Requiestcat in pace

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A mis muertos, in memoriam... En Venezuela también los muertos son asaltados. Decir profanados sería subir de categoría el despojo, en cualquier país medianamente decente impensable, de que son víctimas las tumbas, ahora también del Cementerio del Este. Para mis lectores que disfrutan de la inmensa fortuna de no vivir en la Venezuela bolivariana debo explicarlo: el Cementerio del Este es el mejor cementerio del país. De estilo norteamericano y establecido en los años de la bonanza y la libertad democráticas, tratase de grandes y hermosas explanadas en los altos de unas colinas del sureste caraqueño, que un uso menos rentable bien hubiera podido convertir en campos de Golf. Y que el urbanismo propio de un riquísimo y pobre país subdesarrollado, partido en la mitad por la diferencia de ingresos de una población semi ignorante y más bien incivilizada, ha adosado, de un lado, a la zona más rica y privilegiada de la ciudad, el Sur Este; y del otro al despreciado y maltratado habitáculo de la pobresía, el Sur Oeste, del otro.

Ya el antiguo Cementerio General del Sur, tradicional camposanto capitalino de la Venezuela colonial o recién independizada, que sufrió la tremenda desgracia de quedar enclavado en el corazón del subdesarrollo, en pleno Oeste de la capital, ha sido suficientemente saqueado, ultrajado y pervertido. Y los ilustres venezolanos que tuvieron la fortuna de morir en tiempos en que la muerte era respetada y los difuntos debidamente honrados recibieron el postrer castigo de yacer en lo que con la modernidad petrolera se convirtió en parodia de las ruinas de un campo de batalla. Por poner un solo ejemplo: los restos de Don Rómulo Gallegos, cumbre de la literatura nacional y primer presidente democráticamente electo de la Venezuela contemporánea – resistiría unos pocos meses de poder para ser derrocado por la primera dictadura militar moderna de la Venezuela tiránica, la del coronel Marcos Pérez Jiménez – desaparecieron tras el sistemático saqueo de sus restos. Como si se tratara de la escenografía de la serie Walkings Deads o del vídeo de Michael Jackson, es nido de delincuentes, asaltantes y desarrapados hampones y malvivientes que practican la santería y otros rituales afrocubanos importados por el chavismo como mecanismos de sumisión. Allí encuentran a la mano, absolutamente desprotegidos, cráneos y otros restos óseos útiles y necesarios a sus prácticas seudo religiosas. Y quien tenga el valor de aventurarse por sus osarios y sarcófagos vaciados verá altares dedicados a los malandros que entraron a la posteridad de la adoración del malandraje tras caer acribillados o acuchillados en su ley. Es el propio santuario de la criminalidad.

A pesar de ser como una plaza rodeada desde galerías imaginarias por barriadas de la pobresía y el lumpenato criminoso del Sur Este, los campos del Cementerio del Este no se prestan a tales prácticas nefandas. Pero sus lápidas de bronce – las hay por miles y carentes de toda seguridad, todas iguales, salvo por la fotografía de los difuntos – han comenzado a ser sistemáticamente saqueadas. Basta una piqueta para desgajarlas de la grama y un buen saco para cargarlas por docenas. De allí irán a alguna fundición, ni siquiera clandestina, que tal delito no está penado por la ley, y darán para adquirir algunos alimentos o bebidas. Con la consiguiente confusión de los dolientes. ¿Cómo identificar al pariente o al amigo inhumado, si la placa recordatoria ha desaparecido? ¿Dónde depositar las flores del recuerdo sino en el campo travieso y el absoluto anonimato de la tierra removida? ¿De qué sirvió el costoso esfuerzo por darle digna sepultura a un ser querido, si finalmente el destino de una revolución piojosa, sarnosa y delincuente culminó su venganza convirtiendo un camposanto de lujo en una gigantesca fosa común? ¿O tendremos que enrejar a nuestros muertos y encadenarlos para impedir el ultraje memorioso del castro comunismo caribeño?

Lo cuento y no lo creo. Venezuela está a un paso del canibalismo, tan propio de los caribes que le sirvieran de antecedente genealógico. Y las izquierdas no se enteran. Aunque Usted no lo crea. @sangarccs

Antonio Sánchez García