La marcha de la locura

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La marcha de la locura -The march of follies – fue el título que le dio la historiadora norteamericana Barbara W. Tuchman a uno de los análisis críticos de la historia de Occidente más certeros y polémicos escritos en las últimas décadas. Su subtítulo lo sintetiza en una frase: la sinrazón desde Troya hasta Vietnam. Un seguimiento permanente a la insensatez reinante podría modificarlo al calor de la porfiada impertinencia de los insensatos que (des)gobiernan la historia: cambie Vietnam por Cuba, por Venezuela, por México, incluso por España y el Grupo de Puebla o el Foro de Sao Paulo, y expresará lo mismo : la tozuda insistencia de los gobernantes en proceder en contra de sus propios intereses. Obedeciendo religiosamente la definición dada por Einstein a la locura: hacer una y mil veces lo mismo esperando resultados diferentes. Y según la definición de Barbara Tuchman de la Marcha de la Locura: actuar tozuda y sistemáticamente contra los propios intereses .

Venezuela ha sido la guinda de la torta de la marcha de la locura de América Latina en las últimas dos décadas. Como para olvidarse de una plumada de las hazañas independentistas. Rica, libre, próspera y encaminada a encabezar la región a nivel global gracias a sus logros políticos – en manos de los mejores, en su momento encabezados por Carlos Andrés Pérez y secundados por una pléyade de grandes intelectuales y técnicos, como Miguel Rodríguez, Carlos Hernández Delfino, Gustavo García, Sosa Pietri, entre otros, y quienes, poniendo la cabeza de playa de un país encaminado a sobresalir en el planeta, en Davos, hubieran logrado el milagro de poner a la Venezuela petrolera en un sitial como el que hoy ocupa Noruega, con sus poderosos fondos de reservas macroeconómicas y sus millones de barriles de producción diarios. Según los cálculos de Miguelito Rodríguez, Venezuela hubiera debido estar produciendo por lo menos siete millones de barriles diario y contar con trillones de dólares de reservas financieras, tanto o más que Noruega . En lugar de apuntar a Noruega o a Arabia Saudita, la vieja y trasnochada élite política e intelectual venezolana que anidaba sus huevos en la Cuarta República, sus directores de medios, sus editores, sus académicos y empresarios, apuntaron a Haití . Caímos de un brinco de Oslo en Puerto Príncipe.

Fue precisamente entonces que sus élites intelectuales, empresariales y políticas tuvieron que entregarse a la imbecilidad de los caciques adecos, masistas y copeyanos y amputarse sus fuerzas más renovadoras e iniciar la gran marcha de la insensatez. En el colmo de las contradicciones, dirigida hacia el despeñadero de su locura por Rafael Caldera y el calderismo, Alfaro Ucero, Ramón Escobar Salom, Arturo Uslar Pietri, José Vicente Rangel, Rafael Poleo, Teodoro Petkoff y el coro que recibiera el golpe de Estado, con sus miles de millones de dólares en destrozos y en perdidas y sus cientos de vidas sacrificadas, bajo el manto del chiripero a paso de vencedores hacia los abismos.

Cambiar a Pérez por Rafael Caldera y a Caldera por Hugo Chávez ha sido la prueba fehaciente de que la marcha de la locura se había apoderado del ritmo vital de un país que venía de éxito en éxito . Para trocar esa marcha de la sensatez por la marcha de la locura: de lo mejor a lo peor. Y como para demostrar que la locura se siente a sus anchas en los cenáculos académicos y en las alturas de los comandos políticos, los directores de la banda de la locura no escatimaron en prodigarse por hundir a su país en la cloaca insondable de su miseria: Arturo Uslar Pietri, Juan Lizcano, Ramón Escobar Salom, Maíz Vallenilla, José Vicente Rangel, Miguel Henrique Otero y esa plétora de abajo firmantes que terminarían por hundir a la Venezuela próspera en la inmundicia de la miseria.

No por haber cumplido su cometido y terminar por enrumbar al país por la marcha de la locura, han cesado los delirios . Si antes prefirió a Caldera frente a Pérez, ahora, bajo el comando general del más analfabeta de los presidentes de su historia – para mayor INRI ni siquiera nacido en el país – prefiere a los cagaleches de Voluntad Popular a la hora de escoger un presidente interino. Sin siquiera definir previamente en qué consiste ese interinato, cuáles son sus poderes y atributos, a quién o a quiénes deberá darle cuentas, se saca de la manga a una de las fichas de la familia López Mendoza, súbitamente encumbrada a la jefatura de los boyardos.

No es el flautista de Hamelin. Es el trombonista de Leopoldo López. Ante el absoluto silencio de la manada. Acobardada por el chantaje unitario, la subordinación a las mafias asamblearias, el complejo de superioridad. ¿Cómo podría sacar de la locura a un país definitivamente extraviado un joven e inmaduro político inexperto y oportunista, que insiste en pegar un huevo roto? Ya agarramos el ritmo y marchamos al compás de la locura . Que Dios se apiade y compadezca. @sangarccs

Antonio Sánchez García