La propiedad no es un robo es un derecho humano

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Ésta es una magnífica oportunidad de abordar el tema de la propiedad. La estructura de poder en Cuba, incluido Raúl Castro, sabe que se equivocó totalmente al suscribir el comunismo, especialmente desde 1968, cuando Fidel Castro decretó la “ofensiva revolucionaria” y fueron confiscadas hasta las herramientas de los zapateros.

Entonces, unas 60 000 microempresas, casi todas familiares, pasaron a ser operadas por el Estado, con todo lo que ello tiene de ineficiencia y desidia. La situación, que ya era catastrófica, se agravó hasta la desesperación. La Isla se convirtió en el país más comunista del planeta y así le ha ido a esa pobre nación.

Hoy, quienes erraron y traicionaron la revolución colocándola bajo la advocación del marxismo-leninismo y la dictadura, tratan de enmendar el desastre, pero no saben cómo hacerlo. Han convocado a una nueva Constituyente, pero no permiten que los intelectuales y artistas afines, agrupados en la UNEAC, muchos de ellos aparentemente partidarios de la Revolución, participen en las discusiones. Les temen a las ideas no controladas.

Ni siquiera se atreven a elegir el camino chino o el vietnamita (cero libertades políticas y abundante propiedad privada). Los paraliza el fantasma de Fidel Castro. ¿Qué hubiera hecho o dicho el Máximo Líder? Durante más de medio siglo abdicaron de la facultad de pensar con cabeza propia y ya no saben cómo hacerlo. Tienen la certeza de haber destruido los fundamentos de una sociedad, pero carecen del coraje de admitirlo.

Comencemos.

La primera persona que declaró que algo era suyo no cometió un delito. Lo que afirmaba que le pertenecía, probablemente así era. Quien arrancó una fruta o mató a un animal para comérselo, sintió que eran suyos. Había invertido su propio esfuerzo y tiempo en lograrlo.

Entre los mamíferos superiores dedicados a la cacería se repite la tendencia. La criatura alfa que dirige la manada, captura y mata a su presa, sacia su apetito y luego deja los restos, que a veces son abundantes, a los miembros de su grupo.

Ese es el comienzo remoto de la prosperidad y el progreso: la propiedad. La propiedad podía ser privada, de un individuo o de una familia, del grupo o del Estado, pero alguien debía asumir la posesión del bien.

¿Es la propiedad un robo?

“La propiedad es un robo”, escribió Pierre Joseph Proudhon en 1840.

Era una frase para epatar a la burguesía, pero se trasformó en un juicio moral compartido absolutamente injusto. La propiedad, por el contrario, es un elemento clave en cualquier sociedad. Otras personas respondieron a la frase de Proudhon agregando que el verdadero robo era apoderarse de unos bienes por los que no habían luchado.

La propiedad privada, en cualquiera de sus formas, es una manera objetiva de remunerar a los emprendedores, lo que a veces no está reñido con el altruismo. Bill Gates dedica el 90% de su inmensa fortuna a ejercer la caridad por medio de su fundación. Y si Estados Unidos es una nación extremadamente rica y poderosa, es porque ha alentado la labor de los emprendedores: los Edison, los Ford, los Steve Jobs de este mundo.

La democracia liberal no les encuentra inconvenientes a los emprendedores y mucho menos le teme al éxito económico que pueden obtener. Es al revés: son los empresarios que fracasan los que destruyen el capital. Los triunfadores lo crean y todos nos beneficiamos de ellos directa o indirectamente.

Directamente, se benefician los trabajadores que devengan un salario, los consumidores que obtienen un bien o un servicio que valoran positivamente, o los accionistas que ven cómo se multiplica el precio de sus acciones al tiempo que reciben dividendos.

Indirectamente, se beneficia el conjunto de la sociedad con el pago de impuestos de estos empresarios. ¿Para qué arriesgar el capital colectivo en una empresa pública, cuando recibimos el 20 o 25% (o más) de los beneficios de las empresas privadas? Si ganan, ganamos todos. Si pierden, pierden ellos, los capitalistas.

En los Estados bien administrados, sin corrupción o amiguismos, esos beneficios se convierten en escuelas, alcantarillados, electricidad, puentes y otras obras de infraestructura que multiplican la eficacia de los empresarios privados.

Por otra parte, sabemos que la empresa pública suele ser una fuente de corrupción, de clientelismo y de pérdidas de recursos. Por eso, entre los criterios empleados por la Unión Europea para admitir a las naciones ex comunistas que llamaron a sus puertas, estuvo que privatizaran todas las empresas en manos del Estado. Fue una sabia medida.

La discusión sobre las virtudes y defectos de la propiedad privada o pública es muy antigua y desde entonces no se ha terminado de debatir. Los griegos tuvieron dos modelos clásicos: Esparta y Atenas. La sociedad espartana era un apéndice del Estado. El Estado ateniense, en cambio, era un apéndice de la sociedad. Platón era un defensor del modelo estatista espartano. Aristóteles, del modelo liberal ateniense.

Aristóteles afirmaba algo que todavía es un razonamiento correcto: cuando todo es de todos, nada es de nadie. Nadie se responsabiliza con el mantenimiento de los bienes comunes y es inevitable la decadencia.

En las ciudades cubanas, especialmente en La Habana, el señalamiento de Aristóteles es absolutamente claro. ¿Por qué, después de seis décadas de comunismo, las calles, los parques, las viviendas están destruida como si hubieran sufrido un bombardeo? Porque nada era de nadie, y porque las decisiones sobre el mantenimiento de esas infraestructuras eran tomadas por unos apparatchicks remotos que carecían de un interés directo en los bienes.

En donde existe propiedad privada, los dueños quieren preservarlas y aportan una parte de sus ahorros a estos fines. Yo adquirí en Madrid un hermoso piso construido en 1807 sobre los muros de donde había vivido y donde murió Cervantes dos siglos antes. Mi familia y yo vivimos diez años en esa vivienda. Luego la vendimos. La casa se mantiene en perfecto estado, pese a los defectos de la construcción original.

La “plusvalía”

Marx hablaba en Das Kapital de “la acumulación primaria de capital” como una forma de despojar a los trabajadores de lo que les pertenecía. Esta operación de despojo es la raíz de su teoría de “la plusvalía”, un error conceptual que muchas personas continúan propagando. La plusvalía era esa diferencia entre lo que vale el trabajo de una persona y lo que realmente le pagan. El capitalista se queda con la plusvalía y acumulaba más capital.

Hasta que, en su propia época, Eugen von Böhm-Bawerk, de la Escuela Austriaca de economía, definió esa diferencia como un premio que, a veces, recibían los inversionistas por arriesgar su capital generando bienes o servicios que las personas podían o no adquirir. Cuando uno sabe que las empresas de nueva creación fracasan un 75% de las veces, advierte que Marx estaba minuciosamente equivocado.

Cuando uno sabe que una deriva de la regla de Pareto, esa que establece que apenas el 20% de los productos que se ofertan alcanzan el 80% de las ventas, advierte que Marx no tenía una idea muy clara de cómo se creaba la riqueza o cómo se perdía.

Estaba tan afianzada la definición marxista de la plusvalía que recuerdo en Moscú, durante la transición a la economía de mercado, a un excamarada que a voz en cuello justificaba los atropellos y la corrupción con la hipótesis que se trataba de “una forma de acumulación primaria de capital”. Había dejado de ser marxista, pero no podía alejarse del razonamiento fundamental del fundador de la secta.

La plusvalía era algo tan esencial en el pensamiento de Karl Marx que cuando éste muere, en 1883, en la despedida de duelo que le hace Friedrich Engels, su amigo del alma y del bolsillo, quien mejor conocía su obra, afirma que al pensador alemán se le deben dos hallazgos clave para la humanidad: la plusvalía y el materialismo dialéctico. Dos errores –agrego- basados en dos ilustres pensadores también equivocados: David Ricardo con su “Teoría del Valor”, donde se origina la hipótesis de la plusvalía, y Georg Hegel, punto de partida del materialismo dialéctico.

¿Hay algún asidero que demuestre el carácter de “derecho natural” de la propiedad. Creo que sí. Las personas son capaces de dar la vida por lo que les pertenece o por lo que creen que les pertenece. Están dispuestas a matar o morir por adquirir ciertos bienes. No hay nada más humano que defender “lo nuestro” con los dientes. Así como también protestar contra cualquier “agravio comparativo” en la posesión de los bienes.

Egoísmo y altruismo

No obstante, frente a ese “derecho natural” a la propiedad, quienes se oponen a ella no sólo opinan que ahí radica el inicio de las actitudes egoístas que dan lugar a sangrientas querellas, sino que existen determinadas personas que muestran su disposición a compartir los bienes en comunas, cooperativas y otras formas de propiedad colectiva.

Eso en gran medida cierto. Nadie debe dudar que hay algunas personas extremadamente solidarias que se sienten moralmente compensadas en sociedades igualitarias en las que no existe la propiedad privada. La Madre Teresa es un buen ejemplo. Al Dr. Albert Schweitzer le concedieron el Premio Nobel en 1952 por haber dedicado su vida al bienestar de las personas más pobres y enfermas del planeta.

El problema surge cuando se les trata de imponer a todos los seres humanos lo que parece ser la tendencia de una minoría. Esto suele ocurrir en las sociedades colectivistas. Al fin y al cabo, la “dictadura del proletariado” fue proclamada por el propio Marx y durante los 74 años que duró el experimento de la URSS todo lo que se consiguió fue endurecer la represión hasta que que resultaba obvio que no se trataba de un fenómeno temporal, sino que el carácter contra natura del sistema requería de la mano dura y los gulags para poder prevalecer.

Afortunadamente, la “democracia liberal” ha resuelto ese dilema autorizando todo tipo de propiedad, siempre que la vinculación sea libremente escogida por los ciudadanos. En Israel, España o Estados Unidos, en cualquier “democracia liberal”, las personas pueden acceder a una cooperativa, sumarse a una comuna, poseer una empresa por acciones o tener una empresa personal o familiar. La afinidad puede ser religiosa, ideológica, étnica o de cualquier índole. Lo esencial es la existencia de libertad para elegiry cumplir con las leyes.

¿Es mejor o peor la propiedad colectiva o la privada en cualquiera de sus formas? A mi juicio, y al de cualquier observador que no vea los resultados a través de los anteojos ideológicos, le privada es infinitamente mejor.

Es mejor, en la creación de riquezas. Ahí están los ejemplos de las dos Alemania y las dos Corea para demostrarlo.

He utilizado el ejemplo decenas de veces: los mismos ingenieros alemanes que en Occidente fabricaban los Mercedes Benz, en la Alemania Oriental creaban los Trabant, y apenas lograban alcanzar el 50% del per cápita de los occidentales. Los de la Alemania comunista, ante la competencia, habían creado un muro en Berlín y dado órdenes de disparar a matar para evitar que sus ciudadanos continuaran huyendo del “paraíso del proletariado”.

En 1953, cuando terminó la Guerra de Corea con un precario armisticio, los surcoreanos, esencialmente la zona agrícola de la Península, tenían los niveles de pobreza de Honduras. Los del norte, los colectivistas, en cambio, contaban con una base industrial muy afectada por los bombardeos, pero con una tradición de éxitos indiscutible. Hoy los surcoreanos alcanzan la riqueza de Holanda y es la tierra de Samsung, Kia, Hyundai y un honroso etcétera. Los del norte tienen el per cápita de Honduras y han provocado hambrunas que han matado a dos millones de personas.

Es bastante evidente: la propiedad no es un robo. Es un derecho humano que a todos nos conviene que exista.
Carlos Alberto Montaner

La sociedad y la propiedad. Seminario.
Interamerican Institute for Democracy
Miami, FLORIDA. 13 de noviembre de 2018