Versiones de una crisis

Anderzon Medina Roa's picture

Una situación crítica, por muy generalizada que sea representada, implica tantas realidades como sujetos se vean involucrados en la misma. Las crisis son también hechos comunicacionales. Es decir, hechos y opiniones diarias reportados en los diversos espacios noticiosos (prensa, radio, televisión, redes sociales) muestran las diversas caras de la crisis, nombrándola y al hacerlo, la construyen en el imaginario cotidiano.

Por ejemplo, se habla en todo el continente de la crisis de refugiados venezolanos, lo que genera reacciones diversas tanto por parte de los pueblos como de los gobiernos latinoamericanos. Vemos actitudes decididamente solidarias de gobiernos que comprenden la complejidad de una crisis que genera un alud de gente huyendo, indetenible por cierre de fronteras o solicitudes de visas humanitarias. Así, en el día a día latinoamericano, la preocupación generada por la crisis venezolana está latente, por la diaria incidencia de una parte de la migración en actividades al margen de la ley. Algo que se ha acentuado con la llegada de venezolanos sin medios de sustento propio a los vecinos hacia el sur, cuyas reacciones nos hacen pensar más en casos de aporofobia que de xenofobia a lo largo del continente. Hay entonces en cada país un crisol de versiones de Venezuela y su situación que se construye en opiniones y acciones gubernamentales, al igual que en las opiniones de los ciudadanos de a pie.

Abundan descripciones y testimonios a diario de la crisis migratoria y lo que la origina. No obstante, en esa diaria construcción discursiva de la tragedia venezolana puertas adentro, es difícil obviar algunas incoherencias con las que nos topamos a diario. Por ejemplo, al pasar a espacios publicitarios en medios de comunicación a nivel nacional (radio, televisión, portales web informativos, redes sociales y así), una realidad distinta es nombrada, referida y, por lo tanto, construida. Allí, se configura un país con una normalidad en la que la gente tiene bastante más que las necesidades básicas cubiertas y puede pensar en un crucero por el caribe, otro por el cono sur, o uno por el mediterráneo, un país en el que la gente invierte en bienes inmuebles en Miami que le garanticen una renta mensual en dólares y si compras varias, te dan la anhelada visa americana. Esa otra realidad nombrada en los espacios publicitarios tiene un target distinto al de las noticias.

El target de las noticias construye su realidad con las carencias que no solo se nombran en los titulares, ni que enuncian algunos opinadores de oficio, sino que las tienen que nombrar ellos mismos cada día al haber hecho del “no hay” o del “no me alcanza” frases aprendidas, y lidiar con lo que estas implican es un ejercicio más para el aguante diario. Y es que la realidad cotidiana la construye el venezolano con resiliencia para sortear la carencia, para poder vivir un día más en una normalidad que se ha venido transformado durante dos décadas.

En contraste, esa otra realidad que se consigue fuera de los espacios noticiosos, por solo señalar un ejemplo, parece de ciencia ficción. Pero no lo es, el target de esa otra realidad no serán solo los enchufados, sino una clase que ha emergido dentro de la sociedad venezolana, que ha aprendido a vivir de la crisis. Podemos hablar de la gran capacidad de resiliencia imbricada en nuestra cultura que nos lleva a ver lo chistoso en la dura cotidianidad, y a esto llamarlo un acto de rebeldía o de supervivencia o ambas cosas. Podemos incluso sentirnos tentados a creer que esta “nueva clase” constituye una maravillosa muestra de la capacidad de adaptación y superación del venezolano frente a situaciones adversas. No obstante, no pienso que las características de la crisis y la nueva normalidad que vivimos sustenten esa creencia.

El discurso de lo político ha impregnado los discursos cotidianos en Venezuela, situándonos a todos en lo retórico, generando inacción, corrupción e inoperancia y, 20 años después, somos el país más pobre del hemisferio. Han sido dos décadas en las que, siguiendo a Fairclough (un lingüista inglés enfocado en el análisis crítico del discurso), hemos normalizado y naturalizado prácticas sociales que solapadamente han transformado lenta pero decididamente nuestra realidad.
Un ejemplo útil: hace 10 años eran impensables las colas de gasolina en Mérida, cuando ya eran normales en Táchira. Hace 20 años eran impensables en Táchira, hasta que llegó el paro petrolero, que representó el contexto necesario para potenciar y generalizar una práctica de algunos ya naturalizada en la frontera por décadas. Esto, enmarcado en un discurso político de soberanía y protección de recursos de la nación que no consiguió eco en un discurso y acción administrativa de control y defensa reales.

Hoy somos un país en el que un día más da igual para muchos: un político dialogando, un ministro declarando, un bachaquero negociando, legisladores y presidentes de la región cerrando fronteras, ciudadanos latinoamericanos que no entienden la complejidad de la situación venezolana. En contraste, para un enfermo (renal, oncológico, de VIH, cardíaco), para un abuelo o un niño en situación de desnutrición, un día significa la diferencia entre vida y muerte; para un adolescente en la frontera puede significar la diferencia entre vivir esa etapa de la vida dentro de la normalidad establecida en el mundo moderno (estudios, amigos, familia, deportes y así) o someterse a la dinámica de una frontera que ha enrarecido lo que otrora habríamos llamado comercio binacional. Esto, también, lo hemos naturalizado, a fuerza de resiliencia y supervivencia, viendo, creando y viviendo diferentes versiones de una realidad que se manifiesta en forma de crisis, de un día a la vez.
@medina_anderzon

Anderzon Medina Roa