La infinitud de la tristeza

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“La democracia está en retroceso en el mundo, también en Latinoamérica. Si en la década de 1990 toda la región, salvo Cuba, había establecido marcos democráticos plenos, hoy son diversos los países americanos que muestran serias deficiencias democráticas. Y lo peor es que esos sistemas que podrían calificarse de 'iliberales' pueden muy bien no ser una excepción temporal: si algunos países latinoamericanos se anticiparon en la senda populista, la extensión del populismo a otras partes del mundo hace que ya no exista una situación democrática 'normal' a la que regresar.”

Lo dice el periodista español, corresponsal del ABC de Madrid en Washington, Emili J Blasco: La "ventana democrática" se cierra sin que América Latina la haya aprovechado. Lo "ilusorio" de la que se pensó que era la "primavera latinoamericana" (@ejBlasco). Situado en un mirador excepcional para observar la tragedia que arropa al universo y constatar lo que hace o deja de hacer la administración norteamericana para hacerla más llevadera, mientras carga sobre sus hombros, desde la caída del Muro de Berlin, el gravoso e insoportable peso de ser, en solitario, el único policía global. Fue lo que pretendió explicar Francis Fukuyama con su infeliz formulación del “fin de la historia”. Un título atrayente por su espectacularidad, pero tanto más engañoso.

La historia, por determinaciones que escapan a nuestras posibilidades y tienen más que ver con Einstein que con Karl Marx, no acabará nunca, por lo menos hasta el Big Crunch. La enemistad absoluta entre los hombres – guerra de todos contra todos, la llamó Thomas Hobbes - y la infelicidad que lastran la existencia humana son el acicate en contrario: desde los orígenes, escapar de las determinaciones naturales y conquistar el reino de la utopía ha sido el motor insaciable de los quehaceres humanos. Por ello, mucho más exacto y adecuado hubiera sido otro título, que hubiera descrito lo que venía sucediendo desde el fin de la Segunda Guerra y se hiciera manifiesto con la debacle del socialismo y el triunfo de los totalitarismos: “el fin de la utopía”.

Coincide el diagnóstico de Emili Blasco del fin de lo que llama una ventana democrática, con la década de las vacas gordas de los países productores de materias primas, como Venezuela, que se extiende desde 2003 al 2013. Y de la que se aprovechara el castrocomunismo a través del manejo y control del caudillo venezolano Hugo Chávez para financiar al Foro de Sao Paulo y las campañas de Lula da Silva, Néstor y Cristina Kirchner, Evo Morales, Ollanta Humala, Pepe Mujica y Rafael Correa. Coincide, asimismo, para mayor tragedia de la pesadilla venezolana, con la muerte nunca esclarecida del hombre de Castro en Caracas Hugo Chávez y la imposición de recambio en la figura de su agente colombo venezolano Nicolás Maduro como su continuador y heredero. En los hechos encargado de otra misión que la llevara a Chávez al Poder: exprimirle hasta la última gota a la ya esquilmada y agonizante vaca petrolera y devastar a Venezuela hasta hacer de ella “tierra arrasada”. Algo que probablemente Chávez hubiera tenido más escrúpulos en llevar a la práctica con la brutalidad, la impunidad y la crudeza con que la ha cumplido Nicolás Maduro. Maduro, espía del G2 y apparatchick de la nomenclatura cubana no ha trepidado en seguir las órdenes de los Castro al pie de la letra: destruyó PDVSA, vació las arcas del Banco Central y entregó el Estado venezolano, con sus fuerzas armadas incluidas, a las pandillas gobernantes de Turquía, Siria, Rusia y China. Cuba, obviamente, a la cabeza del feroz asalto.

Hay que haber vivido sumido en la atmósfera brumosa, gris y oscura dominante en un régimen totalitario de sesgo marxista leninista, como los de Cuba, Nicaragua y Venezuela en América Latina, o en China, Vietnam, Corea del Norte, la Unión Soviética y sus dictaduras satélites, como la Alemania oriental en la que se criara Michelle Bachelet, actual encargada de la Comisión para la Defensa de los Derehcos Humanos de la ONU, para comprender en toda su plenitud la mediocridad, la miseria, el aburrimiento y la tristeza que condenan la vida cotidiana de sus sufridas víctimas. Alguna vez, caminando por la recién liberada Berlin Oriental recibí una muestra de la amargura infinita que anida en los corazones de quienes fueran esclavizados por la utopía marxista:
“Jamás les perdonaré que nos hayan impedido ser felices escuchando libremente a los Beatles”, me dijo un atribulado berlinés oriental. Yo, que me criara en el Berlin libre y democrático precisamente en los años de fulgor y gloria de los Beatles lo comprendí en toda su trágica dimensión. El capitalismo y la democracia permiten ser feliz sin cortapisas. El socialismo condena a la tristeza y prohíbe la felicidad.

Tuve ocasión de vivir la explosiva y radiante felicidad con que los chilenos vivieron el fin de la dictadura y el renacimiento de su democracia. Lo hice acompañando junto a mi esposa al presidente Carlos Andrés Pérez a la transmisión de mando del general Augusto Pinochet al presidente Patricio Aylwin. No sabíamos por entonces que la muerte, la devastación y la tristeza acechaban en los cuarteles. Reventó en las más de dos centenas de asesinados por los cuatro comandantes golpistas y se hizo carne de Venezuela con los trescientos treinta mil asesinatos con que el siniestro régimen socialista terminara por entronizarse en un país que había olvidado el precio de la felicidad: luchar por la libertad y cerrarle las puertas a la esclavitud.

Lo hemos recordado escuchando la hermosa canción de Vinicius de Moraes, Luis Bonfá y António Carlos Jobim, que se hiciera famosa como banda sonora del filme Orfeo Negro de Marcel Camus, Felicidad: “Tristeza não tem fim
Felicidade sim.” La tristeza es infinita. La felicidad es efímera. @sangarccs

Antonio Sánchez García