Cartas de una guerra económica

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Estábamos sentados en el frente cuando llegó un comunicado de Nicolás Maduro. El soldado raso sostenía el papel con ambas manos y gritaba por encima del estruendo de los cañones: Nicolás Maduro ha declarado una guerra económica. El escuadrón que le oía con atención rompió en risas al escuchar la noticia. El presidente era el último en enterarse de un conflicto bélico que ellos mismos habían comenzado 14 años atrás y que, hasta la fecha, había cobrado numerosas bajas empresariales.

Una ráfaga de metrallas acalló la sonrisa de los soldados. Apostados desde la trinchera, reconocimos el sonido de las detonaciones de la Ley Habilitante, una peligrosa arma que el Gobierno había utilizado en cuatro ocasiones anteriores y a la que volvía a acudir para destrozar el frente empresarial venezolano. La melodía de los Decretos Leyes que impactaban contra las paredes sumergió a los combatientes en sus recuerdos, en los inicios de la batalla.

Las primeras memorias de esta larga guerra se remitían a las primeras expropiaciones. Un salvaje bombardeo gubernamental que, indiscriminadamente, debilitó hasta el olvido a los ejércitos agropecuarios, alimentarios, de la construcción, de la vivienda, y de otras áreas que han quedado sometidas a la voluntad estatal. Una fuerte ofensiva que conllevó la caída forzosa de más de 1.100 empresas. Luto que aún vive en el corazón de los empresarios.

Con el terreno aplanado, las tropas oficialistas colocaron minas en todos los territorios enemigos, a la vez que sus aviones lanzaban panfletos amenazantes que provocaban una sensación de zozobra e incertidumbre. Los controles sectoriales y la guerra psicológica estaban servidos. Una estrategia que brindó buenos frutos para la ofensiva roja, ya que a través de fuertes multas, persecuciones políticas y presiones administrativas se logró que las torres económicas se tambalearon y, en varios casos, se desplomaron con todos los efectos negativos del desempleo.

Quienes sobrevivieron a esta etapa, aseguran que, una vez acorralados por el enemigo, se cercó todo el terreno con un alambre electrificado al que llamaban CADIVI, un muro que secó los recursos a la resistencia empresarial y les obligaba a negociar con carpetas multicolores para la obtención de algún salvoconducto para la mísera entrega de un par de divisas. Una especie de campos de concentración en las que todo movimiento era registrado, analizado y juzgado por un mismo organismo: el Gobierno.

Mientras la resistencia empresarial intentaba reestructurar sus barricadas, oían en las trasmisiones de radio cómo se les culpaba de especuladores, corruptos, ladrones y miles de calificativos negativos que sólo tenían como objetivo menguar la fuerza de voluntad y lograr que la opinión pública les considerara el enemigo número uno de un conflicto armado al cual se vieron obligados a entrar ante los constantes ataques oficialistas.

¿Que si nunca se consideró la opción de gestionar una tregua? Sí, hubo muchos intentos que cayeron en terreno baldío. En varias ocasiones se crearon comitivas empresariales que intentaron presentar al Gobierno su pensamiento e intentar llegar a un acuerdo de mutuo respeto, pero todo fue en vano. En la guerra “revolucionaria” no hay tiempo para prisioneros y mucho menos se negocia la paz. Así lo demuestra su eslogan: “patria, socialismo o muerte, venceremos”.

El estruendo de las balas cesó instantáneamente y los soldados se mueven ahora con cautela por los estrechos canales de las trincheras. Uno de los más jóvenes se ajusta el casco y, tímido, se asoma por encima del borde. Sólo observa un territorio devastado por la separación, la violencia y el egoísmo. Se vuelve a recostar sobre la tierra húmeda y llora desconsolado. Sólo se le escucha decir entre sollozos: Esto es lo que ha quedado de mi Venezuela rica, sólo una sombra de lo que nos habían prometido a las nuevas generaciones.

Una nueva ráfaga comienza a rugir y el joven soldado está obligado a pausar sus emociones. Recuerda que Nicolás Maduro ha vuelto a decretar la guerra y la noticia ya no le parece tan graciosa. "Pobrecita mi Venezuela" piensa, mientras corre a resguardo y sueña con el progreso económico y la igualdad de oportunidades.

@JosePuglisi