Lo menos malo y el montón de arena

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La paradoja de los sorites o del montón se suele ilustrar con los granos de arena: si usted tiene unos granos y les añade otro y otro y otro más, ¿cuándo se transforma en un montón de arena? O, si por el contrario, a un montón le quita granito a granito, ¿cuándo deja de ser un montón? Tal paradoja, trampa lógica, nos habla de la vaguedad y los límites de las cosas a las cuales nos referimos. ¿Cuál es el momento en que se pierde la gracia? ¿cuándo una suma de pecadillos nos transforma en pecadores?

Estas vaguedades también se plantean en otros ámbitos, como por ejemplo la antinomia entre lo perfecto y lo bueno, referida al aserto de Voltaire según el cual lo perfecto es enemigo de lo bueno. Tesis conveniente para aceptar cualquier cosa: dado que lo perfecto no existe, lo bueno siempre es algo que tiene su pizca de malo, de imperfecto, de negativo. De allí que la discusión se traslada a los grados de imperfección que son tolerables. ¿En qué instante una hábil jugada política se transforma en traición a los principios? ¿Cuándo retroceder es un mecanismo para avanzar en rutas que no solo son zigzagueantes, sino que tienen tres y cuatro dimensiones, arriba y abajo y allá?

Esta discusión es pertinente cuando se examinan las condiciones electorales bajo el régimen actual. Un sector de la oposición, el que ha derivado hacia un entendimiento morganático con Maduro, tiene la teoría de que “del lobo, un pelo”, variante de nuestro “agarrando aunque sea fallo”. Para tal empresa se han unido dirigentes que formaban parte de la oposición y un grupo de personajes de los partidos AD, Primero Justicia y Voluntad Popular, que a cambio de cogerse los partidos de los cuales eran dirigentes se plegaron a los planes oficiales. Aquí habrá algunos estira-y-encoge, pero en caso de haber elecciones, concurrirán.

Hay otro sector de la oposición, el de Guaidó y su G4, que plantea el tema de las condiciones necesarias para que un evento electoral sea aceptable. Aquí se entra en el tema de la vaguedad, de “lo bueno” y su enemigo “lo perfecto”, del montoncito de arena. Como jamás ha habido ni habrá unas elecciones perfectas, ¿cuándo son aceptables? Aquí se desliza el zombi electoral a hacer de las suyas.

Unos dicen que se audite el Registro, otros plantean que con testigos en las mesas no hay trampa que valga, los de más allá indican que si lo que se ha vuelto insolente militarada en los centros de votación se contiene, o que si se frena a los locos abstencionistas, las elecciones serían aceptables. Todas esas nociones esconden el hecho de que bajo el despotismo de la corporación criminal, en la actualidad, en las condiciones venezolanas que no son estadísticas y promedios de dictaduras en el mundo, el régimen no aceptará una derrota electoral porque asume que no sería solamente una victoria opositora sino del “imperio”.

El régimen ha desconocido los resultados electorales, en algunos casos con fraudes en los comicios, en otros a través del repudio a la voluntad ciudadana. Al lado de los fraudes cometidos, están las victorias opositoras vaciadas progresivamente de contenido: la victoria democrática del referéndum de 2007 fue anulada con el referéndum que “ganó” Chávez en 2009; la victoria clamorosa de la Asamblea Nacional fue vaciada por la persecución a sus miembros, la asunción ilegal de sus atribuciones por la ilegítima Asamblea Constituyente, el impedimento de la incorporación de los diputados de Amazonas, la toma de sus espacios físicos. De la AN quedan los diputados, dispersos antes del covid-19 y Guaidó como presidente de ese cuerpo y presidente interino, sin ejercicio de poder interno, aunque con el reconocimiento (ahora entibiado) de decenas de países y al parecer con el control de muchos recursos fuera de Venezuela. No es poca cosa, pero no es la Asamblea Nacional en funcionamiento.

El problema no son las condiciones electorales. Así parecieron entenderlo Guaidó, toda la oposición unificada a comienzos de 2019, y más de 50 países, por lo que el tema electoral se planteó correctamente: primero, cese de la usurpación; luego transición; y, al final de ese camino, elecciones. Esta ruta fue alterada por Guaidó cuando entró en negociaciones con el régimen en Oslo y Barbados sobre “condiciones electorales”, a espaldas de varios aliados fundamentales. Entonces, el “cese de la usurpación” se disolvió en la noche de los tiempos, abandonada a las puertas de la ciudad por sus progenitores, irreconocibles en capucha..
“Lo bueno” de unas elecciones bajo el régimen, ante “lo perfecto” de la salida del poder de la corporación criminal, es una trampa lógica y retórica porque, en realidad, es solo la compra de un ticket para la cohabitación. No es ni siquiera compartir la casa en dos habitaciones contiguas, sino aceptar un catre en el patio de atrás, al lado del tambor de basura, los cauchos viejos y la mata de mamón macho, de ese que florea pero no carga.

Ignorar la consigna de la salida del régimen y colocar en primer lugar las elecciones implica hacerse los locos ante ese pequeño detalle de que no hay elecciones libres (“buenas” sin ser “perfectas”) sin cambio de régimen, asunto que se derrite en los trabalenguas de discursos mal pronunciados. @carlosblancog

Carlos Blanco