“Bolívar, Venezuela y la República de Chile”

Antonio Sánchez García's picture

“El reino de Chile está llamado por la naturaleza de su situación, por las costumbres inocentes y virtuosas de sus moradores, por el ejemplo de sus vecinos, los fieros republicanos del Arauco, a gozar de las bendiciones que derraman las justas y dulces leyes de una república. Si alguna permanece largo tiempo en América, me inclino a pensar que será la chilena. Jamás se ha extinguido allí el espíritu de libertad; los vicios de la Europa y del Asia llegarán tarde o nunca a corromper las costumbres de aquel extremo del universo. Su territorio es limitado; estará siempre fuera del contacto inficionado del resto de los hombres; no alterará sus leyes, usos y prácticas; preservará su uniformidad de opiniones políticas y religiosas; en unas palabra, Chile puede ser libre.”

Se han cumplido ya más de dos siglos desde que Bolívar, desterrado en Kingston, Jamaica, le respondiera el 6 de septiembre de 1815, en estos términos textuales a uno de sus interlocutores que le demandaran su opinión sobre el futuro de las regiones equinocciales. Asombra su espíritu analítico y su deslumbrante capacidad de previsión, pues su pronóstico se ha cumplido en detalles. Del mismo modo que se ha ido cumpliendo con los años el acierto de su catastrófica mirada sobre los restantes países de la América española. La razón es muy simple: atendía a las particularidades con los que las repúblicas del continente se zafaban de la horma impuesta por tres siglos de colonialismo español y buscaban su propia constitución. Le hubiera resultado extremadamente doloroso constatar que de todas las repúblicas entonces por él analizadas, la de peor desempeño, como que a estos dos siglos de distancia volvería al estado salvaje, bárbaro y primitivo de sus peores primeros tiempos, sería su amada y con él ingrata y torturante Venezuela. Que como para escarnio de su obra, cumpliendo a cabalidad sus peores temores, expresados con lacerante lucidez en carta que le dirigiera desde Popayán, el 6 de diciembre de 1829 – a un año exacto de su muerte en Santa Marta – al joven Antonio Leocadio Guzmán, su último emisario: “Si algunas personas interpretan mi modo de pensar y en él apoyan sus errores, me es bien sensible, pero inevitable: con mi nombre se quiere hacer en Colombia el bien y el mal, y muchos lo invocan como el texto de sus disparates.” Colombia era, en sus labios, el sueño de su vida: la república unida de la provincia de Venezuela y el reino de Nueva Granada, esa Gran Colombia sobre cuyos hombros esperaba asentar la libertad, la prosperidad y el progreso de la América española. La revolución, pues se trata de una revolución en los términos más estrictos, convocada en su nombre se ha dedicado con acuciosa parsimonia y un aterrador talento a hacer tabla rasa de su obra, devastar espiritual y materialmente a la república y volverla al estado de barbarie, anarquía, ultraje y humillación en el que la dejara el paso de las hordas salvajes y las atrocidades hispano venezolanas de la Guerra a Muerte.

La extrapolación entre una y otra república se cumpliría en los términos planteados por el Libertador hasta en sus más mínimos detalles, acentuados por el carácter de sendos desarrollos socio históricos. Chile afianzándose en su civilidad republicana y esforzándose por constituirse con tenacidad, conciencia y disciplina en una sociedad y un Estado modernos, a pesar de los escasos dones materiales con que lo recompensara la naturaleza. Venezuela, entre tanto, acumulando y acrecentando el lastre de su caudillismo militarista y salvaje, hasta encontrarse súbita e inesperadamente, mientras sufría de una de las tantas dictaduras y tiranías que padeciera, con la colosal irrupción del pozo de petróleo más grande del planeta. De la noche a la mañana, enterándose en 1923 por la explosión del Pozo La Rosa, en Cabimas, se convertiría en la primera reserva estratégica de petróleo del mundo. Precisamente cuando el con razón bautizado como oro negro se convertía en el elemento clave de la prosperidad y desarrollo desatados en las sociedades industrializadas del siglo XX. Recogiendo, por sus servicios como proveedor de la principal materia primera de las sociedades industriales, las migajas correspondientes a un país portátil. Para terminar aherrojándose a los pies de una tiranía bárbara y primitiva, miserable y despótica. Un asombroso elipsis de poder, como diría nuestro admirado Ramón Díaz Sánchez.

El sólo hecho de haber yacido durante millones y millones de años sobre un colosal depósito de bitumen prehistórico permitió que, sin comérselo ni bebérselo, el primitivo y salvaje cuero seco de don Antonio Guzmán Blanco, heredado por Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez viviera el sueño de setenta años de veranos y cuarenta de resplandeciente democracia: la población más dichosa del mundo, la moneda más fuerte del planeta, el ocio más paradisiaco de la civilización judeo cristiana.

Se ha cumplido el ciclo: el petróleo ha dejado de manar destruidas sus fuentes y malversadas sus riquezas por la estupidez de sus ciudadanos, el sueño se convirtió en pesadilla, hemos llegado a ser lo que éramos y la barbarie y los desastres han vuelto a reinar por sus fueros, como en marzo de 1812, cuando en jueves santo se vivieran los espantos del terremoto de Caracas, los negros de barlovento amenazaran con caerle a saco a la capital de la república, comenzaran los furores de la Guerra a Muerte, para nada: en 1832 Caracas viviría el espanto de Cisneros y sus tropas de ladrones que volverían a asediar a nuestros tranquilos moradores, sin contar con la tragedia de la Guerra Federal, que bajo las órdenes del héroe de Chávez, Ezequiel Zamora, sería arrasada por lametralla y el fuego la incendiara de cabo a rabo.

Bendecida por Dios con una naturaleza prodigiosa, no contó con la bendición de sus hombres. Han logrado devastarla y la tienen al borde de su extinción. Una auténtica e insólita obra de demolición histórica. @sangarccs
Antonio Sánchez García