Guaidó, el cambio y la esperanza

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Todo proceso histórico es inédito. También el venezolano. Y a pesar de contar con tantos obstáculos, muchos de ellos productos de nuestra propia inmadurez, el nuestro ha sabido satisfacer las dos máximas aspiraciones que han guiado nuestra conducta: superar esta tragedia por medios pacíficos y constitucionales. Secuestradas las fuerzas armadas como nunca antes, ni siquiera como en tiempos de Marcos Pérez Jiménez, una salida insurreccional que pudiera contar con su respaldo, como sucediera al término de su dictadura, se ha mostrado inconducente. Otro 23 de enero, en lo que muchos pusimos tantas esperanzas, se ha demostrado imposible. El daño no sólo alcanzó también a las fuerzas armadas: su fractura irreversible fue causa y consecuencia de nuestra crisis.

Muchos supimos desde un principio que dada la hondura del zarpazo y la gravedad del asalto, sin el concurso de la comunidad internacional estaríamos condenados al fracaso y la tiranía terminaría por consolidar sus pretensiones totalitarias. Y también tuvimos claro que sin un cambio muy profundo en las tendencias hegemónicas del hemisferio, a saber: la victoria de las fuerzas liberales, incluso conservadoras, que alcanzaran la comprensión de la naturaleza totalitaria del chavismo y el influjo determinante de la tiranía cubana, que coadyuvase a un cambio profundo en la correlación de fuerzas, sacudirnos del yugo del comunismo sería prácticamente imposible.

Para nuestra inmensa fortuna, la crisis política global ha caminado en dicho sentido. La sorprendente victoria de Donald Trump canceló radicalmente la absurda y contraproducente política contemporizadora de Obama y los demócratas norteamericanos para con la tiranía cubana. Las victorias de Macri, Piñera e Iván Duque frenaron el expansionismo del castro comunismo en nuestra región. Y la aplastante derrota de Lula y del lulismo vino a precipitar el fin del Foro de Sao Paulo. Jair Bolsonaro no sólo representa una clara alternativa al populismo lulista: su claridad estratégico global ha venido a darle un poderoso impulso a las fuerzas anti comunistas del hemisferio. Lo cual, sumado a la emergencia de Luis Almagro al frente de la Organización de Estados Americanos, ha terminado por configurar un panorama macro político altamente favorable a los intereses de los sectores liberal democráticos de nuestro país.

Todo indica que España, una referencia inmediata de la política latinoamericana, de la que forma parte por razones de identidad histórica, terminará este extraño ciclo abierto más por la crisis interna del Partido Popular y los graves errores de conducción de Mariano Rajoy que por un cambio en la sensibilidad del electorado: Pedro Sánchez literalmente asaltó el poder mediante un golpe parlamentario sin contar siquiera con el número de diputados suficientes como para legitimar su investidura. No es seguro que el PP, liderado por Pablo Casado, logre la mayoría. Pero lo más probable es que pueda asumir la próxima legislatura respaldado en una coalición de fuerzas de la centro-derecha española.

Son circunstancias internacionales altamente favorables que una oposición unida en razón de un proyecto histórico común podría aprovechar para apresurar la salida del régimen y de Nicolás Maduro, ya prácticamente moribundo, que ya hubiera hecho mutis sin el respaldo de una alta oficialidad corrompida y las presiones insostenibles de la tiranía cubana, principal beneficiaria de esta dictadura. Y abrir paso de una vez a una transición que permitiera no sólo el restablecimiento del Estado de Derecho, sino el comienzo de la reconstrucción material y espiritual del país. Una misión histórica que debiéramos acometer cuanto antes. Y que sólo será posible con el acopio de todas nuestras fuerzas, todas nuestras inteligencias y todos nuestros talentos. Sin la más mínima discriminación partidista. Las transiciones de España y de Chile son ejemplares a este respecto.

Como lo señaláramos al inicio, ha sido el recurso al artículo 233 de la Constitución y el nombramiento del diputado de Voluntad Popular Juan Guaidó como presidente de la directiva, el 5 de enero, así como la aceptación por su parte de la juramentación el 23 del mismo mes, la característica inédita de nuestro proceso. Lo transcurrido desde entonces, me lleva a temer que en las formalidades de esa característica y en la figura del diputado Guaidó en tanto presidente interino se concentren todas las atenciones y todos los esfuerzos de la acción opositora, descuidando lo verdaderamente esencial: el proceso de reconstrucción de la Venezuela misma. Basada, por definición del propio líder del proceso, en torno a tres ejes nodales: el fin de la usurpación y el desalojo del usurpador, el paso a la transición y las elecciones generales.

Ninguna de esas tres tareas históricas puede cumplirse a cabalidad sin un profundo y auténtico entendimiento de todas las fuerzas políticas y sociales del país. Sin el respaldo de la Nación. Nada sería más contraproducente que entremezclarlas, confundirlas y menospreciarlas. No vivimos un cambio burocrático de gobierno, que pueda resolverse con algunos nombramientos a capricho de quienes las circunstancias han puesto provisoriamente al mando del proceso: vivimos un sisma sociopolítico de dimensiones revolucionarias. Debemos actuar en consecuencia. Desde luego, dado el reconocimiento de la Asamblea Nacional como el factor determinante de este proceso, reconocida en su única y exclusiva legitimidad en simultáneo con el reconocimiento de la legitimidad de Juan Guaidó como presidente encargado por la comunidad internacional, ha puesto a la asamblea en el centro de la acción pública. Pero ello no debiera hacernos olvidar que el cambio histórico al que debemos abocarnos debe privilegiar, en primerísimo lugar, el protagonismo del soberano y, en consecuencia, el entendimiento de todas las fuerzas políticas y sociales que lo representan. Mucho más que un Pacto de Punto Fijo, estrictamente político y partidista, que pudo descansar en sus tres actores principales dada la situación de relativa normalidad socioeconómica, incluso de prosperidad, progreso e intangibilidad soberana en que se encontraba el país, en incomparable mejor situación que la debacle que enfrentamos hoy. Bastó el acuerdo suscrito en Nueva York entre Rómulo Betancourt, Rafael Caldera y Jóvito Villalba para soldar el respaldo político a la tarea de construir el futuro. Y abrirle paso al período más próspero y pacífico de nuestra historia.

Para que Juan Guaidó trascienda del simple papel de presidente encargado que el destino le ha brindado, debiera asumir el liderazgo del proceso histórico mismo. Convocar a la unidad de todas las fuerzas y sectores del país, superando las divisiones y enfrentamientos que aún nos lastran, poniéndose a la cabeza de la marcha del país por su recuperación y sofrenando cualquier mezquindad dictada por ambiciones espurias. Si así fuera, pasará a la historia. No como el hombre que un capricho puso al frente de un país desorientado, sino como el estadista que Dios le brindó a Venezuela para reconquistar su futuro. @sangarccs

Antonio Sánchez García