El despertador barbudo

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¡Despertó Chile! – gritaban izquierdas, centros y derechas tras del frustrado asalto castrocomunista al poder. Que el despertador barbudo, en lugar de hacer sonar sus campanillas, le prendiera fuego al país por sus cuatro costados, hasta asomarse a los cuarteles, donde Pinochet y la caravana de la muerte duermen el sueño de los justos, mide la verdadera intención de los que le dieron cuerda al despertador en Cuba y Venezuela. Porque el fin no era sacudir la modorra siestera del parlamentarismo chileno, ese del five o’clock tea en el Congreso y los abrazos entre rojos y grises en los pasillos del Parlamento, ni muchísimo menos hacer el gigantesco esfuerzo de apoderarse de los cañones de Navarone, sino terminar en un acuerdo transversal de moros y cristianos para una constituyente deslavada, pasteurizada, vacunada y controlada por los viejos dueños del Poder. Al extremo que el 20 de abril del 2020, vale decir: dentro de seis meses, medio año y todos esos meses de adormecimiento vacacional, se convocará a votar si se acepta o no se acepta plantearse una Constituyente. ¿Tanto nadar para ahogarse en la orilla?

La diferencia, la brutal diferencia entre los gestores de lo político en Chile, respecto de Venezuela y Cuba, países estos últimos incomparablemente menos dotados, cultos, experimentados y rigurosos en los combates amigo-enemigo que suelen caracterizar la gerencia de los asuntos públicos, es que en Chile los partidos e instituciones políticas, culturales y mediáticas dominan el arte de sublimar, metabolizar y digerir sus conflictos políticos sin que sus techos se vengan abajo. Que una vez dominados suelen pasar a la memorabilia y hemerotecas dando nombres a calles, plazas y avenidas. Venezuela tiene a su haber no cien, sino cientos de revoluciones inmensamente mayores que los ataques chilenos recientes. Y nació a la República no con algunos cientos de muertos en combate, sino con algunos cientos de miles. Tres mil muertos, saldo probable del golpe de Estado y los 17 años de mando y gobierno del general Pinochet, fue el saldo de la última batalla librada por el futuro tirano y compadre del presidente Cipriano Castro, Juan Vicente Gómez a comienzos del Siglo XX en la llamada Batalla de Ciudad Bolívar. Los causados por la Guerra a Muerte decretada por Bolívar no bajan de los trescientos mil muertos. Y los de la Guerra Federal treinta años después, otro tanto. Algunos exageran, pero lo único cierto es que al finalizar la Guerra Larga o Guerra Federal, que pone fin al largo interludio bélico que da nacimiento a la República, la aristocracia mantuana – como se llama en Venezuela a su clase dominante (sus mujeres disfrutaban del derecho a ir a la Iglesia llevando un manto sobre sus hombros) – ha sido literalmente exterminada de la faz de la tierra. Venezuela jamás podrá ser gobernada por algún miembro de su aristocracia, tal como Chile lo sigue siendo hasta hoy: la aristocracia se extinguió a mediados del Siglo XIX. Como lo he escrito en un artículo anterior – “El Chile clasista que Vargas Llosa desconoce” – en esas porfiada y tozuda sobrevivencia radica en gran medida el odio, el rencor y la furia de los últimos eventos.

Es de agradecer que la sangre no haya llegado al río, como lo hemos temido con sincera preocupación. No se repetirán los Idus de Septiembre. Pero que los chilenos hayan metabolizado los hechos y hayan detenido el asalto, no libra ni a Chile ni a la región de la permanente amenaza del castro comunismo. También hemos dicho que si el Grupo de Lima y las cancillerías hubieran comprendido la inmensa gravedad regional y global que significa permitir y tolerar el control de Venezuela por el castro comunismo cubano y hubieran asistido a sus demócratas a desalojar la tiranía, todas esas muertes, saqueos y destrozos se hubieran ahorrado. Y los que continúan amenazando a la región, de no rectificar el rumbo de la política de seguridad continental, de Canadá a la Patagonia. Que desde el gobierno de Sánchez-Iglesias y los Reyes de España a los cancilleres europeos siguen protegiendo al castrismo cubano.

Asistir generosamente a la oposición venezolana y facilitar la intervención humanitaria para desalojar la tiranía con todos los medios armados y pacíficos que hagan falta, es la única política útil y verdaderamente necesaria para poner en vereda a la tiranía cubana y restablecer el dominio liberal democrático sobre nuestra región. Quienes no lo entiendan terminarán pagando un precio muy alto: la pérdida de la libertad. @sangarccs

Antonio Sánchez García