupción, la construimos a cada rato y la naturalizamos en un ejercicio de instinto de supervivencia.
Este constante ejercicio de supervivencia ha hecho que la cotidianidad de los más de los venezolanos haya sido reducida a preocupaciones por satisfacer necesidades mínimas, lo que afecta esa forma en que entendemos, nos adecuamos, normalizamos y nombramos las realidades que vivimos. Ocuparnos de procurar elementos esenciales para la vida dificulta que podamos siquiera contemplar aspectos socialmente productivos, de creación, emprendimiento, participación de sistemas sociales y económicos dinámicos que procuren una normalidad en la que haya aspectos mínimos de convivencia y respeto mutuo. Hemos cambiado como sociedad, porque, forzados, aprendimos a vivir una realidad de supervivencia constante que nos envuelve y distrae, hace que olvidemos normas de convivencia básicas; lo que vivimos en el largo etcétera aludido más arriba. Sin embargo, la capacidad de cambio es una que no se pierde, al procurar realidades menos hostiles aprenderemos de nuevo y mejor a nombrar aspectos de cotidianidades más cordiales en las que las realidades nombradas y normalizadas estarán impregnadas de elementos de convivencia y respeto y no solo de supervivencia, de la supervivencia del más fuerte. @medina_anderzon
Anderzon Medina Roa