El Katechón

Antonio Sánchez García's picture

Lector fervoroso de las epístolas de Pablo y los sabios comentarios de Carl Schmitt, de Giorgio Agamben y de Jacob Taubes, a los que he hecho referencia en los artículos sobre el problema del Estado en medio de una crisis de excepción como la gravísima y ejemplar por la que hoy atravesamos los venezolanos, debo resaltar la inmensa importancia que reviste para el análisis de la actual coyuntura política por la que atraviesa América Latina que el concepto paulista de Katechon, del que el apóstol hace expresa referencia en su segunda epístola a los Tesalonicenses, sea dilucidado. Con él, el apóstol se refiere específicamente al imperio cristiano como barrera contra el anticrito, o Katechon. Dice Carl Schmitt en El Nomos de la Tierra: “Lo fundamental de este imperio cristiano es el hecho de que no sea un imperio eterno, sino que tenga en cuenta su propio fin y el fin del eón presente, y a pesar de ello sea capaz de poseer fuerza histórica. El concepto decisivo de su continuidad, de gran poder histórico, es el de Katechon. Imperio significa en este contexto la fuerza histórica que es capaz de detener la aparición del anticristo y el fin del eon presente, una fuerza qui tenet, según las palabras de san Pablo apóstol en la segunda Carta a los Tesalonicenses, capítulo 2.”(1)

La historicidad concreta del katechon se extiende durante toda la Edad Media, que forja y blinda la autoridad y legitimidad de un reino cristiano libre del mal gracias a la vigencia del imperio de Cristo. Secularizado, el concepto alude a las fuerzas disolventes de una legitimidad institucionalizada tras el concepto del Estado y del orden liberal democrático, vale decir: a las fuerzas que tras del asalto de la razón dislocan toda estabilidad, toda libertad y propician el caos y la anarquía para imponer una ordenación dictatorial totalitaria. Un régimen de partido único que hace tabula rasa de las tradiciones históricas, colectiviza todos los órdenes de la vida social, monopoliza bajo la hegemonía del poder estatal todos los bienes y toda productividad, liquida toda individualidad e impone el imperio del poder único y total.

Bajo el concepto de katechon bien podrían englobarse las fuerzas que impugnan el reino de la libertad y pretenden el dominio totalitario de la sociedad para esclavizarla y ponerla al servicio del partido, el grupo o la clase que detenta su control. Llevado al terreno de la dialéctica, el katechon estaría conformado por las fuerzas del socialismo dictatorial, enemigas del liberalismo, la libertad y el orden económico mundial que lo sostiene. Todas ellas agrupadas desde Octubre de 1917 tras la revolución rusa y alineadas desde el fin de la Segunda Guerra Mundial con la Unión Soviética y China. En el caso de América Latina, irrumpidas en nuestra ordenación política tras el triunfo de la llamada revolución cubana y la división de nuestros factores de poder social y político entre comunistas y anticomunistas, castristas y anticastristas. En una palabra, el katechon es el castrocomunismo. Piedra de tranca entre las dos grandes variables de nuestra vida política, perfectamente articulables entre las dos alternativas que nos definen desde el 1 de enero de 1969: castrismo o liberalismo, dictadura o democracia.

Han debido transcurrir sesenta años de dominio totalitario en Cuba para que surja una conciencia global de su naturaleza imperial, injerencista y dictatorial y se demuestre toda inutilidad y contraproducencia por intentar alcanzar un modus vivendi con la tiranía castrocomunista. Como el intentado por Carlos Andrés Pérez, Felipe González y César Gaviria en los años setenta y ochenta. Antes que contribuir a liberalizar a la sociedad cubana y convencer a Fidel Castro de reintegrarse a Hispanoamérica como una comunidad democrática de naciones, dichos esfuerzos le dieron alas al castrocomunismo para que interfierera de modo aún más abierto y tolerada en la dislocación de nuestras naciones. Tras esos absurdos y antihistóricos intentos, el castrismo avanzó hasta apoderarse de Venezuela, convertida en una siniestra satrapía castrista, contaminó a las más importantes democracias regionales logrando colocar sus fichas en Ecuador, Bolivia, Perú, Chile, Argentina, Uruguay, Brasil y Colombia. Llegando incluso a dominar indirectamente la Secretaría General de la OEA a través del cstrosocialista chileno José Miguel Insulza y convertirse en interlocutor privilegiado del Departamento de Estado y la Casa Blanca bajo la presidencia de Barak Obama y la Secretaría de Estado de Hillary Clinton. A la muerte de Hugo Chávez, en La Habana y por causas jamás conocidas, y ya al borde del sepulcro, Fidel Castro había alcanzado su máximo poderío continental desde su asalto al Poder. Y ello bajo la tolerancia, incluso el respaldo de las democracias liberales del hemisferio.

Coincide el apogeo del castrocomunismo en la región con el alza de los precios del petróleo y la insólita generosidad del gobierno chavista, que financiara a Cuba y a todos los gobiernos alineados con La Habana. Coincidiendo su caída y decadencia con la caída de los precios del petróleo y el brutal descrédito de la dictadura madurista, carente de todo respaldo popular y sostenida exclusivamente por sus fuerzas armadas y la tolerancia de los gobiernos regionales. Todo ello a pesar de los ingentes esfuerzos en contrario llevados a cabo por el nuevo Secretario General de la OEA, Luis Almagro. Las democracias latinoamericanas, incluso las más sólidas y aventajadas, han fracasado en su tarea de oponerle un muro de contención a las fuerzas del Katechon. Minadas interiormente por sus izquierdas castrocomunistas, han debido atender a su propia estabilidad antes que asumir sus obligaciones globales. Una política de doble filo que aún oculta sus eventuales consecuencias.

La importante victoria de Jair Bolsonaro en Brasil, aún pendiente de su desenlace electoral, de cuya dimensión dependerá en gran medida el ámbito de acción que le posibilite a futuro en un nuevo ordenamiento político estratégico hemisférico, abre perspectivas inéditas en la lucha de América Latina contra el endémico mal del castrocomunismo, que la aqueja. Imposible olvidar que fueron las fuerzas armadas brasileñas las primeras en enfrentarse a la primera oleada de castrocomunismo regional, derrocando a su ficha brasileña, Joao Gulart y montando la primera dictadura militar orientada a anteponerle al castrocomunismo cubano un muro infranqueable en la región. Son las mismas con las que se identifica el exitoso candidato brasileño. Y con cuya estrategia regional parece sentirse identificado.

¿Será el gobierno de Jair Bolsonaro el inicio de una acción concertada de las democracias liberales de América Latina – Argentina, Chile, Colombia, Panamá – coordinadas con el gobierno norteamericano de Donald Trump y el canadiense de Justin Trudeau contra el Katechon del castrocomunismo cubano? ¿Intervendrán finalmente en nuestro territorio liberando a nuestro pueblo de la tiranía madurista? De la respuesta afirmativa depende nuestro futuro como Nación. @sangarccs

Antonio Sánchez García