Píntame angelitos libres

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Andrés Eloy Blanco no sólo asombra por ser el poeta y escritor que fue, sino también por su lejanía del odio y el resentimiento, sobre todo si tomamos en cuenta que fue víctima del despotismo de Juan Vicente Gómez, quien lo encarceló en el Castillo de Puerto Cabello, en una época que los venezolanos creíamos pasada y en la que los hombres podían ser encarcelados, torturados y hasta muertos por no pensar igual que el déspota de turno. Andrés Eloy era un humorista. Zapata dice que un humorista es un ser con un desorden mental, que pierde la capacidad de ver las cosas que le rodean como son, mientras que Aquiles Nazoa describe el humorismo diciendo: “El humor hace que la gente piense sin que el que piensa se dé cuenta de que lo está haciendo”.

Este gran poeta nunca fue odioso, porque el humor, el odio y la poesía no pueden convivir. El humor es amigo del amor y cuestionador del poder cualquiera que éste sea. El humor es crítico y sarcástico.

Andrés Eloy podía hacer chistes y parodias de sus carceleros en el Castillo de Puerto Cabello, y podía escribir versos humorísticos a sus compañeros de penuria; sin embargo habría sido detestable que Gómez o sus esbirros hicieran chistes o bromas de los presos.

Entre el humor y el poder hay enemistad. Es el humor el que descubre la debilidad del autócrata o del mediocre. Es el humor la pequeña venganza de los débiles, e, increíblemente, mientras es más respetuoso e inteligente, más efecto demoledor tiene. Al poeta le tocó estar en el Congreso cuando se implementó el voto femenino y para la ocasión escribió este verso: “La política se inclina / sin excepción de persona / de la fuerza masculina / a la fuerza más culona”.

En un viaje que hizo a Bogotá, Andrés Eloy visitó la residencia de la familia Icasa. Allí vivían tres señoritas, famosas por su elegancia y belleza. El señor Icasa, padre de las muchachas y admirador del poeta, llamó a sus hijas para que lo saludaran: Las señoritas Icasa, una a una, bajaron por las escaleras y, estrechando la mano del poeta, decían su nombre.

­María Icasa.

­Mucho gusto, señorita…

­Isabel Icasa.

­Mucho gusto, señorita…

Por último bajó la más bella y dijo: ­Cuquita Icasa.

­Si hay comida me quedo ­respondió el poeta.

Antes, la gente se extrañaba si humoristas de la talla de Andrés Eloy o Aquiles Nazoa trataban de cobrar por su trabajo. Eso pasaba porque algunas personas asociaban el arte de hacer reír con la echadera de broma, por la cual nadie paga.

Estos grandes humoristas, comediantes, dibujantes, poetas y escritores que nos antecedieron vivieron casi siempre bajo regímenes dictatoriales con muy poco sentido del humor, lo que hacía que tuvieran sus bolsillos limpios y a sus familias muertas de hambre y de risa. ¡Cómo sufrieron los que se dedicaban al humor! A ellos les costó años de cárcel, censura, desempleo y hasta el destierro, tal como les pasó a Leoncio Martínez, Andrés Eloy Blanco y Aquiles Nazoa.

Andrés Eloy salió de la empanada de cazón, de los peñeros, de los mercados, del caracol pensativo que medita sobre una piedra frente al mar. Él era libertad, poesía y humor. Él era el pueblo.

Andrés Eloy, poeta, político, escritor y humorista, no tenía más pretensión que hacer feliz a la gente, para, a su vez, realizarse también como un hombre feliz.

Orgullosos, los angelitos libres de Andrés Eloy, dicen hoy: Qué bueno que el abuelo luchó para que disfrutáramos la libertad.

¿Podrán nuestros nietos decir lo mismo de nosotros?

Fuente: Blogs.noticierodigital.com