La Nausea

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No me refiero a la famosa novela con la que Jean Paul Sartre diera base ontológica a su metafísica de la existencia: La Nausée. Escrita en 1934, bajo el poderoso influjo de la obra de Husserl y Heidegger y, desde luego, como ellos, bajo el siniestro amanecer del nazismo. Si bien, angustiado por el vacío de la existencia misma, en sí, meta histórica, causante de la náusea que afectaba a la modernidad vivida por Sartre directamente en sus fuentes y que diera lugar al existencialismo, que marcara el pensamiento filosófico de la pos guerra.

Es una nausea más pedestre y coloquial, que no nos afecta a nivel intelectual y visceral, como debiera, sino al inmediato de nuestra vivencia existencial, inmediata. Provocada por el nivel de putrefacción social, de corrupción generalizada e inmundicia imperante a todos los niveles de la sociedad venezolana, pero particularmente al nivel político, dirigencial, de las élites: los partidos, el parlamento y, desde luego y sobre todo al prostibulario nivel del gobierno imperante.

Rayma, una de las más lúcidas y expresivas conciencias políticas de la Venezuela corrompida, corrupta e irremediablemente perdida en el laberinto de sus cloacas históricas, lo ha retratado en la caricatura de un pobre ser viviente inclinado sobre una poceta, mientras vomita hasta sus vísceras. Yo, que en algún momento predije que esto comenzaría a cambiar cuando todos nos encontráramos en la orillas del Guaire vaciando nuestros detritus nacionales, jamás imaginé que la cima de esta montaña de excrementos no la alcanzaríamos bajo el imperio del castro comunismo militarista y caudillesco reinante, sino bajo los horrendos e inaceptables desafueros de seres que algún día consideramos ejemplares, puros y castos, en cuyas manos reposaba el futuro de la Patria. Leopoldo López, Julio Borges, Henry Ramos Allup y todos los suyos.

Me equivocaba. Lo propio, original y arquetípico de esta inmundicia nauseabunda que nos paraliza es que se origina en las propias fuentes de la oposición, en cuyo máximo representante, el diputado Juan Guaidó ha encontrado el factor desencadenante. Nadie, ni el más furibundo guaidosiano – diputado o periodista, columnista o heredero de la más alta prosapia guerrillera – puede negar ese hecho: a pocos días de instaurarse lo que se dio en llamar “gobierno interino”, al que todos los demócratas venezolanos respaldamos con entusiasmo, salvo excepciones que ni siquiera vale la pena mencionar, puede negar la inconmensurable gravedad de los sucesos de Cúcuta. Puestos al día y expuestos a la faz del planeta con la mayor verosimilitud y crudeza por el propio embajador en Colombia, testigo presencial de los hechos, Humberto Calderón Berti. ¿No eran todos los datos conocidos y revelados suficientemente angustiosos y desesperantes como para caer rendido por los estertores de hechos tan nauseabundos?

¿Con qué derecho denunciar los casos de una corrupción tan generalizada y brutal como la puesta en acción con la bacanal del golpismo chavista, si ella no es asunto exclusivo de autoría dictatorial, sino mal endémico que se encuentra a flor de piel en cada venezolano que quiera o no queriendo aproximarse a la esfera de lo público se acerca al poder de quienes tienen acceso y poder sobre la hacienda pública? ¿Es la Venezuela de Maduro y la tentativa respuesta de Juan Guaidó víctima de una pandemia incurable? ¿Somos un caso perdido?

Yo no he trepidado en hacer lo que mi conciencia me dicta: exigir la inmediata destitución y/o renuncia de Juan Guaidó y todo su equipo acompañante, como para comenzar nuestros esfuerzos rectificadores con una acción definitoria y concluyente. Sin vacilaciones ni ambigüedades causadas por el mal endémico del compadrazgo, sin la disposición a alcahuetear todo acto indigno de un servidor público, ni las clásicas maromas del maniobrerismo político, el “muñequeo”, la concupiscencia y la tolerancia habituales en los usos y hábitos palaciegos de la politiquería venezolana. La gravedad ontológica, existencial de las razones de esta “náusea” nos obligan a proceder con la mayor rigurosidad y estrictez.

Vuelvo y repito: escamotear la gravedad de lo ocurrido bajo la influencia y las órdenes del partido Voluntad Popular , Primero Justicia, el G4 y su máxima dirigencia, desplazando la preocupación ante los actos dolosos cometidos y su debido castigo y rectificación, por la discusión en torno “al cargo”, “el fin de este primer capítulo de interinato” y la figura que “debiera cumplir el papel que hasta entonces ocupará Juan Guaidó”, no hace más que profundizar el hiato y adentrarnos en la cloaca destapada.

Lo que hoy se impone es trazar una línea de sombra que divida los campos opositores entre los corruptos y corruptibles de los incorruptos e incorruptibles, y apueste todas nuestras fuerzas de cambio al predominio de estos últimos. Desde luego, Juan Guaidó no tiene la autoridad moral como para pretender ser reelegido. Y tampoco la asamblea nacional, antes que electa, designada por los partidos que en ella actúan, tiene la autoridad moral como para seguir mangoneando sobre las fuerzas en pugna. Es el momento de los mejores. Esperamos su voz. @sangarccs

Antonio Sánchez García