La esperanza

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Millones de venezolanos hemos venido haciendo resplandecer, año tras año, la esperanza de salir de esa desgracia que acorrala a Venezuela. La última batalla para salvar del naufragio a nuestras ilusiones, ha girado en torno a Juan Guaidó. Confieso que me veía haciendo mi maleta para regresar a Venezuela, a más tardar, en el primer trimestre de este año que se nos va. No fue una sensación de alguien iluso. No puede pecar de ingenuo en la política, quién como yo, de sus 64 años de vida, por lo menos 51 de estas más de 6 décadas de existencia, han estado consagrados a esta disciplina.
¿Qué ha pasado? Expongo a continuación algunas reflexiones al respecto. El gran déficit ha sido la incoherente estrategia, no la falta de unidad. Ese pretexto no cabe en la realidad dónde se puede fácilmente inventariar la hilera de acuerdos unitarios que tuvieron sus últimos escenarios en las postulaciones para elegir los diputados en diciembre de 2015 y luego el pacto-respetado hasta la fecha-para alternarse en la presidencia de la Asamblea Nacional. En esos convenios se vio de bulto la “unidad”, esa misma que impuso la tesis de promover un Referéndum Revocatorio en mayo de 2016, proceso que luego fue hecho trizas por Maduro y su pandilla con “la ayudita” de Zapatero, Samper y la olla del fallido dialogo dominicano.

¿Por qué cuenta tanto la esperanza? La esperanza fue la verdadera artillería de nuestros padres libertadores. Fue a fuerza de fe y de una fantasía radiante de esperanza, como Simón Bolívar movía las fibras del alma de esos patriotas que lo arriesgaron todo, teniendo por delante desafíos que parecían imposibles de alcanzar victoriosamente, pero que eran metas imprescindibles, como se aprende de la lección que le dio el general San Martin, al jefe político de la provincia de Mendoza, en Argentina, cuando se atrevió a decirle-de muy buena fe -al general San Martin: “carajo, general, no insista más con ese proyecto suyo, eso es imposible de lograr”, y posteriormente recibir como respuesta del general San Martin: “si, general Pueyrredón, es verdad, parece imposible mi sueño de libertad, pero sabe usted una cosa, podrá ser o parecer imposible, pero ese proyecto es imprescindible”.
La misma esperanza inspirada en principios, valores y sueños de libertad que no pudieron liquidar Nereo Pacheco, ni los demás crueles cancerberos de Juan Vicente Gómez en La Rotunda, ni los esbirros de Pérez Jiménez, amaestrados por Pedro Estrada, en los calabozos de la Seguridad Nacional.
La lucha de la Generación del 28, siempre tenía propósitos superiores, porque en medio de las diferencias de sus grandes líderes, surgía y se imponía la grandeza de alma que facilitaba comprender que, “sin una estrategia compartida, jamás se derrotaría la furia de esos desquiciados dictadores y caudillos de pacotilla”.

Por eso es que cuando, desde hace más de dos años venimos como “Quijotes Tropicales”, gritándole al mundo que los venezolanos ¡solos no podemos! liberarnos de las amarras de las mafias que persisten en la perversa tarea de secuestrar a Venezuela, se nos ha querido estigmatizar de “extremistas radicales” y se nos han endilgado los mas ácidos calificativos, desde agentes del G2 cubano, hasta de ser piezas de un sicariato que tiene el encargo de liquidar la “unidad”, respondemos: nada más perverso y falso que esas injurias.

Sólo exigimos coherencia en la aplicación de la estrategia. Que la agenda de la Asamblea Nacional se centrara en dos objetivos superiores a todo portento grupal o personal: 1. designar los Magistrados del Tribunal Supremo de Justicia y 2. designar a los nuevos Rectores del Consejo Nacional Electoral.
También advertimos que “ir a un diálogo sin agenda definida y con moderadores parcializados, como a todo evento se podía inferir en las conductas de los citados moderadores, era cuando menos una temeridad”.

También hemos sugerido que había que mantener la invocación de la Intervención Humanitaria, como una “amenaza creíble”, frente a una corporación delincuencial que dejó atrás, pero bien lejos, la figura de un gobierno en nuestro país. Eso es una mafia.

Finalmente, retomemos la idea de la esperanza que a estas alturas nos aviva la noticia de que un venezolano como JJ Rondón, se incorpora a la misión de articular una línea estratégica que despeje dudas y corrija los trazos torcidos, a la hora de lograr lo que Juan Guaidó prometió desde el pasado 23 de enero: el fin de la usurpación.
Antonio Ledezma